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Fuego Íntimo del Concierto Trío Auditorio Nacional

6916 palabras

Fuego Íntimo del Concierto Trío Auditorio Nacional

El aire de la Ciudad de México esa noche estaba cargado de promesas, con ese calor pegajoso que se pega a la piel como un amante impaciente. Llegué al Auditorio Nacional con el corazón latiéndome fuerte, lista para el concierto Trí o Auditorio Nacional que todos andaban comentando en redes. El Trío, esos cabrones con voces que te derriten el alma, tocando boleros y rancheras que te hacen recordar amores que ni has vivido. Vestida con un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas justito, tacones altos y el perfume que siempre uso para sentirme chingona: un toque de vainilla y jazmín que deja huella.

Me acomodé en mi asiento de la zona media, el auditorio brillando con luces tenues y el murmullo de la gente como un zumbido erótico.

¿Y si esta noche pasa algo cabrón? Neta, hace rato que no me suelto con nadie
, pensé mientras cruzaba las piernas, sintiendo el roce de la tela en mis muslos. Ahí estaba él, mi vecino de asiento: alto, moreno, con camisa blanca entreabierta que dejaba ver un pecho tatuado y ojos que gritaban quiero comerte. Se presentó como Luis, con una sonrisa pícara que me erizó la piel.

Órale, qué chida que estés aquí sola, ¿no? —me dijo, su voz grave retumbando por encima del ruido, con ese acento chilango puro que me prende.

Le sonreí, mordiéndome el labio. —Sí, carnal, vine por la música... pero quién sabe qué más.

Las luces bajaron y el Trío subió al escenario. El primer acorde del violín me recorrió como una caricia lenta, el contrabajo vibrando en mi pecho como un pulso acelerado. Nuestras miradas se cruzaron en la penumbra, y sentí su rodilla rozar la mía. No se apartó. Al contrario, su mano grande y cálida se posó en mi muslo, apenas un toque, pero suficiente para que mi panocha se humedeciera de golpe. El aroma de su colonia, madera y sudor fresco, se mezcló con el mío, creando una nube íntima entre nosotros.

La voz del primer tríoero cantaba "Bésame mucho", y Luis se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi oreja. —¿Quieres que te bese? —susurró, mientras sus dedos subían un centímetro, presionando la carne suave de mi pierna.

¡La verga! Este pendejo me va a volver loca antes de que acabe la rola
, me dije, el corazón martillándome. Asentí, y sus labios rozaron mi cuello, un beso fugaz que sabía a tequila y deseo. El público aplaudía, ajeno a nosotros, mientras yo arqueaba la espalda, sintiendo el calor subir desde mi entrepierna. Sus dedos jugaban con el borde de mi vestido, rozando mi tanga de encaje, y yo no pude evitar abrir un poco las piernas, invitándolo sin palabras.

El intermedio llegó como salvación y tortura. Salimos al pasillo, el aire fresco del lobby golpeándonos las caras sonrojadas. Pedimos unos tequilas en la barra, y ahí, con el bullicio de la gente, nos besamos por primera vez. Su lengua invadió mi boca con hambre, saboreando mi gloss de cereza, sus manos en mi cintura apretándome contra su erección dura como piedra. —Neta, Daniela, me traes loco desde que te vi —gruñó, mordiéndome el labio inferior.

Pos yo a ti, cabrón. Sigue tocándome y no respondo —le contesté, mi mano bajando a su paquete, sintiendo el grosor a través del pantalón. El anuncio del segundo acto nos separó, pero volvimos a los asientos con promesas en los ojos.

La segunda parte del concierto Trío Auditorio Nacional fue puro fuego. El Trío tocaba "Solamente una vez", las notas flotando como caricias en el aire cargado de aroma a perfume caro y anticipación. Luis ya no se contenía: su mano se coló bajo mi vestido, dedos expertos encontrando mi clítoris hinchado. Gemí bajito, tapándome la boca con la otra mano, mientras él me masturbaba lento, círculos precisos que me hacían mojarle los dedos. Yo le desabroché el pantalón con disimulo, sacando su verga palpitante, gruesa y venosa, y la empecé a pajear con movimientos firmes, sintiendo la piel suave sobre el acero debajo.

¡Qué chingón se siente! Su prepucio subiendo y bajando, el calor en mi palma... y él metiendo un dedo dentro de mí, curvándolo justo ahí
. El auditorio vibraba con la música, aplausos ahogando mis jadeos. Sudábamos, el olor a sexo crudo mezclándose con el jazmín de mi perfume. Me corrí primero, un orgasmo silencioso que me sacudió las piernas, mordiendo su hombro para no gritar. Él gruñó en mi oído, su leche caliente salpicándome la mano mientras la música llegaba al clímax.

Pero no era suficiente. Cuando las luces subieron al final del concierto, el Trío despidiéndose con aplausos ensordecedores, lo jalé de la mano. —Vámonos a un lado, no aguanto más.

Encontramos un pasillo lateral semioculto, cerca de los baños VIP, donde el eco de la gente se perdía. Ahí, contra la pared fría de mármol que contrastaba con nuestro calor, nos devoramos. Le bajé los pantalones, arrodillándome para chupársela. Su verga entraba en mi boca, salada y caliente, embistiéndome la garganta mientras él me agarraba el pelo. —¡Sí, mami, trágatela toda! —gemía, y yo lo hacía, lamiendo las bolas, sintiendo su pulso en mi lengua.

Me levantó, volteándome contra la pared, y levantó mi vestido. Su lengua primero: lamidas hambrientas en mi culo y panocha empapada, saboreando mis jugos como si fueran néctar. ¡Ay, wey, qué rico! Su barba raspándome las nalgas, el dedo en mi ano juguetón... Luego, su verga me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Embestidas brutales pero consensuadas, mis tetas rebotando contra la pared, uñas clavadas en su cadera.

Córrete conmigo, Luis, ¡dame todo! —le rogué, y él aceleró, el slap-slap de piel contra piel resonando en el pasillo vacío. El orgasmo nos golpeó juntos: yo convulsionando, él llenándome de semen caliente que chorreaba por mis piernas. Sudor, semen, perfume: un olor embriagador que me mareaba de placer.

Nos vestimos jadeando, riéndonos como pendejos. Salimos del Auditorio Nacional tomados de la mano, la noche mexicana envolviéndonos con su brisa tibia. En su coche, camino a su depa en Polanco, hablamos de todo y nada, pero el fuego no se apagó. Llegamos y seguimos: en su cama king size, explorándonos lento esta vez. Besos en cada centímetro de piel, yo cabalgándolo hasta que gritamos de nuevo.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, lo miré dormir.

Qué noche, cabrón. El concierto Trío Auditorio Nacional fue solo el principio. Esto apenas empieza
. Me acurruqué contra su pecho, su corazón latiendo en sintonía con el mío, sabiendo que el deseo siempre encuentra su ritmo perfecto.

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