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Bikini Try On Haul que Enciende el Fuego

7583 palabras

Bikini Try On Haul que Enciende el Fuego

Era un sábado de puro sol en la playa de Cancún, el tipo de día que te hace sentir viva, con el mar Caribe rompiendo suave contra la arena blanca. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje de compras en la Quinta Avenida, cargada de bolsas con bikinis nuevos que no podía esperar a probarme. Neta, carnal, pensé, esto va a ser mi bikini try on haul perfecto, pero no para la cámara, sino para él, para mi chulo Diego, que me esperaba en nuestra casita rentada con vista al mar.

Entré brincando, el olor a sal y crema de coco impregnando el aire caliente. Diego estaba tirado en la hamaca del porche, con una chela en la mano, su piel morena brillando bajo el sol, esos músculos de gym que tanto me gustaban tensos por el calor. “¡Mira lo que traigo, wey!” le grité, agitando las bolsas. Él se enderezó, con esa sonrisa pícara que me derretía. “¿Bikinis? ¿Vas a hacer tu bikini try on haul aquí mismo?” dijo, su voz ronca, ya con ese brillo en los ojos que prometía problemas buenos.

“Sí, cabrón, siéntate y mira cómo te modeló esto. Pero nada de tocar... todavía.”
Le guiñé el ojo mientras me metía al cuarto. El corazón me latía fuerte, imaginando su mirada devorándome. Saqué el primero: un bikini rojo fuego, diminuto, con tirantes finitos que se ataban en el cuello. Me lo puse frente al espejo, sintiendo la tela suave rozando mis pezones, endureciéndolos al instante. El olor a nuevo, a playa, me invadió. Salí contoneándome, el sol filtrándose por la ventana y calentando mi piel.

Diego silbó bajo. “¡Órale, mami! Ese te queda como pintado.” Se recargó en la puerta, sus ojos recorriéndome de arriba abajo, deteniéndose en mis curvas. Sentí un cosquilleo en el vientre, como electricidad bajando hasta mis muslos. Giré despacio, el sonido de mis pies descalzos en la madera crujiendo suave. “¿Qué tal? ¿Te gusta para la playa?” pregunté, pasando las manos por mis caderas, la tela ajustándose más, frotando justo donde dolía de ganas.

Él tragó saliva, su pecho subiendo y bajando rápido. “Neta, Ana, estás para comerte viva.” Me acerqué un poquito, lo suficiente para que oliera mi perfume mezclado con el sudor ligero del día. Pero me detuve, juguetona. “Aún no acabé mi bikini try on haul. Espera el siguiente.” Volví adentro, el pulso acelerado, imaginando sus manos en mí. Me quité el rojo, la tela húmeda ya pegándose a mi piel caliente. El segundo era negro, con encaje en los lados, más provocador. Al ponérmelo, un jadeo se me escapó; el encaje raspaba delicioso contra mi monte de Venus, despertando ese calor húmedo entre las piernas.

Salí de nuevo, posando con la mano en la cadera. El aire del ventilador me erizaba la piel, mis pezones marcadísimos bajo la tela fina. Diego se levantó, acercándose. “Este... este es el bueno,” murmuró, su aliento cálido en mi cuello cuando se paró detrás de mí. Sus dedos rozaron mi hombro, apenas, pero suficiente para que un escalofrío me recorriera la espina. “¿Ya quieres tocar?” susurré, girándome para mirarlo a los ojos, oscuros de deseo. Él asintió, la voz quebrada: “Estás matándome, pendeja sexy.”

Pero lo empujé juguetona. “Otro más. Paciencia, carnal.” En el cuarto, me temblaban las manos quitándome el negro. Mi piel ardía, el espejo reflejando mis mejillas sonrojadas, mis labios entreabiertos. Saqué el tercero: turquesa, con lazos a los lados que prometían desatarse fácil. Me lo até lento, saboreando cada roce, el lazo deslizándose como sus dedos lo harían. Olía a mar, a sexo inminente. Salí y me paré frente a él, desatando uno de los lazos del bikini inferior solo un poco, dejando ver un atisbo de mi piel depilada.

Diego gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho. “Ya basta de juegos, Ana.” Me jaló hacia él, sus manos grandes en mi cintura, la aspereza de sus palmas contra mi suavidad. Sentí su erección dura presionando mi vientre, ese bulto en sus shorts que me hacía salivar. “Este bikini try on haul tuyo me tiene loco,” dijo contra mi boca, antes de besarme. Sus labios calientes, con sabor a chela y sal, devorándome la lengua. Gemí en su boca, mis manos enredándose en su pelo revuelto.

Nos movimos al porche, el sol poniente tiñendo todo de naranja. Él me sentó en la mesa de madera, el borde fresco contra mis nalgas desnudas cuando desató el lazo del todo. “Qué rica estás,” murmuró, arrodillándose. Su aliento en mi concha me hizo arquear la espalda; olía a mi propia excitación, dulce y almizclada. Su lengua lamió despacio, saboreándome, chupando mi clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón! grité, mis uñas clavándose en la mesa, el sonido de las olas de fondo mezclándose con mis jadeos. Cada lamida era fuego, su barba raspando mis muslos internos, enviando ondas de placer que me tensaban los músculos.

“Más, Diego, no pares... ¡Qué chido se siente!
Él levantó la vista, ojos brillantes. “Te voy a hacer venir como nunca.” Sus dedos entraron en mí, curvándose justo ahí, frotando ese punto que me volvía loca. El squelch húmedo de mi panocha, el slap de su boca, todo era sinfonía erótica. Me corrí temblando, olas de éxtasis rompiendo, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco.

Pero no paró. Me levantó como si nada, mis piernas alrededor de su cintura, y me llevó adentro. En la cama king size, con sábanas frescas oliendo a lavanda, me quitó el top del bikini. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Él se desnudó rápido, su verga gruesa saltando, venosa, goteando pre-semen. “Te quiero adentro, ya,” rogué, abriendo las piernas. Se posicionó, frotando la cabeza contra mi entrada resbalosa. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Madre mía, qué llena me siento! El olor a sexo puro, sudor y piel, nos envolvía.

Empezó a moverse, embestidas profundas, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando, mis tetas rebotando con cada thrust. Agarré sus nalgas firmes, clavando uñas, urgiéndolo más rápido. “¡Dame duro, pendejo!” él aceleró, gruñendo, su sudor goteando en mi pecho. Cambiamos: yo arriba, cabalgándolo, sintiendo su verga golpear mi cervix, mis caderas girando en círculos. El roce de mi clítoris contra su pubis me llevaba al borde otra vez. Él pellizcaba mis pezones, tirando suave, dolor-placer que me hacía gemir alto.

Estás tan apretada, Ana... mi reina.”
Sus palabras me encendieron más. Me vine de nuevo, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Él se volteó, poniéndome a cuatro, embistiéndome desde atrás, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo. El espejo al lado nos mostraba: mi cara de puro gozo, sus músculos tensos, el brillo de sudor. “¡Me vengo!” rugió, llenándome caliente, pulsos y pulsos de su leche mezclándose con mis jugos, chorreando por mis muslos.

Colapsamos, jadeantes, su peso cálido sobre mí. El sol ya se había metido, la brisa nocturna enfriando nuestra piel pegajosa. Me besó la sien, suave. “El mejor bikini try on haul de mi vida,” susurró, riendo bajito. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. “Y ni usamos los otros bikinis.” Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, el mar susurrando promesas de más días así. Mañana probaríamos los demás... o no. Qué más da, si esto es el paraíso.

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