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Yo siempre fui una chava curiosa, de esas que no se conforman con lo de siempre. Vivía en un depa chido en la Condesa, con vistas a los árboles y el bullicio de la ciudad que nunca duerme. Una noche de viernes, después de unas chelas con las morras, me quedé sola frente a la laptop. El calor del verano me tenía sudando, y el ventilador zumbaba como un mosquito cabrón. Neta, necesito algo que me prenda, pensé, mientras mis dedos volaban por el teclado. Busqué videos pornos de trios mexicanas, porque ¿por qué no? Quería ver a morras como yo, con curvas prietas y piel morena, gozando sin vergüenza.

El primer video que saltó fue de unas pinches diosas: dos mamacitas de Guadalajara, tetas firmes y culos que rebotaban como pelotas de fut, montando a un vato que parecía sacado de un sueño mojado. El sonido de sus gemidos, roncos y en español bien mexicano, me erizó la piel.

¡Ay, wey, métemela más duro!
gritaba una, mientras la otra le chupaba los pezones. Olía a mi propia excitación, ese aroma dulce y almizclado que subía desde mis piernas abiertas. Mis dedos se colaron bajo la tanga, rozando mi clítoris hinchado, pero no era suficiente. Quería más, quería sentirlo.

Ahí fue cuando sonó el timbre. Era Luis, mi carnalito del alma, el que me hacía temblar con solo una mirada. Traía a su prima Carla, una culona de Tijuana que acababa de llegar a la ciudad. Órale, ¿qué pedo? pensé, pero mi cuerpo ya respondía. Luis, con su sonrisa pícara y esa barba que raspaba delicioso, dijo:

Neta, Ana, vimos que andabas sola. Carla quiere conocer la onda de la CDMX.
Ella, con su blusa escotada que dejaba ver el valle de sus chichis, me guiñó el ojo. El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta.

Nos sentamos en el sillón de piel sintética que crujía bajo nuestros pesos. Saqué la laptop y, sin pena, les mostré lo que estaba viendo. Videos pornos de trios mexicanas, les dije, con la voz ronca. Luis se acercó, su mano grande posándose en mi muslo, subiendo despacio. El calor de su palma me quemaba a través del short. Carla se mordió el labio, sus ojos negros brillando.

¡Simón, carnala! Eso se ve chingón. ¿Y si lo hacemos en vivo?

El corazón me latía como tamborazo en una fiesta. ¿Miedo? Un poquito, pero la neta es que la idea me mojó hasta los huesos. Asentí, y Luis me besó, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Sus labios carnosos chupaban los míos, mientras Carla se pegaba por detrás, sus tetas aplastándose contra mi espalda. Olía a vainilla y sudor fresco, ese perfume de mujer en celo. Sus manos pequeñas pero firmes me quitaron la blusa, rozando mis pezones que se pararon como soldaditos.

Esto es real, no como esos videos pornos de trios mexicanas, me dije, mientras Luis me bajaba el short. Mi panocha depiladita brillaba de jugos, y él gruñó de gusto.

Estás bien rica, mi amor.
Carla se arrodilló, su aliento caliente en mi entrepierna. Lamidas suaves al principio, como gatita bebiendo leche, luego más fieras, chupando mi clítoris con labios suaves. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Luis se sacó la verga, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en la mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado. Era como terciopelo sobre acero.

La tensión crecía como olla exprés. Luis me cargó al cuarto, la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Carla se quitó la ropa, revelando un cuerpo de infarto: caderas anchas, cintura de avispa, y un tatuaje de calavera en la nalga que me volvió loca. Nos acostamos las tres, piel contra piel. El sudor nos unía, resbaloso y pegajoso. Yo besaba a Luis, su barba pinchándome la cara delicioso, mientras Carla me metía dos dedos, curvándolos justo en mi punto G. ¡Puta madre, qué chido! El placer subía en olas, mis muslos temblando.

Pero no queríamos acabar rápido. Luis se recostó, y yo me subí encima, empalándome en su verga centímetro a centímetro. La llenura me estiraba, un ardor placentero que me hacía jadear. Carla se sentó en la cara de Luis, su concha rosada goteando en su boca. Él lamía como loco, sonidos chapoteantes llenando el aire. Yo rebotaba, mis chichis saltando, y Carla se inclinó para chupármelas, mordisqueando los pezones hasta que dolían rico.

¡Más, cabrones, no paren!
grité, mi voz quebrada.

El cuarto apestaba a sexo: almizcle, sudor salado, y el leve olor a caucho de los condones que nos pusimos. Cambiamos posiciones como en esos videos pornos de trios mexicanas que vi antes. Ahora Carla debajo de Luis, él embistiéndola con golpes secos que hacían temblar la cama. Yo me paré sobre su cara, frotando mi clítoris contra su lengua experta. Sus manos me amasaban el culo, dedos hundiéndose en mis nalgas. Esto es puro fuego, neta, pensaba, mientras el orgasmo se asomaba.

La intensidad subía. Luis aceleraba, sus huevos chocando contra Carla con palmadas húmedas. Ella arañaba mi espalda, dejando surcos rojos que ardían.

¡Me vengo, wey!
chilló Carla primero, su cuerpo convulsionando, chorros calientes salpicando. Eso me empujó al borde. Mi vientre se contrajo, un estallido de placer que me dejó ciega, gritando incoherencias. Luis rugió, llenando el condón con su leche espesa.

Nos quedamos tirados, jadeando como perros después de correr. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, enfriando nuestros cuerpos febriles. Luis me abrazó por un lado, Carla por el otro, sus pieles suaves contra la mía. Esto fue mejor que cualquier video pornos de trios mexicanas, reflexioné, con una sonrisa boba. Besos suaves, caricias perezosas. Hablamos bajito, riéndonos de lo pendejos que fuimos por no haberlo hecho antes.

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de naranja, nos duchamos juntos. Agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos. Manos explorando sin prisa, besos salados. Salimos envueltos en toallas, prometiendo más noches así. La ciudad despertaba allá abajo, pero nosotros ya habíamos tenido nuestro propio amanecer de placer. La vida en México sabe a esto: pasión sin frenos, con carnales que te quieren de verdad.

Y así, entre risas y planes locos, supe que esos videos pornos de trios mexicanas habían sido solo el principio. Lo nuestro era real, crudo y eterno.

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