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Pasión Desnuda en el Concierto Tri

5746 palabras

Pasión Desnuda en el Concierto Tri

El aire de la noche en el Palacio de los Deportes estaba cargado de ese olor a cerveza fría mezclada con sudor fresco y el humo dulzón de los porros que flotaba entre la multitud. Yo, Ana, de veintiocho años, había llegado temprano al concierto Tri con mi carnala Lupe, pero la neta, lo que me jalaba era la vibra rockera que me ponía la piel chinita. El Tri, esos cabrones legendarios, siempre me han hecho sentir viva, como si la música me recorriera las venas directo al coño.

Nos apretujamos entre la gente, el bullicio de voces gritando "¡Puro pa' delante!" y el preludio de las guitarras que empezaba a retumbar. Lupe me dio un codazo juguetón. "Órale, Ana, mira a ese pendejo guapo de allá", me dijo señalando a un morro alto, de cabello negro revuelto y playera negra ajustada que marcaba unos pectorales que me hicieron mojarme de solo imaginarlos. Él volteó, nos vio y sonrió con esa mirada que dice "ven pa'cá, mamacita".

La Lupe se rio y me empujó hacia él.

"¡Ve por él, pinche caliente! No seas mensa."
Me acerqué bailando al ritmo de los primeros acordes, mi falda corta rozando mis muslos, el calor de los cuerpos ajenos presionando contra mí. "¡Hola, qué onda!", grité por encima del ruido. Él se acercó, su aliento olía a tequila y chicle de menta. "¡Armando! ¿Y tú, preciosa?" Su voz grave me erizó los brazos.

El concierto arrancó con "Abuso de Autoridad", la guitarra rasgando el aire como un amante impaciente. Bailamos pegaditos, sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, deslizándose bajito hasta rozar mi culo. Sentía su verga endureciéndose contra mi panza, dura como piedra, y yo apretándome más, dejando que mis tetas se aplastaran contra su pecho. El sudor nos unía, salado en la lengua cuando lamí su cuello sin pensarlo. Neta, este wey me va a volver loca, pensé mientras su mano subía por mi espalda, enredándose en mi pelo.

Entre canción y canción, nos besamos como desesperados. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua juguetona saboreando mi gloss de fresa. "Estás rica, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente mandándome chispas al clítoris. Yo le mordí el lóbulo, susurrando: "Quiero que me cojas aquí mismo, carnal". La multitud nos mecía, anónimos en el mar de cuerpos, pero su mirada prometía más.

La Lupe nos vio y guiñó, desapareciendo con su propia conquista. Armando me jaló hacia un pasillo lateral, semioculto por el equipo de sonido. El rugido de "Triste Canción de Amor" nos seguía como un latido compartido. "Aquí nadie nos ve", dijo, presionándome contra la pared fría de concreto que contrastaba con el fuego de su cuerpo. Sus manos expertas subieron mi falda, dedos callosos rozando mis bragas empapadas. Olía a su colonia amaderada mezclada con mi aroma de excitación, ese almizcle femenino que lo volvía loco.

Me arrodillé, el piso áspero raspando mis rodillas, pero no importaba. Saqué su verga del pantalón, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La lamí desde la base, saboreando el precum salado, mientras él gemía por encima del estruendo del bajo. "¡Chíngame la boca, Ana!", gruñó, y lo hice, chupando con hambre, mi lengua girando en la cabeza hinchada. Él me sujetaba el pelo, guiándome, pero siempre atento a mis jadeos, preguntando "¿Así te gusta, mi reina?".

Me levantó, girándome contra la pared. Bajó mis bragas de un tirón, el aire fresco besando mi coño mojado. Sus dedos entraron primero, dos, curvándose justo donde dolía de placer, saliendo brillosos de mis jugos. "Estás chorreando por mí", dijo con voz ronca. Yo arqueé la espalda, empujando contra él. "¡Métemela ya, pendejo! No me hagas esperar".

Entró de un embestida lenta, llenándome hasta el fondo, su pubis chocando contra mi culo con un clap húmedo. El ritmo del concierto dictaba el nuestro: fuerte, salvaje, sudado. Cada thrust mandaba ondas de placer desde mi clítoris hasta los pezones duros. Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, el olor de sexo crudo invadiendo el pasillo, mezclado con el eco de la voz de Alex Lora gritando letras rebeldes.

Me volteó para mirarnos, mis piernas alrededor de su cintura, clavándome en él mientras rebotaba. Nuestros ojos se clavaron, sudor goteando de su frente a mi escote. "Eres una diosa", jadeó, lamiendo mis tetas, mordisqueando los pezones hasta que grité. Yo clavaba uñas en su espalda, oliendo su piel tostada, sintiendo sus bolas apretarse contra mí. El clímax subió como una ola, mis contracciones ordeñándolo, su semen caliente llenándome en chorros mientras rugía mi nombre.

Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas sincronizándose con el fade out de la canción. Me bajó despacio, besándome el cuello, limpiándome con ternura los muslos chorreantes. "Eso fue lo chingón del concierto Tri", dije riendo, ajustándome la falda. Él sonrió, sacando su chela del bolsillo. "Pero la noche apenas empieza, ¿no?".

Regresamos al gentío para el encore, tomados de la mano, cuerpos aún vibrando. Lupe nos encontró, ojos brillantes. "¡Pinches exhibicionistas!", bromeó. El Tri cerró con "Piedras Rodantes", y nosotros bailamos hasta el final, sabiendo que esto era solo el principio. Armando me dio su número, un beso profundo que sabía a promesas.

De camino a casa en el taxi, con Lupe dormida a mi lado, reviví cada segundo: el thrust profundo, el sabor de su piel, el pulso compartido al ritmo del rock mexicano. El concierto Tri no solo fue música; fue mi despertar, pensé, sonriendo en la oscuridad. Mañana lo llamo. Neta, la vida es para cogérsela con todo.

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