Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Comadres en Trío Ardiente Comadres en Trío Ardiente

Comadres en Trío Ardiente

6890 palabras

Comadres en Trío Ardiente

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, pero dentro de la casa rentada, el aire acondicionado zumbaba suave, manteniendo fresco el ambiente. Ana, Lupe y Rosa, comadres de toda la vida, habían escapado del ajetreo de la ciudad para un fin de semana de relax. Eran inseparables desde que sus hijos fueron bautizados juntos, compartiendo risas, chismes y hasta lágrimas en las madrugadas de desvelos maternales. Ahora, con los chamacos grandes y casados, por fin tenían tiempo para ellas.

Ana se recostó en el sofá de mimbre, con una chela fría en la mano, sintiendo el sudor perlado en su cuello bajar hasta el escote de su blusa holgada.

"Neta, comadres, ¿cuánto tiempo sin un viaje así? Me siento como de veinte otra vez",
dijo, riendo con esa voz ronca que siempre delataba su lado pícaro.

Lupe, la más morena y curvilínea de las tres, se acercó con una bandeja de guacamole y totopos, su short vaquero abrazando sus caderas anchas. Olía a coco y sal marina, su perfume mezclado con el aroma del mar que entraba por las ventanas abiertas.

"Pos sí, Ana, pero tú siempre has sido la caliente del grupo. ¿Recuerdas cuando nos contaste de ese pendejo que te dejó plantada?"
Sus ojos cafés brillaban con malicia juguetona.

Rosa, la güerita de ojos verdes heredados de su abuelo gringo, se unió desde la cocina, secándose las manos en un trapo. Su vestido ligero de lino se pegaba un poco a su piel por el calor residual.

"Ay, no me vengan con eso. Yo soy la santa aquí, pero neta, extraño un buen revolcón. Mi viejo anda de viaje y ya me tiene harta de masturbarme sola",
soltó sin pelos en la lengua, haciendo que las tres estallaran en carcajadas.

La tensión flotaba en el aire como el humo de un cigarro olvidado. Hablaron de maridos ausentes, de fantasías reprimidas, de cómo el cuerpo aún ardía a los cuarenta y tantos. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, observando las curvas de sus comadres. Lupe tan tetona, Rosa tan delicada. ¿Y si...? pensó, pero lo descartó rápido. O no tan rápido.

La noche cayó con una brisa tibia que traía olor a jazmín del jardín. Cenaron tacos de mariscos en la terraza, con mezcal que quemaba la garganta y soltaba las lenguas.

"Hagamos algo chido, comadres. Verdad o reto, como chamacas",
propuso Lupe, sus labios brillando con el jugo de limón.

El juego empezó inocente: verdades sobre primeros besos, retos de bailar reggaetón torpe. Pero el mezcal avivaba el fuego. Rosa retó a Ana a un masaje en los hombros, y cuando las manos de Ana tocaron la piel suave de Rosa, oliendo a vainilla de su loción, el pulso se aceleró. La carne tibia bajo sus dedos, el gemido suave que escapó de la garganta de Rosa.

"Mmm, qué chingón, Ana. Sigue, no pares",
murmuró Rosa, cerrando los ojos.

Lupe no se quedó atrás.

"Mi turno. Reto para las dos: quítense la blusa y déjenme masajearlas yo",
dijo con voz baja, cargada de promesas. Las tres se miraron, el corazón latiendo fuerte en los pechos desnudos. El aire se espesó con el aroma de sus pieles calientes, sudor y deseo mezclado.

Ana sintió el roce de los dedos de Lupe en su espalda, bajando lento hasta la cintura de su falda. Esto es una locura, pero qué rica locura. Mis comadres, tan cerca, tan suaves. Rosa se giró, besando el cuello de Ana con labios húmedos, saboreando la sal de su piel. El beso fue eléctrico, lenguas explorando con urgencia contenida.

Se mudaron a la recámara, la cama king size invitándolas con sábanas blancas crujientes. Lupe prendió velas de coco que llenaron la habitación de luz titilante y aroma dulce.

"Comadres en trío, ¿eh? Suena a pecado delicioso",
susurró Lupe, quitándose el short con un movimiento fluido, revelando sus bragas de encaje negro.

Ana jadeó al verlas, su concha ya húmeda palpitando. Se desvistieron mutuamente, risas nerviosas mezcladas con suspiros. Las manos de Rosa en los senos de Lupe, amasándolos suaves, pezones endureciéndose como piedras bajo la lengua juguetona. El sonido de succiones húmedas, gemidos ahogados, el slap suave de piel contra piel.

No puedo creerlo, pero lo quiero todo. Sus cuerpos son míos esta noche, pensó Ana mientras Lupe la empujaba contra el colchón. Lupe se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, el aliento caliente rozando su clítoris hinchado.

"Déjame probarte, comadre. Neta, hueles a miel",
dijo Lupe antes de lamerla despacio, lengua plana saboreando cada pliegue.

Ana arqueó la espalda, gimiendo fuerte, el placer subiendo como oleadas. Rosa se unió, chupando sus tetas, mordisqueando los pezones con dientes suaves. Manos por todos lados: uñas arañando espaldas, dedos hundiéndose en carne suave, el olor almizclado del sexo llenando el aire. Ana metió dos dedos en la concha de Rosa, sintiendo la humedad caliente, el apretón rítmico mientras Rosa cabalgaba su mano.

El ritmo creció. Lupe se subió encima de Ana, frotando su chocha contra la de ella, clítoris chocando en un tribbing frenético. ¡Qué chingón! Sus jugos mezclándose, resbalosos, calientes. Rosa se posicionó detrás de Lupe, lamiendo su ano mientras sus dedos trabajaban el clítoris expuesto. Los gemidos se volvieron gritos:

"¡Sí, cabronas, así! ¡No paren, pinches ricas!"

La tensión escaló, cuerpos sudados brillando a la luz de las velas. Ana sintió el orgasmo venir como un tsunami, su concha contrayéndose alrededor de la lengua de Lupe. Explosión de placer: temblores, pulsos, el sabor salado de sudor en los labios. Lupe gritó al correrse, chorro caliente salpicando la piel de Ana. Rosa las siguió, masturbándose furiosa mientras las veía, su grito ronco rompiendo el aire.

Se derrumbaron en un enredo de piernas y brazos, pechos agitados, respiraciones entrecortadas. El aroma de sexo impregnaba todo: conchas satisfechas, sudor, mezcal residual. Ana besó a sus comadres, labios hinchados rozándose tiernos.

"Comadres en trío... lo mejor que nos ha pasado",
murmuró Lupe, riendo bajito.

Rosa acarició el cabello de Ana, ojos brillantes.

"Neta, esto no fue un reto. Fue necesidad. ¿Repetimos mañana?"

Ana sonrió, el cuerpo lánguido y pleno. Somos más que comadres ahora. Somos amantes, confidentes en el placer más puro. Afuera, las olas rompían suaves, como aplaudiendo su secreto. El sueño las envolvió, pieles pegadas, corazones latiendo al unísono, prometiendo más noches ardientes en su lazo eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.