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Intenté Resistir Su Toque

6977 palabras

Intenté Resistir Su Toque

La noche en la playa de Playa del Carmen estaba chida de verdad. El aire salado del mar Caribe me rozaba la piel como una caricia prohibida, y el sonido de las olas rompiendo contra la arena blanca se mezclaba con el ritmo de la cumbia rebajada que tronaba desde los altavoces. Yo, Ana, acababa de llegar con mis amigas para celebrar mi cumpleaños número veintiocho. Vestida con un vestido ligero de tirantes que se pegaba a mis curvas por la humedad, intentaba solo relajarme, tomar un par de chelas y olvidar el estrés de la chamba en Cancún.

Pero ahí estaba él. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés bajo las luces de neón. Se llamaba Marco, lo supe después, y estaba recargado en la barra improvisada, con una camisa guayabera abierta que dejaba ver su pecho tatuado con un águila real. Neta, cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila ya me hubiera pegado antes de probarlo. Intenté ignorarlo, wey. Me dije a mí misma: "Ana, no mames, ya tuviste suficiente con el último pendejo que te rompió el corazón. Solo baila con tus morras y ya".

Mis amigas, unas locas totales, me jalaron a la pista de arena. El sudor nos perlaba la piel, y el olor a coco de los protectores solares se fundía con el humo de las fogatas cercanas. Reíamos, movíamos las caderas al son de "La Chona", pero yo no podía dejar de voltear hacia la barra. Él me veía, neta, con esa intensidad que te hace sentir desnuda aunque lleves ropa. Intenté convencerme de que era solo el calor, el ron con cola que me subía por la garganta dulce y ardiente.

¿Por qué carajos me mira así? Intenté no pensarlo, pero su presencia era como un imán. Olía a mar y a hombre, a esa mezcla que te hace mojar las bragas sin permiso.

Al rato, se acercó. "Órale, morra, ¿bailas o qué?", me dijo con voz grave, ronca por el ruido. Su aliento olía a menta y cerveza, fresco y tentador. Le sonreí, intentando sonar casual: "Pos sí, pero no prometo no pisarte". Nos metimos a la pista, y joder, el wey sabía mover el cuerpo. Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, como si supiera exactamente dónde tocar para encenderte sin quemarte de golpe. El roce de sus dedos en mi piel desnuda de la espalda me erizó los vellos. Intenté alejarme un poco, poner distancia, pero él me jalaba de vuelta con una risa juguetona. "Tranquila, no muerdo... a menos que me lo pidas".

La tensión crecía con cada canción. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos pegándose por el calor húmedo de la noche. Podía oler su sudor limpio, masculino, mezclado con el salitre del mar. Mi corazón latía como tambor, y entre mis piernas sentía esa humedad traicionera que me hacía apretar los muslos. Intenté resistir, wey. Le conté de mi ex, de cómo me había hecho daño, para poner una barrera. Él escuchaba, serio, con esos ojos que te desnudan el alma. "Yo también he pasado por eso, Ana. Pero la vida es pa' gozarla, ¿no? Sin promesas, solo esta noche". Sus palabras eran como un bálsamo ardiente.

Nos fuimos caminando por la playa, descalzos en la arena tibia aún por el sol del día. La luna llena pintaba el agua de plata, y el sonido de las olas era hipnótico. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la esquina de mi colonia, de cómo extrañaba el pozolito de su abuelita en Mérida. Su mano rozaba la mía, y cuando la entrelazó, no la solté. Intenté una última vez racionalizarlo: Es solo un rato, nada más. No te enganches, pendeja. Pero su beso llegó como una ola inevitable.

Sus labios eran suaves, calientes, sabían a sal y a deseo puro. Me besó despacio al principio, explorando mi boca con la lengua, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando el nudo del vestido. Gemí bajito contra su boca, el sonido ahogado por el mar. "Estás rica, Ana", murmuró, su voz vibrando en mi piel. Lo empujé suave hacia una cabaña cercana que rentaban para noches como esta, consensual, sin ataduras. Adentro, el aire olía a madera y sábanas frescas. La luz tenue de una vela parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes.

Nos desvestimos mutuamente, lentos, saboreando cada revelación. Su piel era morena, suave bajo mis dedos, con músculos que se tensaban al toque. Lamí su cuello, probando el salado de su sudor, mientras él me quitaba las bragas con dientes juguetones. "Qué chula estás", gruñó, y se arrodilló. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro: húmeda, caliente, lamiendo en círculos que me hacían arquear la espalda. Oí mis propios jadeos, roncos, mezclados con el crujir de las hojas de palmera afuera. Intenté no gritar, mordiéndome el labio, pero cuando metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, exploté en un orgasmo que me dejó temblando, las piernas flojas como gelatina.

Él se levantó, besándome con mi propio sabor en su boca, dulce y almizclado. Lo empujé a la cama, montándome encima. Su verga estaba dura, gruesa, palpitante contra mi entrada. La froté contra mí, lubricándonos mutuamente, hasta que bajé despacio. Lo sentí llenarme, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Ay, cabrón!", gemí, empezando a moverme. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras, enviaban chispas directas a mi centro. Cabalgaba fuerte, el slap-slap de piel contra piel resonando, mi sudor goteando en su pecho.

Intenté no perderme en él, pero era imposible. Cada embestida era un "sí" rotundo a lo que mi cuerpo pedía.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus caderas chocaban contra las mías, el ritmo acelerando como un corazón desbocado. Podía oler nuestro sexo en el aire, ese aroma crudo y excitante. "Más fuerte, Marco, dame todo", le rogué, arañando su espalda. Él obedeció, gruñendo mi nombre, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust. La tensión subía, coiling como una serpiente en mi vientre bajo. Cuando sentí su verga hincharse, palpitando, me vine de nuevo, apretándolo con mis paredes, ordeñándolo. Él se derramó dentro, caliente, en chorros que me llenaban, nuestro clímax sincronizado en un éxtasis compartido.

Caímos jadeantes, enredados en sábanas húmedas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El mar seguía cantando afuera, un arrullo post-orgásmico. "Gracias por dejarme entrar, Ana", susurró, besando mi piel salada. Yo sonreí, acariciando su pelo revuelto. Intenté no sentir nada más, pero en ese afterglow, con su calor pegado a mí, supe que esta noche había sido perfecta, sin regrets.

Al amanecer, nos despedimos con un beso largo en la playa. Él se fue hacia su camioneta, yo hacia mis amigas. Caminé con las piernas aún temblorosas, el cuerpo satisfecho y el alma ligera. Neta, a veces intentas resistir, pero el deseo verdadero siempre gana. Y qué chido que sea así.

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