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Videos de Tríos Sexuales que Encienden el Deseo

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Videos de Tríos Sexuales que Encienden el Deseo

Todo empezó una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, estaba recargada en el hombro de mi carnal, Javier, mientras él navegaba en su laptop. ¿Qué pedo con tanto calor? pensé, sintiendo el sudor pegajoso en mi piel morena. Javier, ese wey alto y moreno con ojos que te derriten, de repente soltó una risita pendeja.

—Mira esto, nena —dijo, girando la pantalla—. Videos de tríos sexuales. ¿Los has visto?

Mi corazón dio un brinco. La curiosidad me picó como chile en la lengua. En la pantalla, tres cuerpos entrelazados, gemidos suaves filtrándose por los audífonos. La chica en medio, con curvas como las mías, jadeando mientras dos manos la exploraban. Olía a excitación en el aire, aunque solo fuera mi imaginación. Javier me miró con esa sonrisa traviesa, su mano ya rozando mi muslo desnudo bajo la short.

¿Quieres que veamos uno? —susurró, su aliento cálido en mi oreja.

Yo asentí, sintiendo un cosquilleo que subía desde mi entrepierna. Neta, esto va a estar chido, me dije. Pulsó play y el video empezó: una morra güera entre dos vatos, besos húmedos, lenguas danzando. El sonido de piel contra piel, slap slap, me puso la piel chinita. Javier me jaló más cerca, su verga ya dura presionando contra mi cadera. Yo me mordí el labio, oliendo su colonia mezclada con sudor macho.

Acto uno: la curiosidad nos envolvió como niebla. Hablamos bajito, comparando el video con nuestras fantasías. ¿Y si lo hacemos nosotros? pensé, pero no lo dije. Solo dejé que su mano subiera por mi blusa, pellizcando mis chichis endurecidas. El calor entre mis piernas crecía, húmedo y pegajoso.

Al día siguiente, el deseo no se apagó. Javier y yo éramos pareja desde hace dos años, pero esa noche los videos de tríos sexuales nos habían despertado algo salvaje. En el trabajo, en mi mente solo giraban imágenes: cuerpos sudorosos, bocas ávidas. Llamé a mi amiga Karla, esa mamacita de pelo negro largo y culo redondo que siempre bromeaba con nosotros. Es la indicada, pensé. La invité a cenar esa noche, pretextando unas chelas y plática.

Karla llegó con un vestido ajustado que marcaba sus tetas perfectas, oliendo a perfume de vainilla y algo más, como promesa de pecado. Cenamos tacos al pastor, la salsa picante quemándonos la lengua, risas flotando en el aire cargado. Javier nos servía micheladas, sus ojos saltando de una a otra. Yo sentía el pulso acelerado, el roce accidental de su pie contra el mío bajo la mesa.

Después de la cena, nos fuimos al sillón.

—Oigan, ¿han visto esos videos de tríos sexuales que andan por todos lados? —soltó Karla de la nada, con una sonrisa pícara.
Mi coño se contrajo al instante. Javier y yo nos miramos, cómplices.

Sí, y nos prendieron cañón —admití, mi voz ronca.

El ambiente se cargó. Karla se acercó, su mano en mi rodilla. Su piel es tan suave, pensé, mientras Javier ponía otro video en la tele grande. Gemidos llenaron la habitación, luces tenues bailando en sus cuerpos. Yo me incliné hacia Karla, nuestros labios rozándose primero tímidos, luego hambrientos. Sabía a limón de la chela y a deseo puro. Javier nos observaba, su respiración pesada, mano en su entrepierna.

La tensión subía como fiebre. Sus besos eran fuego, lenguas enredadas, saliva dulce. Deslicé mi mano por su espalda, bajando hasta su nalga firme. Ella gimió bajito, vibrando contra mi boca. Javier se unió, besando mi cuello, mordisqueando suave. Olía a hombre excitado, a verga lista. Esto es mejor que cualquier video, rugió mi mente.

Nos movimos al cuarto, ropa volando como hojas en vendaval. Karla y yo caímos en la cama king size, desnudas, piel contra piel. Sus chichis rozaban las mías, pezones duros como piedras preciosas. Javier se paró al pie, verga tiesa palpitando, venas marcadas. Qué mamada tan rica, pensé lamiéndome los labios.

Yo besé el vientre de Karla, bajando lento, inhalando su aroma almizclado, mezcla de jabón y jugos. Mi lengua tocó su clítoris hinchado, salado y dulce. Ella arqueó la espalda, —¡Ay, wey, qué rico! gritó, uñas clavándose en mis hombros. Javier se arrodilló detrás de mí, dedos abriendo mi panocha empapada. Entró dos, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El slap de sus movimientos, mis jadeos, los gemidos de Karla: sinfonía de placer.

Intercambiamos posiciones como en esos videos de tríos sexuales, fluidos y calientes. Karla chupó mi chocha mientras Javier la penetraba por atrás, su verga gruesa estirándola. Yo veía todo, el sudor brillando en sus cuerpos, el polvo suave del cuarto mezclado con olor a sexo. Siento sus pulsos en mí, pensé, mi mano en el pelo de Karla, guiándola.

La intensidad creció. Javier me tumbó boca arriba, Karla a horcajadas en mi cara. Lamí su clítoris mientras él me clavaba la verga, profunda y rítmica. Cada embestida hacía rebotar mis tetas, sonidos húmedos de follada resonando. Karla se corrió primero, chorro caliente en mi boca, sabor a mar y miel.

—¡No mames, Ana, me vas a matar!
chilló, temblando.

Yo exploté después, paredes de mi coño apretando la pinga de Javier, olas de placer sacudiéndome. Él gruñó como animal, sacándola para pintarnos de leche espesa, caliente en pieles jadeantes. Caímos enredados, corazones latiendo al unísono, risas ahogadas entre besos suaves.

En el afterglow, Karla recargada en mi pecho, Javier acariciándonos. El aire olía a semen, sudor y satisfacción. Esto fue más que un video, reflexioné, paz envolviéndome. Prometimos repetirlo, no como fantasía, sino realidad nuestra. La noche terminó con abrazos, promesas susurradas, deseo saciado pero listo para más.

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