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El Ritmo Ardiente de Mariano Soto El Tri

6859 palabras

El Ritmo Ardiente de Mariano Soto El Tri

El auditorio vibraba con el rugido de la multitud, el aire cargado de humo de cigarro y sudor fresco. Yo, Ana, una chava de veintiocho años que no se perdía ni un concierto de El Tri, estaba en primera fila, sintiendo cómo las notas de la guitarra de Mariano Soto me taladraban el pecho. Ese wey, con su melena revuelta y esa playera empapada pegada al torso marcado, era puro fuego. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, y cada solo me erizaba la piel, como si me estuviera tocando a mí directamente. Olía a tequila y a noche de rock, y yo no podía dejar de mirarlo, imaginando esas manos ásperas en mi cuerpo.

Pinche cabrón, si supiera lo que me provoca, pensé mientras brincaba al ritmo de "Triste canción de amor". Nuestras miradas se cruzaron por un segundo eterno; él sonrió de lado, esa sonrisa pícara que derrite fierros, y yo sentí un cosquilleo entre las piernas. El corazón me latía como el bombo de Alex López González, fuerte y sin piedad.

El concierto terminó en un estruendo de aplausos y gritos. Sudada, con el cabello pegado a la nuca, me quedé rondando cerca del escenario, fingiendo pedir una setlist. De pronto, un roadie me jaló del brazo. "

Órale, güerita, Mariano quiere verte atrás
", me dijo con guiño. No lo pensé dos veces; mi cuerpo ya ardía de anticipación.

Backstage era un desmadre chido: botellas de cerveza por todos lados, el olor a mota flotando sutil, risas roncas. Ahí estaba él, Mariano Soto de El Tri, recargado en una mesa, secándose el cuello con una toalla. Olía a hombre de verdad, a cuero viejo y esencia de guitarra electrificada. "

¿Qué onda, morra? Te vi bien prendida allá adelante
", me soltó con voz grave, como si ronroneara.

Me acerqué, las rodillas temblando un poquito. "

Sí, wey, tu guitarra me puso como nunca
", respondí, juguetona, dejando que mi mano rozara su brazo. La piel estaba caliente, salada al tacto. Hablamos de la banda, de cómo El Tri me había marcado desde morra, pero el aire se cargaba de electricidad. Sus ojos cafés me recorrían despacio, deteniéndose en mis chichis que asomaban por el escote de mi blusa negra ajustada.

Esto va pa'l culo o pa'l cielo, me dije mientras él me ofrecía un trago de su botella. El tequila bajó quemándome la garganta, avivando el fuego en mi vientre. Su mano se posó en mi cintura, un toque casual que no lo era. "

Vámonos de aquí, ¿no? Mi hotel está cerca
", murmuró al oído, su aliento cálido oliendo a menta y alcohol. Asentí, empapada ya solo de pensarlo.

En el taxi, la tensión era un nudo prieto. Íbamos callados, pero sus dedos jugaban con el borde de mi falda corta, subiendo poquito a poco por mi muslo. Sentía el roce áspero de sus callos de guitarrista, y cada roce mandaba chispas directo a mi clítoris. El conductor ni en pedo sospechaba, con la radio sonando cumbias. Yo mordía mi labio, conteniendo gemidos, oliendo su colonia mezclada con mi aroma de excitación que empezaba a perfumar el aire.

Llegamos al hotel, un lugar decente en la Zona Rosa, con luces tenues y sábanas frescas. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, besándome con hambre. Sus labios eran firmes, la barba incipiente raspándome la piel suave de la cara. "

Eres una pinche diosa
", gruñó mientras sus manos me arrancaban la blusa. Sentí sus palmas callosas en mis tetas, amasándolas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras.

Yo no me quedé atrás; le bajé el zipper con urgencia, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas como cuerdas de guitarra. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el olor almizclado de su excitación. "

Chúpamela, morra
", pidió, y yo me arrodillé gustosa. La introduje en mi boca, saboreando la sal de su prepucio, lamiendo despacio desde la base hasta la punta. Él gemía ronco, enredando sus dedos en mi pelo, empujando suave. El sonido de su respiración agitada, el slap de mi saliva, todo me volvía loca.

Este wey sabe tocar, pero joder, cómo me toca a mí, pensé mientras lo chupaba más profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta. Me levantó entonces, me cargó como pluma hasta la cama. Me quitó la tanga de un jalón, exponiendo mi panocha mojada, hinchada de ganas. Su lengua se hundió ahí, lamiendo mis labios mayores, chupando el clítoris con maestría rockera. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el olor de mi flujo mezclándose con su sudor. "

¡Sí, cabrón, así!
" grité, mis uñas clavándose en sus hombros.

La intensidad subía como un solo de guitarra en vivo. Me volteó boca abajo, me azotó el culo suave, riendo cuando chillé de placer. "

Te voy a romper, güerita
", prometió, y entró en mí de un solo empujón. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El ritmo era brutal, como "Abuso de autoridad": fuerte, profundo, sin tregua. Sus bolas chocaban contra mi clítoris con cada estocada, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación. Sudábamos a chorros, piel resbalosa pegándose, despegándose.

Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo cuando me puse encima, mis chichis brincando al compás. Él las atrapaba, mamándolas, mordisqueando. "

¡Más rápido, Mariano!
", suplicaba, y él obedecía, sus caderas subiendo como pistones. El olor a sexo crudo, a semen preeyaculatorio, me mareaba. Mi orgasmo llegó primero, un estallido que me dejó temblando, contrayendo alrededor de su verga, gritando su nombre. "
¡Mariano Soto, pinche El Tri!
" se me escapó en el clímax.

Él no tardó; con un rugido gutural, se corrió dentro, caliente, espeso, inundándome. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos enredados en sábanas revueltas. Su corazón latía contra mi pecho, el sudor enfriándose en nuestra piel. Me besó la frente, suave ahora. "

Chingón concierto, ¿no?
", bromeó, y reímos bajito.

Nos quedamos así un rato, escuchando el tráfico lejano de la ciudad, el eco de El Tri aún en nuestras cabezas. Hablamos de todo y nada: de giras, de amores pasados, de cómo la música nos unía. No fue solo un polvo; hubo conexión, ese chispazo que hace que valga la pena. Al amanecer, me dejó su número. "

Vuelve a un concierto, morra
".

Salí del hotel con las piernas flojas, el cuerpo marcado por sus besos, oliendo a él. Caminé por las calles empedradas, sonriendo como pendeja. Mariano Soto de El Tri no solo tocaba guitarra; tocaba almas, cuerpos, noches enteras. Y yo, Ana, acababa de vivir el solo más cabrón de mi vida.

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