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El Tri Acordes de Piel Ardiente

6710 palabras

El Tri Acordes de Piel Ardiente

La fiesta en la casa de mi carnal en la Condesa estaba al tiro. El aire olía a chelas frías y tacos de suadero recién hechos, con ese humo ahumado que te abre el hambre. La música retumbaba desde los bocinas, puro rock mexicano, y de repente sonó Triste Canción de Amor de El Tri. Todos cantábamos a todo pulmón, pero mis ojos se clavaron en ella. Daniela, con su falda jeans corta que le marcaba las nalgas perfectas y una playera negra ajustada que dejaba ver el piercing en su ombligo. Pelo negro largo, lacio, ojos cafés que brillaban como luces de neón en la noche chida de la ciudad.

Me acerqué con una cerveza en la mano, sintiendo el pulso acelerado. Órale, güey, ¿tú tocas la guitarra? le dije, señalando el instrumento que traía colgado al hombro. Ella sonrió, esa sonrisa pícara que te hace sudar. Neta, carnal. ¿Quieres que te muestre unos el tri acordes? Son los mejores para prender el ambiente. Su voz era ronca, como si hubiera fumado un buen puro, pero sin el humo, solo pura miel.

Nos fuimos al balcón, lejos del relajo. La brisa de la noche traía olor a jazmín de los vecinos y el eco de la ciudad abajo, autos pitando y risas lejanas. Ella afinó la guitarra, sus dedos delgados pero fuertes rozando las cuerdas. Mira, este es el acorde de La menor para el verso, dijo, y su mano guió la mía sobre el mástil. Sentí su piel cálida contra la mía, un toque eléctrico que me erizó los vellos. El sonido vibró en el aire, grave y sensual, como un gemido ahogado.

Yo era el que llevaba la fiesta en la sangre, pero ella me tenía atrapado. Pinche Daniela, qué chingona, pensé mientras la veía morderse el labio inferior, concentrada. Nuestros cuerpos se acercaban más, su muslo rozando el mío, el calor de su piel subiendo como fiebre. Ahora prueba tú, no seas pendejo, me retó con un guiño. Intenté, pero mis dedos torpes fallaron. Ella rio, un sonido como cascabeles calientes, y presionó su cuerpo contra el mío para corregirme. Su pecho suave contra mi espalda, su aliento en mi cuello oliendo a tequila y menta.

La tensión crecía como una tormenta. El corazón me latía en los huevos, y sentía cómo mi verga empezaba a endurecerse contra los jeans. Estás aprendiendo rápido, wey, murmuró, su mano bajando por mi brazo hasta mi cintura. Yo giré la cara, nuestros labios a centímetros. Olía su perfume, mezclado con sudor fresco, ese aroma de mujer que te pone loco. No aguanto más, pensé. La besé, suave al principio, probando sus labios carnosos, saboreando la sal de su piel. Ella respondió con hambre, su lengua danzando con la mía, manos enredándose en mi pelo.

Esto es lo que necesitaba, un pinche rocanrol vivo en las venas
, me dije mientras la cargaba en brazos. Entramos a la habitación de huéspedes, la puerta se cerró con un clic suave. La tiré en la cama king size, las sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Ella se quitó la playera de un jalón, dejando ver sus tetas firmes, pezones oscuros ya duros como piedras preciosas. Ven, tócame como tocas las cuerdas, susurró, voz temblorosa de deseo.

Me quité la camisa, sintiendo el aire fresco en mi pecho sudoroso. Bajé sobre ella, besando su cuello, lamiendo la curva de su clavícula, saboreando el sudor salado. Mis manos exploraban su piel suave, bajando por su vientre plano hasta el borde de la falda. Ella arqueó la espalda, gimiendo bajito, ahhh, un sonido que me vibró en el alma. Le quité la falda, revelando un tanga negro que apenas cubría su concha depilada, ya húmeda, brillando bajo la luz tenue de la lámpara.

La guitarrea seguía sonando de fondo, ahora Abuso de Autoridad, con esos acordes pesados que marcaban el ritmo de nuestros cuerpos. Mis dedos rozaron su interior, resbalosos de jugos calientes. Sí, así, carnal, métemelos despacito, jadeó, sus caderas moviéndose contra mi mano. La penetré con dos dedos, sintiendo sus paredes apretadas, calientes como lava. Ella clavó las uñas en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Yo lamí sus tetas, chupando un pezón mientras mi pulgar jugaba con su clítoris hinchado, redondo y sensible.

La tensión subía, su respiración entrecortada, mis huevos tensos listos para explotar. Quítate todo, quiero verte dura, ordenó ella, empoderada, como la rockera que era. Me paré, bajándome los jeans. Mi verga saltó libre, venosa y gruesa, goteando pre-semen. Ella la tomó en su mano suave, masturbándome lento, el tacto como terciopelo mojado. Qué pinga chingona, wey. Ven, fóllame con ella. Se puso a cuatro patas, nalgas redondas alzadas, invitándome.

Me coloqué atrás, frotando la cabeza contra su raja húmeda, oliendo su aroma almizclado de excitación pura. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me tragaba entera, apretándome como un guante caliente. Madre chingada, qué delicia, gemí en mi mente. Empecé a bombear, lento al principio, el sonido de piel contra piel slap-slap mezclándose con los acordes de El Tri que aún retumbaban. Ella empujaba hacia atrás, cabalgándome, sus gemidos subiendo de tono: Más fuerte, pendejo, dame todo!

Sus paredes se contraían, ordeñándome, el sudor nos pegaba como pegamento caliente. Cambiamos de posición, ella encima, montándome como amazona salvaje. Sus tetas rebotaban al ritmo, pelo volando, ojos en los míos llenos de fuego. Mis manos en sus caderas, guiándola, sintiendo los músculos contraerse. El clímax se acercaba, un volcán rugiendo. Me vengo, Daniela, no pares, gruñí. Ella aceleró, su concha chorreando, Yooo también, lléname!

Explotamos juntos, mi leche caliente inundándola en chorros potentes, su cuerpo temblando en espasmos, gritando mi nombre. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en oídos, pieles pegajosas. Colapsamos, jadeantes, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante.

Minutos después, la música se apagó, solo el zumbido de la ciudad y nuestras respiraciones calmándose. Ella trazó círculos en mi pecho con el dedo. Esos el tri acordes siempre me prenden, pero tú... tú eres el riff perfecto, dijo riendo suave. Yo la besé en la frente, oliendo su pelo. Esta noche fue legendaria, como un solo eterno, pensé.

Nos vestimos lento, robándonos besos, promesas de más sesiones de guitarra. Salimos al balcón, chelas en mano, la luna testigo de nuestro secreto rocanrolero. La fiesta seguía, pero nosotros ya éramos otro nivel, conectados por acordes de piel ardiente que no se olvidarían jamás.

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