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Canciones Famosas de Tríos en Nuestra Noche Ardiente

7361 palabras

Canciones Famosas de Tríos en Nuestra Noche Ardiente

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmín fresco, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena. Yo, Ana, acababa de llegar a la casa de mi carnala Lupe y su novio Marco, un par de weyes bien plantados que siempre armaban las mejores carnitas asadas. La terraza iluminada con luces tenues vibraba al ritmo de canciones famosas de tríos, esas boleros eternos de Los Panchos que mi abuelita ponía en el tocadiscos viejo. "Sabor a mí", tarareaba Lupe mientras servía chelas frías, su falda veraniega ondeando con la brisa.

Marco, con su camisa guayabera entreabierta dejando ver el pecho moreno y musculoso, me guiñó un ojo. "Órale, Ana, neta que traes un glow chido", dijo, pasándome una cerveza helada que me erizó la piel al contacto. Lupe se rio, pegándose a mí con un abrazo que duró un segundo de más, su perfume dulce mezclándose con el mío. Siempre hemos sido cercanas, mi carnala y yo, desde chiquillas compartiendo secretos en la recámara. Pero esa noche, con "Contigo aprendí" sonando bajito desde los bocinas, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el aire cargara promesas prohibidas pero consentidas.

Nos sentamos en los cojines mullidos de la terraza, las piernas rozándose accidentalmente. Hablábamos de todo y nada: del pinche tráfico en la Ciudad de México, de cómo Marco la había sorprendido a Lupe con un viaje sorpresa. Sus manos se entrelazaban, y yo no podía evitar mirar cómo sus dedos jugaban, imaginando el calor de esa piel contra la mía. "Estas canciones famosas de tríos siempre me ponen romántica", suspiró Lupe, recargando la cabeza en mi hombro. Su cabello negro caía como cascada sobre mi clavícula, y olía a coco y deseo incipiente.

El trío pasó a "Quizás, quizás, quizás", y Marco se levantó a bailar con Lupe. Sus caderas se mecían al ritmo lento, pegaditos como miel derretida. Yo los veía desde el cojín, el corazón latiéndome fuerte, un calor subiendo por mis muslos. "Ven, Ana, no seas mala", me llamó Lupe, extendiendo la mano. Dudé un segundo, pero el pulso de la música y sus ojos brillantes me jalaron. Me uní al baile, mis manos en la cintura de Marco, el de Lupe en mi espalda baja. Nuestros cuerpos se rozaban en un vaivén sensual, el sudor empezando a perlar nuestras pieles bajo la luna.

¿Qué carajos estoy haciendo? Esto se siente tan bien, tan natural. Como si siempre hubiéramos estado destinados a esto.

La tensión crecía con cada acorde. Marco me giró, su aliento cálido en mi cuello, mientras Lupe se pegaba por detrás, sus senos suaves presionando mi espalda. "Te queremos aquí con nosotros", murmuró ella al oído, su voz ronca como el ron que compartimos después. No había celos, solo pura complicidad. Consentimiento en cada mirada, en cada roce que pedía permiso con los ojos.

Entramos a la casa, la sala fresca con aire acondicionado contrastando el calor de nuestros cuerpos. Las canciones famosas de tríos seguían sonando desde el Bluetooth, ahora "Rayito de luna" envolviéndonos como una caricia. Nos dejamos caer en el sofá amplio, Lupe besándome primero, sus labios carnosos sabiendo a tequila y fresas. Su lengua exploró la mía con hambre juguetona, mientras Marco observaba, su erección ya marcada bajo los shorts.

Mis manos temblaban de anticipación al desabotonar la blusa de Lupe, revelando sus pechos perfectos, pezones oscuros endureciéndose al aire. Los lamí despacio, saboreando la sal de su piel, el gemido que escapó de su garganta como música más dulce que cualquier bolero. Marco se acercó, besando mi cuello, sus dedos grandes deslizándose bajo mi vestido, encontrando mi humedad. "Estás chingona de mojada, Ana", gruñó, y yo me arqueé contra su palma, el roce áspero de sus callos enviando chispas por mi espina.

La ropa voló: mi vestido al piso, sus shorts, la falda de Lupe. Desnudos, nos devorábamos con los ojos. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, mezclado con el jazmín del jardín que entraba por la ventana abierta. Lupe se arrodilló entre mis piernas, su boca caliente lamiendo mi clítoris con maestría, círculos lentos que me hacían jadear. Marco me besaba, su verga dura rozando mi muslo, gruesa y palpitante. La tomé en mi mano, masturbándolo despacio, sintiendo las venas bajo mis dedos, el precum salado en mi lengua cuando lo probé.

Neta, esto es el paraíso. Sus cuerpos contra el mío, el ritmo de las canciones marcando nuestros jadeos.

Escalamos juntos. Cambiamos posiciones como en un baile coreografiado por el destino. Yo encima de Marco, su pija llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente mientras Lupe se sentaba en su cara, sus jugos goteando sobre su boca. Lo oía lamerla, chuparla con avidez, sus gemidos vibrando en mi interior. Mis caderas se movían solas, cabalgándolo fuerte, el slap de piel contra piel ahogando momentáneamente "Bésame mucho". Sudor corría por mi espalda, goteaba entre mis senos que Marco amasaba con fuerza.

Lupe se inclinó para besarme, nuestras lenguas enredándose mientras sus dedos jugaban con mi ano, lubricado por nuestra excitación compartida. "Te voy a meter un dedo, ¿sí, carnala?", preguntó, y yo asentí frenética, el placer duplicándose cuando lo hizo, suave pero insistente. Marco gruñía debajo, al borde, pero se contenía por nosotras. Cambiamos: Lupe ahora montándolo, yo lamiendo donde se unían, saboreando su mezcla, el sabor almizclado de ella y el salado de él.

La intensidad subía como marea. El aire cargado de nuestros alientos jadeantes, el squelch húmedo de penetraciones, los besos babosos. Marco nos penetró a ambas por turnos, primero a mí de perrito mientras lamía a Lupe, luego a ella mientras yo frotaba mi coño contra su muslo. Cada embestida era un acorde perfecto, sincronizado con las canciones famosas de tríos que no paraban. "¡Ay, pendejos, no paren!", suplicaba yo, perdida en el éxtasis.

El clímax llegó como tormenta. Marco se corrió primero, llenándome con chorros calientes que desbordaron, goteando por mis muslos mientras Lupe y yo nos frotábamos clítoris contra clítoris, nuestras piernas entrelazadas. El roce resbaloso, frenético, nos llevó al borde. Grité su nombre, el de Marco, olas de placer convulsionándome el vientre, el olor de semen y fluidos femeninos envolviéndonos. Lupe se deshizo segundos después, su cuerpo temblando, uñas clavándose en mi espalda en éxtasis compartido.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, el pecho subiendo y bajando al unísono. "Piel" de Los Panchos sonaba suave ahora, como arrullo. Marco nos besó a ambas, tierno. "Esto fue chido, ¿verdad?", dijo con sonrisa pícara. Lupe rio bajito, acurrucándose en mi pecho, su piel aún febril contra la mía.

Las canciones famosas de tríos marcaron nuestra noche, pero lo que sentimos va más allá de notas. Somos uno ahora, en cuerpo y alma.

Nos quedamos así hasta el amanecer, olas rompiendo afuera como aplauso lejano. No hubo arrepentimientos, solo promesas susurradas de más noches así. El sol tiñó el cielo de rosa, y con él, un nuevo sabor a nosotros en mi boca.

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