Palabras Trabadas con Tra Tre Tri Tro Tru en Tus Labios
Estabas sentada en el balcón de tu depa en la Roma, con el sol de la tarde bañando tu piel morena y el aroma del café de olla flotando en el aire. México City bullía abajo, con sus cláxones lejanos y el olor a tacos de canasta que subía desde la calle. Ahí estaba él, tu carnalito no, tu hombre, Alejandro, con esa sonrisa pícara que te hacía mojarte de solo pensarlo. Llevaban tres años juntos, pero cada día era como el primero, lleno de esa chispa que no se apaga.
—Órale, mija, ¿por qué tan calladita? —te dijo, acercándose con una cerveza fría en la mano, su camisa ajustada marcando esos pectorales que tanto te gustaban tocar.
Reíste, sintiendo el cosquilleo en el estómago. —Neta, es que me da risa recordar esas palabras trabadas con tra tre tri tro tru que nos enseñó tu tía en la última junta familiar. ¿Te acuerdas? Tratábamos de decirlas y terminábamos babeándonos como pendejos.
Él se sentó a tu lado, su muslo rozando el tuyo, enviando una corriente eléctrica por tu piel. El calor de su cuerpo se mezclaba con el viento tibio que traía olor a jazmín del vecino. —Ah sí, esas chingaderas. Vamos a practicar, a ver quién las dice mejor sin trabarse. El que pierda, paga con un beso de los buenos.
El juego empezó inocente. Tú primero: —T
Alejandro soltó una carcajada ronca, ese sonido grave que te erizaba la piel. —Ja, perdedora. Ahora me toca. P
alabras
trabadas
con
tra
tre
tri
tro
tru
... Mmm, casi. Pero tú pagas.Su boca se acercó, y sentiste su aliento mentolado rozando tus labios. El beso fue suave al principio, labios carnosos presionando los tuyos, lengua tímida explorando. Pero pronto se volvió hambriento, sus manos en tu nuca, atrayéndote más. Saboreaste la cerveza en su lengua, fría y amarga, mezclada con su esencia masculina. Tus pezones se endurecieron bajo la blusa ligera, rozando la tela con cada jadeo.
Pinche juego, pensó ella, esto va a acabar en la recámara como siempre. Pero qué chido, me encanta cuando me sorprende así.
La tensión creció mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Bajaron al sofá de la sala, con el ventilador zumbando perezosamente y el olor a su sudor mezclado con tu perfume de vainilla. Él te quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios calientes en tu clavícula, lengua trazando círculos que te hicieron arquear la espalda.
—Te ves tan rica, corazón, —murmuró, su voz ronca como grava. Sus dedos juguetearon con el encaje de tu bra, liberando tus senos. El aire fresco los acarició, pero pronto su boca los cubrió, chupando un pezón con succiones lentas y profundas. Gemiste, sintiendo el tirón directo en tu entrepierna, donde ya estabas empapada.
Tú no te quedaste atrás. Tus manos bajaron a su pantalón, desabrochando el cinturón con dedos temblorosos de anticipación. Su verga saltó libre, dura y palpitante, con esa vena gruesa que tanto te gustaba lamer. La tomaste en tu mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo tu palma. —¿Quieres que practiquemos más palabras trabadas con tra tre tri tro tru? —bromeaste, mientras tu lengua rozaba la punta, saboreando la gota salada de precum.
Él gruñó, enredando los dedos en tu pelo. —Sí, pero con tu boca, guapa. Hazme trabar la lengua de placer.
Te arrodillaste entre sus piernas, el piso fresco contra tus rodillas desnudas. El olor almizclado de su excitación te invadió las fosas nasales, embriagador. Empezaste lento, labios envolviendo la cabeza, lengua girando alrededor como si recitaras esas sílabas traviesas: tra... tre... tri... succionando en cada una. Él jadeaba, caderas moviéndose involuntariamente, empujando más profundo. Sentías su grosor estirando tu boca, el sabor salado inundando tu paladar. Tus propios jugos corrían por tus muslos, el vacío en tu concha clamando atención.
Qué wey tan delicioso, pensó ella, me encanta cómo se pone cuando lo chupo así. Sus gemidos son música para mis oídos.
La intensidad subió. Él te levantó, te cargó a la recámara como si no pesaras nada, sus bíceps flexionándose bajo tus manos. La cama king size los recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, oliendo a lavanda. Te tendió boca arriba, besando un camino desde tu cuello hasta tu ombligo. Cuando llegó a tu short, lo bajó de un tirón, exponiendo tu coño depilado y brillante.
—Neta, estás chorreando, mi amor, —dijo, inhalando profundo tu aroma dulce y musgoso. Su lengua se hundió primero en tus pliegues, lamiendo de abajo arriba con presión perfecta. Gemiste alto, manos aferrándose a las sábanas, mientras él chupaba tu clítoris como un caramelo, círculos rápidos y succiones que te hacían ver estrellas. El sonido húmedo de su boca en ti, mezclado con tus moans, llenaba la habitación. Sentías cada roce como fuego líquido, building esa presión en tu vientre.
Pero querías más. Lo empujaste, montándolo a horcajadas. Su verga se alineó con tu entrada, y bajaste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llenaba, estirándote deliciosamente. —¡Ay, cabrón! —exclamaste, mientras empezabas a moverte, caderas girando en círculos lentos. Él te tomó las nalgas, amasándolas, guiando el ritmo. El slap de piel contra piel, el squelch de tus jugos, sus gruñidos roncos... todo era sinfonía erótica.
No mames, esto es el paraíso. Su pija me llega hasta el alma, cada embestida me acerca más al borde.
El clímax se acercaba como tormenta. Aceleraste, senos rebotando, sudor perlando vuestros cuerpos. Él se incorporó, chupando tus pezones mientras follaban duro. —Ven, mamacita, córrete conmigo —ordenó, su voz quebrada.
La ola te golpeó primero: un estallido de placer que te hizo convulsionar, paredes internas apretando su verga en espasmos rítmicos. Gritaste su nombre, uñas clavándose en su espalda, mientras olas de éxtasis recorrían cada nervio. Él siguió dos embestidas más, y explotó dentro de ti, chorros calientes inundándote, su rostro contorsionado en puro gozo.
Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el perfume de vuestras pieles. Él te besó la frente, suave, mientras vuestros pulsos se calmaban al unísono.
—¿Ves? Esas palabras trabadas con tra tre tri tro tru siempre nos llevan al mismo lugar —rió bajito, acariciando tu espalda.
Tú sonreíste, acurrucándote en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún. —Y qué chido que sea así, mi vida. Mañana practicamos otra vez.
La noche cayó sobre la ciudad, pero en esa cama, el mundo era solo ellos dos, envueltos en un afterglow que prometía más travesuras. El viento traía ecos de mariachis lejanos, pero nada comparado con la música que acababan de componer juntos.