Videos de El Tri y la Pasion Desbordada
Estaba sola en mi depa de la Roma, con el calor de la noche pegándome en la piel como una promesa sucia. El ventilador zumbaba pendejo, moviendo aire caliente que olía a tacos de la esquina y a mi propio sudor. Agarré el laptop, sudada la espalda contra la sábana revuelta, y tecleé videos de El Tri. La pantalla se iluminó con thumbnails de conciertos old school, Pato con su voz rasposa gritando verdades que me erizaban el alma.
Le di play a Triste Canción de Amor. Los acordes de guitarra me jalaron de golpe al pasado, a ese antro en la Condesa donde bailé hasta que me dolían los pies, oliendo a cigarro y cerveza derramada. Mi cuerpo reaccionó solo: los pezones se me pusieron duros bajo la blusa ligera, y entre las piernas sentí ese cosquilleo chido que empieza lento, como lluvia en el desierto.
¿Por qué chingados esta rola siempre me prende?me dije, mientras mis dedos bajaban por mi panza, rozando el elástico de las panties.
Pero no llegué lejos. Un mensaje en el chat de la página de fans: Carnal, ¿también andas viendo videos de El Tri un viernes? Qué onda, ¿no? Era Alex, un cuate virtual con quien platicaba de la banda desde hace meses. Su foto de perfil: él en un concierto, playero con barba incipiente y ojos que prometían bronca buena. Le contesté: Sí wey, prendiendo el desmadre aquí sola. ¿Tú dónde?
Media hora después, ya estábamos en videollamada. Su cara llenó la pantalla, sudada por el calor, con una chela en la mano. Órale, nena, esa blusa te queda chingona, soltó riendo. Yo me reí, sintiendo el calor subirle a las mejillas. Pusimos un video de El Tri en vivo, Abuso de Autoridad, y cantamos a grito pelado. Su voz grave me vibraba en el pecho, y noté cómo sus ojos bajaban a mi escote. El deseo se colaba como humo de mota en un antro.
¿Y si nos vemos ahorita? Hay un bar cerca de ti con karaoke de rolas de El Tri, propuso. Mi pulso se aceleró.
¿Estoy loca? Pero qué chido se ve este pendejo. Le dije que sí, me puse un vestido negro ceñido que me marcaba las curvas, y salí al bullicio de la calle. El aire nocturno olía a elotes asados y escape de vochos, y mi corazón latía al ritmo de Las Piedras Rodantes en mi cabeza.
El bar estaba a reventar, luces neón parpadeando sobre mesas pegajosas de cerveza. Alex ya estaba ahí, de pie con una sonrisa que me derritió las rodillas. Olía a jabón fresco y a colonia barata, mezcla que me puso la piel de gallina. ¡Qué buena onda que viniste, morra! Me abrazó, su pecho duro contra el mío, y sentí su calor filtrándose por la tela. Pedimos chelas frías, que sudaban gotas como nosotros, y pusimos videos de El Tri en el teléfono mientras platicábamos.
Acto dos: la escalada. La plática fluyó como tequila suave: de cómo Pato nos salvó la vida con sus letras, de conciertos donde nos mojamos hasta los huesos bailando bajo la lluvia. Su mano rozó la mía al pasar la chela, y el toque fue eléctrico, como un solo de guitarra rasgando el silencio. Eres bien chida, ¿sabes? Me dan ganas de... No terminó, pero sus ojos lo dijeron todo. Yo tragué saliva, el pulso retumbándome en las sienes, el olor de su piel mezclándose con el humo del lugar.
Salimos tambaleando un poco, riendo como pendejos. ¿Vamos a mi depa? Tengo más videos de El Tri en la tele grande, sugerí, la voz ronca de anticipación. Caminamos por Insurgentes, el viento fresco lamiéndonos la piel húmeda. En el elevador, no aguantamos: sus labios cayeron sobre los míos, duros y urgentes, saboreando a chela y a menta. Mis manos en su nuca, pelo revuelto entre dedos, mientras su lengua exploraba mi boca con hambre de lobo.
Adentro, prendí la tele con un video en vivo de Chavo de Onda. La música retumbó, bajos vibrando en mi clítoris. Nos besamos contra la pared, su cuerpo presionándome, verga dura contra mi cadera. Te quiero ya, cabrón, gemí, arrancándole la playera. Su piel morena brillaba de sudor, músculos tensos bajo mis uñas. Olía a hombre, a deseo crudo. Bajé la mano, palpando su paquete tieso, y él gruñó bajito, mordiéndome el cuello.
Me cargó a la cama como si nada, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Me quitó el vestido lento, besando cada centímetro expuesto: pechos libres, pezones duros como piedras, panza suave.
Esto es mejor que cualquier rola de El Tri, pensó mi mente nublada. Sus dedos jugaron con mis panties, húmedas de anticipación, rozando el calor entre mis labios. Gemí alto cuando metió uno adentro, curvándolo justo ahí, mientras chupaba mi teta con succiones que me arqueaban la espalda.
Lo volteé, queriendo control. Le bajé el pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La lamí desde la base, salada de precum, hasta la cabeza hinchada. Él jadeaba, manos en mi pelo: ¡Qué rica boca, nena! Sigue así. El sabor me enloqueció, mezcla de piel y lujuria. La música seguía de fondo, Piel de Ángel, perfecta para el ritmo de mi cabeza subiendo y bajando.
No aguanté más. Me subí encima, guiándolo adentro. Lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Ay wey, qué chingón! grité, mientras cabalgaba, caderas girando como en un mosh pit. Sus manos en mis nalgas, apretando, guiándome más rápido. Sudor chorreando, pieles chocando con palmadas húmedas, olores de sexo impregnando el cuarto: almizcle, saliva, fluidos.
El clímax subió como un solo interminable. Sus dedos en mi clítoris, frotando círculos, y exploté: temblores desde el útero, grito ahogado contra su hombro, mordiendo piel salada. Él se vino segundos después, caliente adentro, pulsando, rugiendo mi nombre. Colapsamos, entrelazados, la tele aún con videos de El Tri sonando suave ahora.
En el afterglow, su brazo alrededor de mi cintura, pieles pegajosas enfriándose. Olía a nosotros, a victoria compartida. Esto fue lo más chido desde un concierto de El Tri, murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, el corazón latiendo tranquilo, sabiendo que esta noche había sido nuestra propia rola indeleble. La pantalla parpadeaba con más videos de El Tri, pero ya no los necesitábamos para encender la pasión.