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Pobre Soñador Letra de El Tri en mi Piel

7466 palabras

Pobre Soñador Letra de El Tri en mi Piel

La noche en el bar de la colonia Roma estaba cargada de ese humo espeso de cigarros y chelas frías, con el eco de las rolas de rock mexicano retumbando en las paredes grafiteadas. Yo, sentado en la barra con una cerveza helada sudando en mi mano, tarareaba bajito pobre soñador, esa letra de El Tri que siempre me pegaba en el alma. "Pobre soñador, que sueña con ser millonario", canturreaba para mis adentros, mientras mis ojos se perdían en el movimiento de las caderas de las morras que bailaban al ritmo de la banda en vivo. Olía a tequila añejo y perfume barato mezclado con sudor fresco, un aroma que me ponía la piel chinita.

¿Cuántas noches así, wey? me dije, sintiendo el peso de mis treinta y tantos años en los hombros. Siempre el mismo rollo: mirar, imaginar, pero nunca dar el brinco. Esa letra de El Tri me definía, pobre soñador el Tri letra clavada en mi mente como un tatuaje invisible. Hasta que la vi a ella. Morena, con el cabello negro suelto cayéndole como cascada sobre los hombros, vestida con una falda ajustada que marcaba sus curvas de infarto. Se acercó a la barra pidiendo un cuba libre, y cuando la rola sonó más fuerte, sus labios se movieron al unísono: "Pobre soñador, que sueña con una hembrita".

La miré fijo, y ella volteó con una sonrisa pícara. Órale, carnal, esta sí sabe de lo bueno, pensé, mientras el corazón me latía como tambor de mariachi.

¿Y si esta vez no soy el pendejo de siempre? ¿Y si le hablo?

"¿Fan de El Tri?", le solté, tratando de sonar casual, aunque la voz me salió ronca por los nervios. Ella rio, un sonido como campanas en la noche, y se acercó más, su perfume de vainilla y algo salvaje invadiendo mi espacio. "Simón, wey. Esa letra de pobre soñador el Tri letra me encanta. Habla de ti, ¿verdad? El que sueña pero no actúa". Sus ojos cafés brillaban con reto, y sentí su rodilla rozar la mía bajo la barra. El toque fue eléctrico, como corriente directa a la verga.

Charlamos un rato, ella se llamaba Ana, de Guadalajara pero radicada en la capi por pinche trabajo. Hablaba con ese acento tapatío que me derretía, soltando "no manches" y "qué padre" como si nada. La banda seguía tocando, y de pronto me jaló a la pista. "¡Baila conmigo, soñador!", gritó sobre la música. Sus manos en mi cintura, el calor de su cuerpo pegado al mío, el roce de sus tetas firmes contra mi pecho. Olía a su piel salada, a deseo contenido. Mi verga ya estaba medio parada, presionando contra los jeans.

La tensión crecía con cada giro, cada susurro en mi oreja. "Eres guapo cuando sueñas despierto", me dijo, mordiéndose el labio. Salimos del bar al fresco de la noche, el bullicio de la Roma envolviéndonos como un abrazo. Caminamos hasta mi depa a unas cuadras, riendo y cantando pedazos de la rola. "Pobre soñador", repetía ella, y yo respondía con un beso robado en la esquina, sus labios suaves y húmedos saboreando a ron y menta.

Adentro, la luz tenue del foco iluminaba su silueta mientras se quitaba los zapatos. El cuarto olía a mi colonia y a las velas que prendí rápido para ambientar. Se acercó despacio, sus dedos trazando mi pecho por encima de la playera. Esto es real, cabrón, no sueño, pensé, el pulso acelerado como en un solo de guitarra.

No la cagues, wey. Tómala suave, hazla sentir reina.

La besé profundo, lenguas enredándose con hambre, saboreando su saliva dulce. Mis manos bajaron a su culo redondo, apretándolo con ganas mientras ella gemía bajito en mi boca. "Te quiero, soñador", murmuró, quitándome la playera con urgencia. Su piel morena contra la mía, suave como terciopelo caliente, el olor de su arousal subiendo como niebla. Le desabroché la blusa, revelando unas chichis perfectas, pezones duros como piedras preciosas. Los chupé con devoción, sintiendo su sabor salado, sus uñas clavándose en mi espalda.

Caímos en la cama, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Ella se puso encima, frotando su entrepierna contra mi erección dura como fierro. "Sácamela, Ana", le rogué, voz entrecortada. Se bajó la falda y el tanga, mostrándome su panocha depilada, húmeda y rosada, oliendo a miel y sexo puro. Me la mamó primero, labios envolviéndome la verga, lengua girando en la cabeza sensible. ¡Qué chingón! Gruñí, el placer subiendo como lava. Su boca caliente, succionando con maestría, saliva chorreando por mis bolas.

La volteé, besando su cuello, bajando por su vientre plano hasta llegar a su clítoris hinchado. Lo lamí suave al principio, saboreando sus jugos dulces y espesos, mientras ella arqueaba la espalda gimiendo "¡Sí, wey, así!". Sus muslos temblaban alrededor de mi cabeza, el olor de su excitación embriagador. Metí dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar, su coño apretándome como guante.

La tensión era insoportable, el aire cargado de jadeos y el slap de piel contra piel. "Cógeme ya, pendejo soñador", exigió ella, ojos vidriosos de lujuria. Me puse encima, la punta de mi verga rozando su entrada resbalosa. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes calientes envolviéndome, apretándome delicioso. ¡Virgen de Guadalupe! Gemí, el calor intenso, su humedad facilitando cada embestida.

Esto es mejor que cualquier sueño, su cuerpo mío, latiendo conmigo.

Empecé a bombear, primero lento, profundo, sintiendo cada vena de mi polla frotando sus adentros. Ella clavaba las uñas en mis nalgas, urgiéndome más rápido. El sudor nos unía, goteando entre sus chichis rebotando con cada choque. Sonidos obscenos llenaban el cuarto: el chapoteo de su coño empapado, nuestros gemidos mezclados con "¡Más duro!" y "¡No pares!". El olor a sexo crudo, almizclado, nos envolvía como sábana.

Cambié de posición, ella a cuatro patas, culo en pompa invitándome. La penetré de nuevo, agarrando sus caderas, el slap-slap resonando. Alcancé su clítoris con los dedos, frotando en círculos mientras la taladraba. "¡Me vengo, cabrón!", chilló, su coño convulsionando alrededor de mi verga, ordeñándome. El apretón fue brutal, llevándome al borde. Me salí justo a tiempo, chorros calientes de leche cayendo en su espalda arqueada, el placer explotando como fuegos artificiales en mi cerebro.

Colapsamos jadeando, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, el latido de su corazón acompasando el mío. "Ya no eres pobre soñador", susurró, trazando la letra de El Tri en mi piel con el dedo. Reí bajito, besando su frente húmeda. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción plena.

Nos quedamos así un rato, platicando pendejadas sobre rolas y la vida. Ella se acurrucó más, su mano bajando juguetona a mi verga semi-dura. "Ronda dos?", propuso con guiño. Pero el sueño nos venció, envueltos en sábanas revueltas.

Gracias, El Tri. Esa letra me despertó de verdad.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, la besé despidiéndola en la puerta. "Vuelve cuando quieras, Ana. Ya no sueño solo". Ella sonrió, ese brillo picaresco de nuevo. "Simón, soñador. Pero ahora sueñas en carne viva". Y se fue contoneando, dejando en mí el eco de una noche que cambió todo. Ya no era el pendejo de la letra; era el cabrón que vive sus sueños.

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