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Giselle Montes Trio Explosivo

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Giselle Montes Trio Explosivo

La noche en Polanco bullía de luces neón y ritmos electrónicos que te hacían vibrar hasta los huesos. Habías llegado a ese club exclusivo con unos cuates, pero ahora estabas solo en la barra, con un mezcal en la mano, el humo del cigarro electrónico flotando como un velo seductor. El aire olía a perfume caro y sudor fresco, esa mezcla que te ponía la piel en tensión. De repente, la viste: Giselle Montes, la morra que todos conocían por sus curvas de infarto y esa mirada que prometía pecados deliciosos. Estaba con una amiga, una chava de cabello negro azabache y labios rojos como chile piquín, las dos riendo con esa complicidad que te dejó pensando en lo que podría pasar.

¿Qué pedo, wey? ¿Esto es real o nomás un sueño chido? pensaste, mientras tu pulso se aceleraba. Giselle te pilló mirándolas, te guiñó un ojo y se acercó contoneándose, su vestido rojo ceñido marcando cada centímetro de sus caderas anchas. Olía a vainilla y algo más salvaje, como jazmín en flor de noche. "Hola, guapo", dijo con voz ronca, mexicana de pura cepa, con ese acento chilango que te erizaba los vellos. "Soy Giselle, y ella es mi carnala Lupe. ¿Quieres unirte a nosotras?" Lupe sonrió, mordiéndose el labio, sus ojos cafés devorándote.

No lo pensaste dos veces. "¡Claro, neta! ¿Qué sigue?", respondiste, sintiendo el calor subir por tu pecho. Se sentaron a tu lado, sus muslos rozando los tuyos accidentalmente —o no tanto—. Charlaron de todo: de la vida loca en la CDMX, de cómo el estrés se quita con buena compañía. Giselle ponía su mano en tu rodilla, trazando círculos lentos que te mandaban chispas directas a la entrepierna. Lupe se inclinaba, su aliento cálido en tu oreja: "Nosotras somos el giselle montes trio definitivo, carnal. ¿Te late probarlo?" El corazón te latía como tamborazo zacatecano, el mezcal quemándote la garganta con cada trago.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Salieron del club, el aire fresco de la medianoche golpeándolos como una caricia inesperada. Tomaron un taxi a un hotel boutique en Reforma, las tres manos entrelazadas en el asiento trasero. Giselle te besó primero, sus labios suaves y húmedos saboreando a tequila y deseo puro. Lupe no se quedó atrás, lamiendo tu cuello con lengua juguetona, oliendo a coco y piel caliente. Esto va en serio, pendejo. No la cagues, te dijiste, mientras tus manos exploraban las curvas de ambas, sintiendo la seda de sus vestidos bajo las yemas.

En la suite, las luces tenues pintaban sus cuerpos en dorado. Giselle se quitó el vestido despacio, revelando lencería negra que abrazaba sus tetas firmes y su culo redondo como tamal oaxaqueño. Lupe la siguió, su cuerpo delgado pero con nalgas que pedían ser apretadas. Tú te desvestiste rápido, tu verga ya dura como fierro, palpitando al verlas. "Ven, mi rey", murmuró Giselle, jalándote a la cama king size. Se tumbaron las tres, piel contra piel, el olor a arousal llenando la habitación —esa esencia almizclada, salada, que te volvía loco.

Empezaron suave, besos en cadena: tú a Giselle, ella a Lupe, Lupe de vuelta a ti. Sus lenguas danzaban, húmedas y calientes, saboreando sudor y saliva dulce. Tus manos masajeaban las tetas de Giselle, pezones duros como piedritas bajo tus dedos, mientras Lupe te chupaba el lóbulo de la oreja, gimiendo bajito: "Qué rico estás, wey". El sonido de sus respiraciones agitadas, jadeos suaves, era música mejor que cualquier DJ. Giselle bajó, lamiendo tu pecho, bajando por el abdomen hasta tu verga. La tomó en su boca, succionando con maestría, su lengua girando alrededor de la cabeza sensible. ¡Madre santa, qué chingón! pensaste, arqueando la espalda al sentir el calor húmedo envolviéndote.

Lupe no se quedó quieta. Se sentó en tu cara, su panocha depilada rozando tus labios, oliendo a miel y excitación pura. La lamiste despacio, saboreando sus jugos salados y dulces, su clítoris hinchado pulsando contra tu lengua. Ella se mecía, gimiendo "¡Sí, así, cabrón!", sus manos enredadas en tu pelo. Giselle mamaba más profundo, garganta profunda que te hacía ver estrellas, sus tetas rebotando con cada movimiento. Cambiaron posiciones: ahora Giselle encima de ti, empalándote en su concha apretada y mojada, caliente como volcán. "¡Ay, qué grande la tienes!", gritó, cabalgándote con ritmo de cumbia sensual, sus caderas girando, piel sudada brillando.

Lupe se unió, besando a Giselle mientras frotaba su clítoris contra tu muslo, dejando un rastro resbaloso. El slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, mezclado con gemidos en español mexicano puro: "¡Más duro, pinche rico!", "¡Me vengo, wey!". Tus manos apretaban nalgas suaves, dedos hundidos en carne tibia, sintiendo contracciones internas cuando Giselle se corría primero, su concha ordeñándote, jugos chorreando por tus bolas. El olor era intenso: sexo crudo, sudor, perfume mezclado.

La intensidad subía. Te pusiste de rodillas, Giselle y Lupe lado a lado, culos en pompa. Las penetrabas alternando, primero Giselle —su interior aterciopelado, apretado—, luego Lupe —más jugosa, resbaladiza—. Ellas se besaban, lenguas enredadas, manos en tetas ajenas. "¡Somos el giselle montes trio perfecto!", jadeó Giselle, empujando contra ti. Tus embestidas eran fuertes, el sudor goteando de tu frente a sus espaldas arqueadas. Tocabas sus anos, dedos lubricados por jugos, pero todo consensual, ellas pidiendo más: "¡Métemela toda, amor!".

El clímax se acercaba como avalancha. Lupe se vino gritando, cuerpo temblando, concha contrayéndose alrededor de tu verga. Giselle la siguió, girándose para mamar tu pija cubierta de sus esencias, Lupe lamiendo bolas. No aguantaste: "¡Me vengo, chavas!", rugiste, explotando en la boca de Giselle, semen caliente salpicando gargantas, ellas tragando y lamiendo cada gota, saboreando con sonrisas lujuriosas.

Colapsaron en la cama, cuerpos enredados, respiraciones calmándose como olas en Acapulco. El aire olía a sexo satisfecho, pieles pegajosas reluciendo bajo la luna que se colaba por la ventana. Giselle te besó la frente: "Qué noche chida, carnal. El mejor giselle montes trio ever". Lupe rio, acurrucándose: "Vuelve cuando quieras, rey". Tú sonreíste, exhausto pero pleno, el corazón latiendo suave ahora. Esto es vida, pendejo. Neta, la neta.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de gemidos aún en el aire. Al amanecer, desayunaron tamales y atole en la terraza, riendo de la locura. No era solo sexo; era conexión, empoderamiento mutuo, tres almas adultas celebrando el placer sin cadenas. Giselle te dio su número: "Para el próximo trio, guapo". Y tú supiste que esto cambiaría tus noches para siempre, un recuerdo ardiente grabado en cada fibra.

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