El Saxo Ardiente Stan Getz Stan Getz and the Oscar Peterson Trio
La noche en mi depa de la Condesa se sentía como un sueño chido, de esos que te envuelven sin avisar. Yo, Ana, acababa de quitarme los tacones después de un día eterno en la agencia, con el pinche tráfico de la Ciudad de México zumbándome todavía en la cabeza. El aire olía a jazmín del balcón y a mi perfume de vainilla que se mezclaba con el calor del atardecer. Puse el tocadiscos viejo que heredé de mi abuelita, y el vinilo de Stan Getz Stan Getz and the Oscar Peterson Trio cobró vida. Ese saxo suave, como un susurro caliente en la oreja, empezó a llenar el espacio. Las notas se deslizaban lentas, sedosas, haciendo que mi piel se erizara sin razón.
Me serví un mezcal reposado en un vasito de cristal, el líquido ambarino quemándome la garganta con ese sabor ahumado que me ponía de buenas. Qué chingón este disco, pensé, mientras me quitaba la blusa ajustada, quedándome en bra de encaje negro y falda plisada. El piano de Oscar Peterson trioaba con el bajo, un ritmo que me hacía mover las caderas sin querer, como si el aire mismo me acariciara. Ahí fue cuando sonó el interfón. Era Marco, mi carnal en esto de las noches locas, el wey que siempre llega puntual cuando sabe que ando con ganas.
—Órale, morra, abre que traigo ganas de ti —dijo su voz ronca por el speaker, con ese acento chilango que me derrite.
Lo dejé pasar y cuando abrió la puerta, el olor de su colonia fresca, como madera y cítricos, me golpeó de lleno. Estaba guapísimo con camisa blanca arremangada, jeans que le marcaban todo y esa sonrisa pícara de pendejo bueno. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas que asomaban jugosas por el bra.
—Neta te ves cañón, Ana. ¿Qué es esa música tan rica? —preguntó mientras se acercaba, su mano grande rozándome la cintura.
—Stan Getz Stan Getz and the Oscar Peterson Trio, carnal. Siéntate y déjate llevar —le contesté, jalándolo al sofá de piel suave.
Nos sentamos cerquita, las piernas tocándose, el calor de su muslo contra el mío enviando chispas por mi espinazo. El saxo gemía bajito, como preludio de lo que vendría. Hablamos pendejadas al principio, de la semana, de un antro nuevo en Polanco, pero sus dedos ya jugaban con el borde de mi falda, subiendo despacito por mi muslo. Mi corazón latía fuerte, sincronizado con el ritmo del piano. Olía su aliento a menta y mezcal que le ofrecí, y cuando me acerqué para besarlo, sus labios suaves pero firmes me atraparon.
El beso empezó tierno, lenguas rozándose con sabor a mezcal dulce, pero pronto se volvió hambriento. Sus manos me apretaron las nalgas, levantándome para sentarme en su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mi conchita a través de la tela, y un jadeo se me escapó.
¡No mames, qué dura la traes, wey!pensé, mientras le mordía el labio inferior, saboreando su piel salada.
La música seguía, el saxo de Stan Getz ahora más intenso, como si supiera lo que nos traíamos. Marco me quitó el bra con un movimiento experto, sus labios bajando a mis pezones oscuros que ya estaban tiesos como piedras. Los chupó suave al principio, lamiendo con la lengua plana, el sonido húmedo mezclándose con las notas jazzísticas. Mi piel ardía, el roce de su barba incipiente raspándome delicioso, enviando ondas de placer hasta mi clítoris que palpitaba pidiendo más.
—Quítate eso, pendejo —le ordené juguetona, jalándole la camisa.
Se la sacó rápido, mostrando su pecho moreno, músculos definidos de tanto gym. Lo empujé al sofá y me subí encima, frotándome contra él mientras bailábamos al ritmo del disco. Mis manos exploraban su torso, sintiendo el sudor fino que empezaba a perlar su piel, oliendo a hombre puro, a deseo crudo. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó dura como fierro. La tomé en la mano, piel suave sobre lo firme, y la apreté, oyendo su gemido grave que vibró en mi pecho.
El conflicto interno me picaba un poco: ¿Será que esto es solo físico o hay más? Pero su mirada, llena de fuego y ternura, me disipó las dudas. Era mutuo, empoderador, dos adultos sabiendo lo que querían. Le bajé los jeans del todo, y él me arrancó la falda y el tanga rojo, exponiendo mi concha mojada, labios hinchados brillando de jugos. El aire fresco del ventilador me rozó ahí, contrastando con el calor que subía.
Marco me volteó con gentileza, poniéndome de rodillas en el sofá. Su lengua atacó mi clítoris desde atrás, lamiendo lento, saboreando mis fluidos con ruiditos obscenos. ¡Ay wey, qué rico! gemí, arqueando la espalda. El sabor de mi propia excitación llegó a mis sentidos cuando me besó después, compartiendo. El piano aceleraba, el bajo pulsando como mi pulso acelerado. Introduje dos dedos en mi boca, mojándolos, y los metí en su culo mientras lo masturbaba, sintiendo cómo se contraía de placer. Él gruñó, vibrando contra mi piel.
La tensión subía como la melodía, gradual, irresistible. Me recostó en el sofá, abriéndome las piernas anchas. Su verga rozó mi entrada, untándose de mis mieles, y empujó despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, un dolor placeroso que me hizo arañar su espalda. Empezamos a follar lento, al ritmo del jazz, sus caderas girando como el swing del trio. El sonido de piel contra piel chapoteaba, mezclándose con nuestros jadeos y el saxo que parecía llorar de gozo.
—Más fuerte, Marco, ¡chinga más duro! —le supliqué, mis uñas clavándose en sus nalgas firmes.
Aceleró, embistiéndome profundo, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Olía a sexo puro, sudor mezclado con perfume, el mezcal olvidado en la mesa. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, él chupándolas mientras yo giraba las caderas.
Esto es lo que necesitaba, neta, este poder de montarlo como quiero, pensé, viendo su cara de éxtasis, venas hinchadas en el cuello.
El clímax se acercaba con la música en crescendo. Lo volteé a perrito, él metiéndomela hasta el cuello uterino, una mano en mi clítoris frotando rápido. Grité, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, mi concha contrayéndose ordeñando su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él no aguantó más, sacándola y corriéndose en mi espalda, chorros calientes pintándome la piel, su gemido ronco como un solo de saxo salvaje.
Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados, el disco llegando a su fin con notas suaves. El aire olía a semen, sudor y jazmín, nuestros pechos subiendo y bajando juntos. Marco me besó la frente, su mano acariciándome el pelo húmedo.
—Eres increíble, Ana. Esa música nos prendió cañón —murmuró, su voz perezosa.
—Simón, Stan Getz Stan Getz and the Oscar Peterson Trio siempre hace magia —respondí, sonriendo contra su pecho.
Nos quedamos así un rato, reflexionando en silencio. No era solo sexo; era conexión, empoderamiento mutuo en esta jungla de la ciudad. El deseo inicial se había transformado en algo más profundo, un lazo que el jazz había tejido entre nosotros. Afuera, las luces de la Condesa parpadeaban, pero adentro, en el afterglow, todo era paz y promesas de más noches así. El tocadiscos calló, pero la melodía seguía resonando en mi piel, en mi alma.