Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Abrázame Estoy Intentando Abrázame Estoy Intentando

Abrázame Estoy Intentando

6905 palabras

Abrázame Estoy Intentando

El calor de la noche en Polanco me envolvía como un amante impaciente. Estaba en el rooftop del bar, con el bullicio de la Ciudad de México latiendo abajo, luces neón parpadeando como promesas rotas. Llevaba un vestido negro ceñido que rozaba mi piel con cada brisa, y un mezcal ahumado en la mano que quemaba mi garganta como un secreto. Neta, había venido para distraerme de esa semana de mierda en la oficina, donde mi jefe me tenía hasta la madre con sus pendejadas. Pero ahí estaba yo, fingiendo que todo estaba chido.

Entonces te vi. Alto, con esa camisa blanca arremangada que dejaba ver unos antebrazos fuertes, marcados por el sol de weekends en Valle de Bravo. Tus ojos oscuros me atraparon desde la barra, y cuando sonreíste, sentí un cosquilleo en el estómago que bajó directo entre mis piernas. Órale, pensé, este wey está cañón. Te acercaste con un trago en la mano, oliendo a colonia fresca mezclada con el humo del asador de la terraza.

—¿Qué onda? —dijiste con esa voz grave que vibraba en mi pecho—. ¿Todo bien o necesitas un abrazo?

Reí, pero por dentro me temblaba. Hacía meses que no sentía esa chispa, desde que mi ex me dejó como pendeja. Te miré de arriba abajo, notando cómo tu pantalón ajustado marcaba lo que prometía ser una verga gruesa. —Tal vez sí —respondí, juguetona—. Pero no cualquier abrazo, carnal.

Charlamos un rato, riendo de tonterías. Eres Diego, ingeniero en una firma de arquitectos, fan de los Chicharitos y las carnitas asadas. Yo, Ana, publicista de 28, amante de los tacos al pastor y las noches locas. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de nuestras manos. El aire olía a jazmín del jardín vertical y a tu sudor ligero, masculino, que me hacía mojarme sin remedio.

De pronto, el DJ soltó una cumbia rebajada, y me jalaste a la pista improvisada. Tus manos en mi cintura, firmes pero tiernas, me pegaron a tu cuerpo. Sentí tu dureza presionando contra mi vientre, y un jadeo se me escapó. Estoy intentando no lanzarme aquí mismo, pensé, mientras tu aliento caliente me rozaba el cuello.

—Abrázame más fuerte —te pedí, casi suplicando.

—¿Qué pasa, preciosa? —murmuraste, tus labios rozando mi oreja.

En ese momento, con la ciudad rugiendo abajo y tu corazón latiendo contra el mío, solté lo que llevaba guardado:

—Hug me, I’m trying…
Lo dije en inglés, bajito, como un secreto de esas frases virales que vemos en TikTok, pero con todo el peso de mi vulnerabilidad. Estaba intentando resistirme, intentar no caer tan rápido, intentar no ser la pendeja que se enamora en una noche. Pero tú me abrazaste más, tus manos bajando a mis nalgas, apretando con esa posesión que me derritió.

El beso vino natural, como si lo hubiéramos planeado toda la vida. Tus labios suaves al principio, luego hambrientos, lengua invadiendo mi boca con sabor a mezcal y menta. Gemí contra ti, mis uñas clavándose en tu espalda. La multitud se desdibujó; solo existíamos nosotros, el calor de tu piel bajo la camisa, el pulso acelerado en tu cuello que lamí despacio, saboreando la sal.

—Vamos a mi depa —dijiste, voz ronca—. Está cerca, en Masaryk.

Asentí, empapada ya, el vestido pegándose a mis muslos. Tomamos un Uber, besándonos en el asiento trasero, tus dedos subiendo por mi pierna hasta rozar mi tanga húmeda. Chingado, el conductor seguro nos oía jadear.

Acto dos: tu penthouse era puro lujo minimalista, ventanales con vista al Bosque de Chapultepec, luces tenues que pintaban tu piel de oro. Me quitaste el vestido despacio, besando cada centímetro expuesto. Tus manos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis tetas firmes, pezones duros como piedras. Los chupaste con hambre, mordisqueando suave, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris hinchado.

Qué rico sabes —gruñiste, bajando a mis panties, oliendo mi excitación como un lobo.

Me tendiste en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Tus dedos exploraron mi panocha empapada, abriéndome como una flor. Gemí alto cuando metiste dos adentro, curvándolos contra mi punto G, mientras tu pulgar masajeaba mi botón con círculos perfectos. Estoy intentando no correrme ya, pensé, arqueándome, mis jugos chorreando por tus nudillos.

—Diego… no pares, pendejo, dame más —supliqué, jalándote del pelo.

Te desnudaste, revelando un cuerpo esculpido: abdomen marcado, verga erecta, venosa, goteando precum que lamí ansiosa. La chupé despacio, saboreando su musgo salado, garganta profunda hasta que tosí, lágrimas de placer en los ojos. Tú gemías, “Así, Ana, trágatela toda”, manos en mi cabeza guiándome con ternura dominante.

La tensión escalaba. Me pusiste a cuatro patas, el espejo frente a nosotros reflejando mi cara de puta en celo. Entraste lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón! Llenabas todo, golpeando profundo con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel, mis tetas rebotando, tu sudor goteando en mi espalda. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas mezcladas con tu colonia.

—Más fuerte —rogaba, empujando contra ti—. Estoy intentando aguantar, pero me vas a hacer explotar.

Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándote como amazona, mis caderas girando, clítoris frotándose en tu pubis. Tus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano, prometiendo más. El orgasmo me acechaba, coño contrayéndose alrededor de tu verga palpitante. Tú debajo, sudando, ojos clavados en los míos, conexión profunda más allá de lo físico.

Acto tres: el clímax llegó como tormenta. Te volteé, piernas en tus hombros, penetrándome brutal pero consensuado, cada estocada rozando mi cervix con placer punzante. Neta, nunca había sentido tanto. Grité tu nombre, paredes vaginales ordeñando tu leche mientras corrías dentro, caliente, abundante, mezclándose con mis fluidos.

Colapsamos, jadeantes, tu abrazo envolviéndome como refugio. El afterglow era perfecto: piel pegajosa, corazones sincronizados, el aroma a semen y sudor impregnando el aire. Besaste mi frente, riendo bajito.

—¿Qué significaba eso de “hug me I’m trying”? —preguntaste, trazando círculos en mi espalda.

Sonreí, acurrucada en tu pecho ancho. —Estaba intentando no enamorarme tan rápido, pendejo. Pero fallé estrepitosamente.

Nos quedamos así, con la ciudad durmiendo afuera, sabiendo que esto era solo el inicio. Empoderada, satisfecha, lista para más noches como esta. Chido total.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.