Cada Cuando Se Aplica Bedoyecta Tri En Mi Deseo Insaciable
Estaba recostada en la cama de nuestra depa en la Roma, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas, pintando rayas doradas en mi piel morena. El aire olía a café recién hecho y a las gardenias que mi carnal, Alex, había traído del tianguis esa mañana. Yo, Ana, maestra de primaria, andaba hecha un trapo después de una semana de pendejadas en la escuela: niños gritones, pilas de tareas y cero tiempo para mí. Mi cuerpo pedía a gritos un respiro, algo que me devolviera las pilas.
Alex entró al cuarto con su bata blanca de farmacéutico, esa que me volvía loca porque le marcaba los músculos del pecho. Güey, era alto, con ojos café oscuro y una sonrisa pícara que prometía travesuras. Llevaba en la mano una cajita plateada. "Órale, mi reina", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, "te traje lo que necesitas. Bedoyecta Tri. Cada cuando se aplica bedoyecta tri, ¿verdad? Una vez por semana y vas a volar".
Me incorporé, sintiendo el roce suave de las sábanas de algodón egipcio contra mis muslos desnudos. Solo traía una playera holgada suya, que me llegaba hasta las nalgas. El olor de su colonia, terrosa y masculina, invadió el espacio. "¿Y eso qué chingados es?", pregunté, pero ya sabía: vitaminas del complejo B, inyectables, el remedio casero de las mamás mexicanas para todo, desde el desmadre hasta el bajón emocional.
Él se sentó a mi lado, su peso hundiendo el colchón. Su mano grande y cálida rozó mi brazo, enviando chispas por mi espina. "Es pura energía, nena. Te va a hacer sentir como si hubieras tomado un litro de Red Bull con tequila. Confía en tu doc". Sacó la ampolleta, el líquido rojo brillante dentro, y preparó la jeringa con movimientos precisos, como si fuera un ritual. Yo lo observaba, mordiéndome el labio, imaginando esa aguja fina en mi nalga. El corazón me latía más rápido, no solo por las vitaminas, sino por la cercanía de su cuerpo, el calor que desprendía.
¿Por qué carajos me excita esto tanto? Es solo una pinche inyección, pero con él, todo se siente como preliminares.
Acto uno completo: la escena estaba puesta, el deseo latente como el zumbido de la ciudad allá afuera, con cláxones lejanos y el aroma de tacos al pastor flotando desde la calle.
Me volteé de lado, levantando la playera para dejar al aire mi nalga redonda y firme. Alex aspiró aire entre dientes. "Chin... qué chula estás, Ana. Relájate, va a ser rápido". Sentí el algodón con alcohol fresco en mi piel, el olor punzante que se mezclaba con mi sudor ligero de anticipación. Luego, la presión de sus dedos separando la carne, y el piquete agudo, casi placentero, como un beso mordida. El líquido entró cálido, expandiéndose en mi músculo, y un escalofrío me recorrió desde la cadera hasta los pezones, que se endurecieron bajo la tela.
"Ya estuvo, mi amor. Cada cuando se aplica bedoyecta tri, una vez por semana, y verás cómo te pones indomable", murmuró, besando el punto de la inyección. Su aliento caliente me hizo arquear la espalda. Me giré hacia él, mis ojos encontrando los suyos, cargados de esa hambre compartida. "Ya siento el fuego, güey", le dije, jalándolo por la bata. Nuestros labios chocaron, saboreando el café en su lengua, salado y dulce a la vez. Sus manos expertas subieron por mis muslos, abriéndolos con gentileza, mientras yo le arrancaba la camisa, sintiendo el vello áspero de su pecho contra mis palmas.
El beso se profundizó, lenguas danzando como en una salsa candente. Olía a su piel sudada, a deseo crudo mexicano. Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra bajo la tela. "Puta madre, qué grande está", pensé, apretándola. Él gimió en mi boca, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Me quitó la playera de un tirón, exponiendo mis tetas llenas, pezones cafés oscuros pidiendo atención. Los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro, mandando descargas eléctricas directo a mi entrepierna.
Caímos de lado, cuerpos entrelazados. Su dedo índice trazó mi rendija húmeda, resbaladizo de mis jugos. "Estás chorreando, reina. La Bedoyecta ya hace de las suyas", susurró. Metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. El colchón crujía bajo nosotros, sincronizado con mis caderas que se movían solas.
No aguanto más. Quiero que me rompa, que me llene hasta el fondo. Cada cuando se aplica bedoyecta tri, quiero que sea así de intenso siempre.
La tensión subía como el calor de un comal. Le bajé el pantalón, liberando su pito grueso, venoso, con la cabeza brillante de precum. Lo masturbé lento, sintiendo el pulso en mi puño, oliendo su almizcle masculino. Él se colocó encima, su peso delicioso oprimiéndome. Rozó su glande en mi entrada, lubricándonos mutuamente. "Dime que sí, Ana. Dime que me quieres adentro". "¡Sí, cabrón! Métemela ya", rogué, clavando uñas en su espalda.
Entró de golpe, llenándome hasta el útero. El estiramiento ardía placero, como si me partiera en dos mitades perfectas. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer por mis nervios. Sentía cada vena frotando mis paredes, el choque de sus huevos contra mi culo. Sudábamos juntos, piel resbalosa, el olor a sexo invadiendo la habitación, mezclado con el perfume de las gardenias marchitas.
Aceleró, sus gruñidos roncos como música. Yo envolví mis piernas en su cintura, clavando talones en sus nalgas para empujarlo más hondo. "¡Más fuerte, Alex! ¡Dame todo!". Él obedeció, martillando con furia controlada. Mis tetas rebotaban, pezones rozando su pecho velludo. El clímax se acercaba, un nudo apretándose en mi vientre, pulsos acelerados latiendo en mi clítoris hinchado.
En el clímax del medio acto, paramos un segundo, jadeantes. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Desde atrás, admiró mi culo. "Mira cómo brilla esa nalga con la marquita de la jeringa. Eres mía". Volvió a entrar, esta vez rozando mi próstata femenina directo. Sus manos amasaron mis caderas, nalgadas suaves que picaban delicioso. El slap-slap de carne contra carne, mis gemidos ahogados en la almohada, su sudor goteando en mi espalda.
La intensidad psicológica crecía: recuerdos de nuestras primeras veces en la playa de Puerto Vallarta, arena pegada a la piel, olas rompiendo como nuestros orgasmos. "Esto es lo que necesitaba, esta conexión", pensé mientras él me susurraba guarradas al oído: "Te voy a llenar de leche, mi puta consentida". El lenguaje crudo nos encendía más, típico de nosotros, mexicanos directos en el pinche amor.
El nudo explotó. Mi orgasmo llegó como volcán, chorros calientes saliendo de mí, empapando las sábanas. Grité su nombre, visión borrosa, cuerpo temblando. Él siguió unos segundos más, gruñendo "¡Me vengo!", y sentí su corrida espesa, caliente, pintando mis paredes internas. Colapsamos, él encima aún dentro, pulsando.
En el afterglow, nos quedamos así, respiraciones calmándose. Besos suaves en mi cuello, su mano acariciando mi vientre. El sol ya se ponía, tiñendo todo de naranja. "¿Ves? Cada cuando se aplica bedoyecta tri, te voy a inyectar yo mismo. Para que nunca bajes las revoluciones", dijo riendo bajito.
Qué chido es esto. Energía nueva, amor renovado. Mañana al trabajo voy a llegar como leona.
Nos acurrucamos, pieles pegajosas enfriándose, el sabor salado de sudor en mis labios. Afuera, la ciudad bullía, pero aquí dentro, solo paz y promesas de más noches así. El deseo no se acababa; solo se recargaba, como mis vitaminas.