La Tríada Epidemiológica del Covid 19 Desnuda
En pleno apogeo de la pandemia, cuando el mundo se había convertido en un laberinto de cubrebocas y gel antibacterial, yo, Luis, epidemiólogo de la UNAM, me encontré atrapado en mi departamento de la Condesa con Ana y Carla. Ellas, mis colegas de la facultad de Medicina, habían venido a trabajar en el modelo de la triada epidemiológica del covid 19: agente infeccioso, huésped susceptible y ambiente favorable. Lo que empezó como una sesión de estudio interminable se transformó en algo mucho más caliente, más vivo que cualquier gráfica de contagios.
Ana, con su cabello negro largo y ojos que brillaban como el tequila bajo la luz de neón, se recargaba en el sofá, su blusa ajustada marcando las curvas de sus chichis perfectas. Carla, la güera de piel morena clara, con ese culazo que hacía que los jeans se quejaran, movía las caderas mientras preparaba café en la cocina abierta. El aire estaba cargado del olor a café recién molido mezclado con el desinfectante que usábamos obsesivamente. Neta, wey, esto de la triada me tiene hasta la madre, pensó Luis mientras las veía, sintiendo cómo su verga empezaba a despertar bajo los boxers.
"Órale, Luis, explícanos otra vez lo de la triada epidemiológica del covid 19", dijo Ana con voz ronca, cruzando las piernas y dejando que su falda subiera un poquito, revelando la piel suave de sus muslos. Carla se acercó con las tazas humeantes, rozando su brazo contra el mío accidentalmente — o no tan accidental. El roce fue eléctrico, como una descarga de deseo reprimido por meses de encierro.
Empecé a hablar, mi voz grave resonando en la sala tenuemente iluminada por la lámpara de pie. "La triada es simple: el virus como agente, nosotros como huéspedes y este pinche encierro como ambiente que lo propaga todo". Pero mientras lo decía, mis ojos se clavaban en sus labios carnosos, en el sudor perlado en el cuello de Carla por el calor de la tarde mexicana.
La tensión creció como una curva epidemiológica. Ana se levantó, se acercó y puso su mano en mi rodilla. "¿Y si aplicamos la triada a nosotros? Tú el agente, nosotras las huéspedes y esta noche el ambiente perfecto". Carla soltó una risa pícara, ¡Qué rica idea, carnala! Su aliento olía a menta del chicle que masticaba, y el corazón me latía como tambor en fiesta de pueblo.
Acto primero cerrado: el deseo inicial prendido como fogata en diciembre.
Nos mudamos al cuarto, el colchón king size crujiendo bajo nuestro peso. La habitación olía a sábanas frescas de lavanda y al leve aroma almizclado de sus cuerpos después de un día largo. Me quité la playera, revelando mi torso trabajado en el gym del edificio — no todo era home office y chelas. Ana me besó primero, sus labios suaves y húmedos saboreando a sal y gloss de cereza. Su lengua danzaba con la mía, explorando, mientras sus manos bajaban por mi pecho, arañando levemente con las uñas pintadas de rojo.
Carla observaba, mordiéndose el labio inferior, sus pezones endurecidos visibles bajo la camisola delgada. "Mi turno, pendejo", murmuró con esa voz juguetona que me ponía duro al instante. Se unió, presionando su cuerpo contra mi espalda, sus chichis grandes aplastándose contra mí. Sentí su calor, el roce de su coño húmedo a través de la tela contra mi nalga. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba el cuarto, entrecortadas, como jadeos de corredores en la Reforma.
Internal monologue:
¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es mejor que cualquier simulación de contagio. Ellas son mi triada perfecta: deseo, piel y noche sin fin.
Las desvestí despacio, saboreando cada centímetro. La piel de Ana era seda suave, oliendo a crema de coco que usaba siempre. Lamí su cuello, bajando a sus tetas firmes, chupando el pezón rosado hasta que gimió, "¡Ay, wey, no pares!". Carla se quitó el brasier con un movimiento experto, sus areolas oscuras invitándome. La probé, su sabor salado y dulce, mientras mi mano bajaba a su entrepierna, encontrándola empapada, resbalosa como miel de maguey.
La intensidad subía. Las puse de rodillas en la cama, yo de pie frente a ellas. Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco. Ana la tomó primero, lamiendo la cabeza con lengua experta, su saliva cálida goteando. "Qué rica verga, Luis", dijo mirándome con ojos lujuriosos. Carla se unió, chupando las bolas, el sonido húmedo de succiones y lengüetazos resonando como música prohibida. Sentí sus bocas alternando, el calor envolvente, las venas hinchadas por la sangre bombeando furiosa.
Pero no quería acabar tan rápido. Las tumbé, abriendo las piernas de Ana. Su concha depilada brillaba de jugos, el olor almizclado de excitación invadiendo mis fosas nasales. La penetré despacio, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor de mi pija, caliente y apretada. "¡Chíngame duro, cabrón!", gritó ella, clavando uñas en mi espalda. Empujé rítmicamente, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con sus gemidos agudos.
Carla no se quedó atrás. Se sentó en la cara de Ana, frotando su clítoris hinchado contra la lengua de su amiga. Yo las veía, el espectáculo de sus cuerpos entrelazados: sudor brillando bajo la luz tenue, pechos rebotando, el aroma espeso de sexo puro. Esto es la triada en acción: agente de placer, huéspedes ansiosas, ambiente de puro vicio, pensé mientras aceleraba, sintiendo el orgasmo construyéndose como ola en Acapulco.
Escalada gradual: cambiamos posiciones. Carla encima de mí, cabalgándome como jinete en charro, su culo redondo subiendo y bajando, tragándose mi verga entera. El calor de su interior me volvía loco, sus jugos chorreando por mis bolas. Ana lamía donde nos uníamos, su lengua rozando mi eje y el clítoris de Carla. "¡Sí, lamenme las nalgas, putas ricas!", jadeaba Carla, su voz quebrada por el placer.
Los sentidos explotaban: gusto de su sudor salado en mi boca, tacto de pieles resbalosas, vista de curvas perfectas arqueándose, sonidos de ayes y carne chocando, olor a coños calientes y semen preeyaculatorio. Internal struggle:
¿Y si esto cambia todo entre nosotros? ¿O es solo la pandemia soltando demonios? Neta, no importa, solo fóllense ya.
Las puse a las dos en cuatro, alternando embestidas. Primero Ana, su coño maduro apretándome como virgen; luego Carla, más profundo, golpeando su cervix con cada thrust. Ellas se besaban entre sí, lenguas enredadas, manos en tetas ajenas. "La triada epidemiológica del covid 19 nunca fue tan chingona", soltó Ana entre risas y gemidos, y reímos los tres, el humor mexicano aligerando la intensidad.
El clímax se acercaba. Saqué mi verga, palpitante, y ellas se arrodillaron de nuevo. Masturbaron juntas, bocas abiertas esperando. El primer chorro salió caliente, salpicando la cara de Ana, luego la boca de Carla, grueso y blanco como leche de vaca fresca. Tragaron, lamiéndose mutuamente, limpiando cada gota con lenguas ávidas. Yo colapsé en la cama, exhausto, el cuerpo zumbando de placer residual.
Afterglow: nos acurrucamos, pieles pegajosas de sudor y fluidos, el cuarto oliendo a sexo consumado y paz. Ana acariciaba mi pecho, "Esto fue mejor que cualquier vacuna, wey". Carla besó mi hombro, "La triada perfecta, sin contagios raros". Reímos bajito, el corazón latiendo calmado ahora.
Reflexión final:
En medio del caos del covid, encontramos nuestra propia epidemiología del placer. Agente: lujuria. Huésped: cuerpos listos. Ambiente: noche mexicana inolvidable. Y nadie salió herido, solo satisfechos hasta el alma.
La luna se colaba por la ventana, testigo muda de nuestra tríada viva. Mañana volveríamos a las gráficas, pero esta noche, fuimos el virus más placentero del mundo.