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Trío con Mi Esposo

6593 palabras

Trío con Mi Esposo

La noche en nuestra casa de Polanco olía a jazmín del jardín y a ese vino tinto que tanto nos gustaba, un cabernet mexicano que picaba en la lengua como un beso juguetón. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que marcaba mis curvas de treinta y cinco años, me miré en el espejo del pasillo. Neta, ¿estoy lista para esto? Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, un trío con mi esposo, la idea que llevábamos meses coqueteando en la cama, entre risas y caricias que terminaban en orgasmos furiosos.

Javier, mi carnal de diez años de matrimonio, entró por la puerta con ella. Se llamaba Carla, una morra de ojos verdes y pelo negro como la noche en Oaxaca, amiga de él del gym. Alta, tetas firmes que se adivinaban bajo la blusa escotada, y una sonrisa pícara que decía quiero jugar. "¡Hola, Ana! Javier me platicó todo, ¿neta que sí quieres?", dijo con esa voz ronca que erizaba la piel. La abracé, sintiendo su calor contra mi pecho, y el roce de sus labios en mi mejilla olió a vainilla y deseo fresco.

Nos sentamos en el sofá de cuero suave, las luces tenues pintando sombras en sus cuerpos. Javier sirvió más vino, sus manos fuertes rozando las mías al pasarme la copa.

"Amor, si no quieres, paramos en seco. Pero mírala, está cañona, ¿no?"
Asentí, el líquido rojo bajando por mi garganta como fuego lento. Hablamos pendejadas al principio, de la pinche tráfico de Reforma, de lo chido que era el gym de Carla, pero el aire se cargaba. Sus piernas rozaban las mías, accidental al inicio, luego no tanto. Sentí mi panocha humedecerse, un cosquilleo traicionero que me hacía apretar los muslos.

El beso empezó con Javier. La jaló hacia él, sus labios chocando con hambre, lenguas danzando visiblemente. Yo observaba, el pulso en mi clítoris latiendo al ritmo de sus jadeos suaves. Carajo, qué caliente. Me acerqué, mi mano en la nuca de él, uniéndome. Nuestras bocas se encontraron en un enredo húmedo: Javier en medio, yo chupando su lengua salada, Carla mordisqueando mi labio inferior con dulzura salvaje. Olía a su saliva mezclada con vino, un sabor almendrado que me ponía loca.

Subimos las escaleras tropezando, risas ahogadas en besos. En el cuarto, la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas. Javier nos desnudó a las dos, sus dedos callosos deslizándose por mi espalda, bajando mi zipper con lentitud tortuosa. Carla se quitó la blusa, sus chichis saltando libres, pezones rosados endurecidos como botones de miel. Quiero mamarlos, pensé, y lo hice. Me arrodillé, lengua girando en uno mientras Javier lamía el otro. Ella gemía bajito, "¡Ay, pinche rico!", arqueando la espalda, su piel suave como pétalo contra mi mejilla.

La tensión crecía como tormenta en el Pacífico. Javier se recargó en la cabecera, verga tiesa y gruesa palpitando, venas marcadas como ríos en relieve.

"Vengan, cabronas, fóllensela juntas."
Carla y yo nos miramos, complicidad en los ojos. Ella primero, boca envolviéndolo hasta la garganta, salivazos bajando por el tronco. Yo lamí sus bolas, peludas y cálidas, saboreando el sudor salado mezclado con su esencia varonil. Nuestras lenguas se rozaron sobre la punta, un beso indirecto a través de su carne dura. Él gruñía, manos enredadas en nuestro pelo, tirando suave para marcar territorio.

Pero quería más. La recosté a Carla, abriendo sus piernas musculosas. Su panocha depilada brillaba húmeda, labios hinchados rosados invitando. Olía a mar y almizcle, ese aroma que enloquece. Metí la lengua, saboreando su jugo dulce-agrio, chupando el clítoris como tamalito caliente. Ella se retorcía, "¡No mames, Ana, qué chingona!", caderas empujando contra mi cara. Javier se unió por atrás, su verga frotando mi entrada, untándose en mis fluidos. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo, ese estirón delicioso que me hace ver estrellas.

El ritmo se aceleró. Yo lamía a Carla mientras Javier me cogía como animal, palmadas en mi culo resonando como aplausos en lucha libre. Sudor goteaba por su pecho, salpicando mi espalda, el slap-slap de piel contra piel llenando el cuarto. Cambiamos: Carla encima de Javier, montándolo reverse cowgirl, su culo redondo rebotando mientras yo besaba su boca, dedos en su clítoris frotando círculos rápidos. Su coño aprieta su verga, lo siento palpitar dentro. Él la pellizcaba las nalgas, "¡Muévete, puta rica!", pero con cariño, todo en juego consensual.

La intensidad subía, mis nervios vibrando como cuerdas de jarana. Internalmente luchaba:

¿Soy celosa? ¿Esto cambia todo? Neta no, es puro fuego compartido.
Pequeños momentos: Javier mirándome a los ojos mientras la follaba, guiño diciéndome tú eres la reina. Carla susurrando en mi oído, "Eres preciosa, gracias por esto", su aliento caliente oliendo a sexo. Nos dimos la vuelta, yo cabalgando a Javier, Carla sentada en su cara, él lamiéndola con furia mientras yo rebotaba, tetas saltando, panocha tragándoselo entero. El olor a corrida próxima impregnaba el aire, almizcle pesado y embriagador.

El clímax llegó en oleadas. Carla primero, gritando "¡Me vengo, cabrones!", jugos chorreando en la boca de Javier. Él la siguió, verga hinchándose dentro de mí, chorros calientes pintando mis paredes internas. Yo exploté última, un orgasmo que me dejó temblando, clítoris pulsando como corazón desbocado, visión borrosa de placer puro. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones jadeantes sincronizadas, piel pegajosa reluciente bajo la luz de la luna filtrándose por las cortinas.

Después, el afterglow fue tierno. Javier nos abrazó a las dos, besos suaves en frentes húmedas. Carla se acurrucó contra mí, su mano trazando círculos perezosos en mi vientre. Esto no rompe nada, lo fortalece, pensé, oliendo el jazmín mezclado con nuestro aroma colectivo. Hablamos susurros: de repetir algún día, de lo chingón que fue. Ella se vistió con lentitud, prometiendo mensajes, un adiós con beso largo que sabía a promesas.

Quedamos Javier y yo solos, cuerpos entrelazados en sábanas revueltas. "Te amo, mi vida. Gracias por el trío con mi esposo... digo, contigo." Reímos, su risa vibrando en mi pecho. Dormimos así, satisfechos, el corazón pleno como mole poblano bien sazonado. Al amanecer, el sol besó nuestra piel, recordándonos que el deseo, bien compartido, es el mejor afrodisíaco.

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