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La Triada de Gradenigo

6909 palabras

La Triada de Gradenigo

Me llamo Alejandro, un arquitecto de la Ciudad de México que andaba en busca de ese proyecto grande que te cambia la vida. Cuando recibí la llamada de la Hacienda Gradenigo en las afueras de Guadalajara, supe que era mi chance. El dueño, don Rodolfo Gradenigo, quería expandir su paraíso tapatío, todo lujos y viñedos que olían a tierra fértil y sol ardiente. Llegué en mi camioneta, el aire cargado de jazmín y eucalipto, y desde la entrada vi las siluetas de tres mujeres en el porche, como diosas salidas de un sueño húmedo.

Ellas eran la tríada de Gradenigo, las hijas de don Rodolfo: Isabella, con su cabello negro como medianoche cayendo en cascada; Sofia, la rubia de ojos verdes que te miraban como si ya supieran tus secretos; y Lucia, la morena de curvas que gritaban pecado. Vestidas con huipiles ligeros que se pegaban a sus cuerpos por el calor, me recibieron con sonrisas que me erizaron la piel. "¡Bienvenido, carnal!", dijo Isabella, su voz ronca como tequila reposado. El olor de sus perfumes mezclados con sudor fresco me golpeó, y sentí un cosquilleo en el estómago.

La cena fue en el comedor principal, velas parpadeando y mariachis lejanos tocando rancheras suaves. Don Rodolfo platicó de negocios, pero mis ojos se desviaban a la tríada. Sofia rozó mi pierna bajo la mesa, un toque accidental que no lo era, y Lucia me sirvió vino con una mirada que decía quiero comerte. Isabella reía, su risa como campanas, y yo pensaba:

¿Qué chingados pasa aquí? Estas morras me van a volver loco.
El deseo crecía lento, como el fuego de una fogata que se aviva con leña seca.

Después de la cena, don Rodolfo se retiró temprano, alegando cansancio. "Disfruten la noche, muchachos", dijo guiñando un ojo. Las hermanas me llevaron al jardín, donde la luna bañaba las fuentes y las buganvillas rojas. Caminamos entre los rosales, el crujir de la grava bajo nuestros pies, y Sofia se acercó primero. "Alejandro, ¿has oído de la triada de Gradenigo?", susurró, su aliento cálido en mi oreja oliendo a canela. "Somos tres, unidas por algo más que sangre. Y tú... tú nos gustas, wey".

Mi pulso se aceleró, el corazón latiendo como tambores. Lucia tomó mi mano, sus dedos suaves pero firmes, y me jaló hacia un banco de piedra cubierto de cojines. Isabella se sentó a mi otro lado, su muslo presionando el mío, el calor de su piel traspasando la tela. "No mames, ¿están en serio?", balbuceé, pero mi cuerpo ya respondía, la verga endureciéndose bajo los pantalones. Sofia rio bajito, su mano subiendo por mi pecho. "Neta, carnal. Queremos que seas parte de nosotras esta noche. Todo consensual, todo chido". Asentí, perdido en sus ojos, el aroma de sus cuerpos mezclándose con la noche: sudor dulce, perfume floral y algo más primitivo, el olor de la excitación.

El beso de Isabella fue el detonante. Sus labios carnosos se pegaron a los míos, su lengua explorando con hambre, saboreando a vino y miel. Lucia besaba mi cuello, mordisqueando suave, mientras Sofia desabotonaba mi camisa, sus uñas rozando mis pezones.

Esto es un sueño, pendejo. Tres diosas tocándote, oliendo a paraíso.
Gemí cuando Sofia bajó la mano a mi entrepierna, masajeando mi erección a través de la tela. "¡Órale, qué grande, wey!", exclamó juguetona. Me quitaron la ropa con prisa sensual, sus manos everywhere: tocando, apretando, explorando cada centímetro de mi piel. Yo les quité los huipiles, revelando senos perfectos, pezones duros como piedras preciosas.

Nos recostamos en los cojines, el aire fresco de la noche contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Lucia se montó en mi cara, su concha húmeda rozando mis labios, oliendo a almizcle y deseo puro. La lamí despacio, saboreando su jugo salado-dulce, su clítoris hinchado bajo mi lengua. "¡Sí, así, chingón!", gritó, sus caderas moviéndose en ritmo. Isabella y Sofia se turnaban chupando mi verga, sus bocas calientes y húmedas alternándose: una lamiendo el tronco, la otra succionando la cabeza, saliva goteando. El sonido de succiones y gemidos llenaba el jardín, mezclado con el chapoteo de mi lengua en Lucia.

La tensión subía como volcán, mis bolas apretadas, el sudor corriéndome por la espalda. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, metiendo mi verga en Sofia por detrás, su culo redondo rebotando contra mí con cada embestida. Plap, plap, plap, el sonido obsceno del choque de carne. Isabella se acostó debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi eje y el clítoris de su hermana. Lucia besaba a Sofia, sus tetas frotándose. "¡Más fuerte, Alejandro! ¡Chíngame como hombre!", rogaba Sofia, su voz entrecortada. Yo obedecía, sintiendo sus paredes internas apretándome, ordeñándome.

El clímax se acercaba, pero quería alargar el placer. Las hice girar: ahora Isabella cabalgándome, sus caderas girando como en un baile folclórico, su concha apretada y resbalosa. "¡Qué rico tu pito, carnal!", jadeaba. Lucia y Sofia se besaban entre sí, dedos hurgando cochas, gemidos sincronizados. El olor era intenso: sexo puro, sudor, tierra mojada por nuestro flujo. Mi mente era un torbellino:

La tríada de Gradenigo me tiene en sus garras. No hay vuelta atrás, y no quiero.

Lucia se unió, sentándose en mi cara mientras Isabella seguía montándome. Sofia lamía mis bolas, succionándolas una por una. El ritmo era frenético, cuerpos sudados chocando, pieles resbalosas. Isabella se corrió primero, su cocha convulsionando alrededor de mi verga, gritando "¡Me vengo, pendejos! ¡Ay, Dios!". Su jugo me empapó, caliente y abundante. Sofia la siguió, frotándose contra mi muslo hasta explotar en temblores. Lucia, con mi lengua profunda en ella, se deshizo en mi boca, su sabor inundándome.

No aguanté más. "¡Me vengo!", rugí, y ellas se arrodillaron, bocas abiertas. Eyaculé chorros espesos, salpicando sus lenguas, caras, tetas. Lamieron todo, compartiendo mi semen en besos calientes, riendo satisfechas. "¡Qué chingonería, Alejandro!", dijo Isabella, lamiendo un resto de mi verga.

Nos recostamos exhaustos bajo las estrellas, cuerpos entrelazados, el jardín en silencio salvo por nuestras respiraciones agitadas. El aire olía a sexo y jazmín, pieles pegajosas enfriándose. Sofia acarició mi pecho: "La triada de Gradenigo te elige, carnal. Vuelve cuando quieras". Lucia y Isabella asintieron, besándome suave. Me sentía completo, poderoso, como si hubiera conquistado un imperio.

Al amanecer, don Rodolfo me dio el contrato, sonriendo pícaro. Sabía todo, el cabrón. Regresé a la CDMX cambiado, con el recuerdo de esa noche grabado en la piel. La tríada me había marcado, y yo a ellas. A veces, en la soledad, huelo jazmín y siento sus toques fantasma. Neta, la vida es un desmadre chido.

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