Enredada con el Trio Halcon Huasteco
La noche en la Huasteca ardía como un huapango bien zapateado. El aire olía a tierra húmeda, a mezquite quemado y a esas flores silvestres que solo brotan después de la lluvia. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había llegado a este pueblo de San Luis Potosí buscando un poco de ese fuego que me hacía falta en la vida. La fiesta patronal estaba en su apogeo, con luces de colores colgando de los árboles y el Trio Halcón Huasteco tocando en el centro del patio. Sus guitarras huapangueras rasgaban el aire con notas agudas, el tamborito retumbaba en mi pecho y los zapateados de los bailarines levantaban polvo que se pegaba a mi piel sudada.
Me paré al borde de la pista, con mi huipil ajustado que dejaba ver mis curvas, y un short vaquero que me hacía sentir chingona. Javier, el líder del trio, era un moreno alto con ojos de halcón, como decía su nombre. Tocaba la quijada con maestría, esos dientes de burro resonando como truenos. A su lado, Miguel en la guitarra jarana, pecoso y sonriente, con brazos fuertes de tanto cargar instrumentos. Y Luis, el más joven, con su voz ronca cantando décimas que hablaban de amores imposibles. Neta, sus miradas se cruzaron conmigo mientras cantaban "Ay, amor, ven a mi lado, no me dejes solo en este desierto de pasión". Sentí un cosquilleo en el estómago, como si el ritmo me subiera por las piernas.
¿Qué carajos estoy haciendo aquí sola? —pensé—. Pero estos weyes tocan con un alma que me enciende. ¿Y si...?Bailé un poco, moviendo las caderas al son del zapateado. Javier me guiñó un ojo desde el escenario, y cuando terminaron la pieza, bajó de un salto.
—Órale, morra, ¿bailas conmigo? —me dijo con esa voz grave que olía a tequila y tabaco.
Asentí, y en segundos estaba entre sus brazos, sintiendo el calor de su pecho contra el mío. Miguel y Luis se unieron, formando un círculo. Sus manos rozaban mi cintura, mi espalda, accidentalmente al principio. El olor a su sudor mezclado con el de la noche me mareaba. Tocamos otra rola, más íntima, y el deseo empezó a bullir como el pulque fermentando.
Al final del baile, Javier se acercó a mi oído:
—Ven con nosotros a la casita, Ana. Vamos a tocar unas privadas, nomás pa' ti. Traemos buen mezcal.
Mi corazón latía como el tambor del trio. Consiente, todo consiente, me dije. Eran adultos guapos, y yo quería esa aventura. —Simón, vamos —respondí, con la voz temblorosa de anticipación.
La casita estaba a dos calles, una choza de adobe con patio techado y hamacas colgando. Entramos riendo, el aire fresco contrastando con el calor de la fiesta. Sacaron la guitarra, la quijada y un jarrito de mezcal ahumado. Bebimos shots, el líquido quemándome la garganta, saboreando a humo y agave. Se pusieron a tocar suave, una son huasteca lenta sobre amantes en la sierra.
Me senté en una silla de madera, pero Javier me jaló a su falda. —Baila aquí, reina —dijo. Me moví entre los tres, sus manos guiándome. Miguel rozó mi muslo, Luis mi cuello con los labios.
Esto es loco, pero qué rico se siente su piel contra la mía, áspera y caliente. El mezcal aflojaba todo, pero era mi decisión, pura ganas.
La música subió de tono, sus voces envolviéndome como un abrazo. Javier me besó primero, sus labios gruesos probando a mezcal y a mí. Sabían salados, con un toque de tierra. Respondí, enredando mis dedos en su pelo negro. Miguel se acercó por detrás, besando mi nuca, sus manos subiendo por mi blusa, desabrochando botones con calma. Luis nos miraba, tocando una melodía suave, hasta que se unió, lamiendo mi oreja.
—Estás cañona, Ana —susurró Miguel, su aliento caliente en mi piel.
Me quitaron la ropa despacio, saboreando cada centímetro. Mi piel erizada al aire fresco, sus ojos devorándome. Yo les arranqué las camisas, sintiendo músculos duros bajo mis palmas, olor a hombre trabajado, a pasión huasteca. Nos tumbamos en las cobijas del piso, el suelo de tierra batida fresco bajo mi espalda.
Acto dos de esta sinfonía: Javier entre mis piernas, besando mi interior con lengua experta. Gemí, el sonido ahogado por la boca de Miguel, que me chupaba los pechos, mordisqueando pezones duros como piedras de obsidiana. Luis me daba su verga en la mano, gruesa y pulsante, yo la lamía despacio, saboreando su piel salada, venas latiendo contra mi lengua. El ritmo era como su música: pausado al inicio, crescendo con zapateados de caderas.
Neta, nunca sentí tanto. Sus toques me queman, me llenan. Soy el centro de su trio, y qué chido. Javier entró en mí suave, su grosor estirándome delicioso, mientras Miguel me besaba profundo, lenguas bailando huapango. Cambiamos, Luis ahora embistiéndome lento, sus ojos fijos en los míos, susurrando "Te quiero toda, mi halcón hembra". Miguel por detrás, rozando mi culo con dedos lubricados de saliva, entrando poquito a poco, el placer duplicándose, dolor dulce que se volvía éxtasis.
El aire se llenó de jadeos, de pieles chocando húmedas, slap-slap como zapoteo frenético. Sudor goteando, mezclándose, oliendo a sexo puro, a deseo animal. Mis uñas en sus espaldas, dejando marcas rojas. Gritos ahogados: —¡Más, cabrones! ¡Duro! —les pedí, empoderada, mandando el ritmo.
La tensión crecía, como la rola antes del grito final. Javier en mi boca, Miguel y Luis turnándose en mi coño y culo, sincronizados como su música. Sentía pulsos acelerados, venas hinchadas, mi clítoris hinchado rozando carne. El olor almizclado de sus pollas, mi humedad chorreando. Gemí alto cuando el orgasmo me golpeó, olas y olas, cuerpo convulsionando, leche caliente llenándome por todos lados.
Ellos explotaron después, uno a uno: Javier en mi pecho, chorros calientes salpicando; Miguel dentro, su semilla profunda; Luis en mi boca, tragando su esencia salada. Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones jadeantes, risas cansadas.
Acto final: el afterglow bajo las estrellas filtrándose por el techo. Nos limpiamos con toallas húmedas, bebiendo agua fresca de un cántaro. Javier me acarició el pelo: —Eres nuestra musa, Ana. Vuelve cuando quieras.
Miguel y Luis asintieron, besándome suave. Me vestí sintiéndome reina, poderosa, con el cuerpo zumbando de placer residual. Caminé de regreso a mi hotel, el alba tiñendo el cielo de rosa, piernas flojas pero alma llena.
El Trio Halcón Huasteco no solo toca música, despierta pasiones que queman eternas. Volveré, neta que sí. La Huasteca me había dado más que un baile: una noche de fuego que llevo en la piel para siempre.