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Tequila El Tri en Mis Venas

6953 palabras

Tequila El Tri en Mis Venas

La noche en el bar de la colonia Roma estaba que ardía. El Tri jugaba contra los gringos en la tele grande, y el lugar rebosaba de morros gritando goles, chelas volando y el olor a tacos al pastor mezclándose con el humo de los cigarros. Tú entraste con el corazón latiendo fuerte, vestida con esa falda corta que te hace sentir chingona, y el top que deja ver justo lo suficiente para volver locos a los weyes. El calor del verano te pegaba en la piel como una caricia húmeda, y el sudor ya te perlaba el escote.

Te acercas a la barra, pides un tequila el tri, esa chela con shot de tequila José Cuervo que nomás en este antro preparan para los partidos del Tri. El barman, un carnal con bigote espeso, te guiña el ojo mientras te sirve: "Órale, reina, pa' que le meta gol al cuerpo". El líquido ambarino quema tu garganta al bajar, un fuego dulce que se expande por tu pecho, despertando algo primitivo en ti. Miras la pantalla, el estadio rugiendo, los jugadores sudados corriendo como fieras, y sientes un cosquilleo entre las piernas. Neta, el fútbol siempre te pone cachonda, con tanto macho en acción.

De repente, lo ves. Alto, moreno, con playera del Tri ajustada que marca sus pectorales y unos brazos que parecen tallados en piedra. Está a dos bancos, gritando "¡Sí se pudo, cabrones!" cuando cae el primer gol. Sus ojos oscuros se cruzan con los tuyos, y hay un chispazo. Te sonríe, esa sonrisa pícara de chilango que promete problemas buenos. Se acerca, su colonia mezclándose con el aroma masculino de su sudor fresco.

"¿Qué onda, preciosa? ¿Pa'l Tri o pa' la fiesta?", te dice con voz grave, ronca como el rugido de la multitud. Tú le contestas con una risa coqueta: "Pa' las dos, guapo. ¿Me invitas un tequila el tri pa' celebrar?". Él asiente, pide dos, y cuando chocan los vasos, sus dedos rozan los tuyos. Electricidad pura. El tequila entra ardiente, y con cada trago, la tensión crece. Hablan de Chicharito, de la defensa chafa, pero sus miradas dicen otra cosa. Sus rodillas se tocan bajo la barra, un roce casual que no lo es. Sientes su calor traspasando la tela, y tu pulso se acelera.

¿Por qué carajos me prende tanto este wey? Es como si el tequila el tri me hubiera inyectado fuego en las venas, directo al pinche clítoris.

El partido avanza, el Tri domina, y él pone su mano en tu muslo, subiendo despacito mientras finge ver la tele. Su palma áspera, callosa de quién sabe qué trabajos duros, te hace jadear bajito. "Me gustas, nena", murmura al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. Tú no respondes con palabras; giras la cara y lo besas. Sus labios son firmes, hambrientos, la lengua invadiendo tu boca como un delantero rompiendo la portería. El bar desaparece, solo existe su sabor, salado y dulce, el roce de su barba incipiente raspando tu piel suave.

El segundo tiempo es un infierno de anticipación. Sus dedos juguetean con el borde de tu falda, rozando el encaje de tus calzones. Estás mojada, neta, el calor entre tus piernas palpita con cada grito del público. "Vámonos de aquí", le susurras cuando el Tri mete el segundo gol. Él paga la cuenta, te toma de la mano y salen a la calle. El aire nocturno de la CDMX los recibe, húmedo y cargado de jazmín de los balcones. Caminan rápido a su depa cerca, en una calle empedrada con luces tenues que pintan sombras sensuales en sus cuerpos.

En el elevador, no aguantan. Él te acorrala contra la pared, besándote el cuello, mordisqueando la oreja. "Te quiero morder entera, morrita", gruñe. Sus manos amasan tus nalgas, apretando con fuerza que duele rico. Sientes su verga dura presionando tu vientre, gruesa y lista. El ding del elevador los separa por un segundo, pero en la puerta, ya estás quitándole la playera. Su torso desnudo brilla bajo la luz, músculos tensos, vello oscuro bajando al ombligo. Huele a hombre puro, sudor y deseo.

Entran al depa, un lugar chido con posters del Tri y una cama king size que parece hecha pa' pecar. Te empuja suave contra el colchón, sus ojos devorándote. "Quítate todo, déjame verte", ordena con voz que no admite no. Tú obedeces lento, provocadora, dejando caer la falda, el top, hasta quedar en calzones empapados. Él se desnuda, su pito saltando libre, venoso y tieso, apuntando a ti como un misil. Te lame los pezones, duros como piedras, chupando hasta que gimes alto. Su boca baja, besando el ombligo, el monte de Venus, hasta llegar a tu sexo palpitante.

Separa tus labios con los dedos, sopla aire caliente que te hace arquear la espalda. "Estás chorreando, pinche rica", dice antes de meter la lengua. La sensación es brutal: áspera, húmeda, lamiendo tu clítoris en círculos perfectos. Saborea tu miel, gimiendo contra tu carne, vibraciones que te llevan al borde. Tus manos enredadas en su pelo negro, jalando fuerte, mientras tus caderas se mueven solas. "¡No pares, cabrón! ¡Así!", gritas, el orgasmo construyéndose como un gol en tiempo extra.

Es como si el tequila el tri corriera por mi sangre, mezclándose con su saliva, volviéndome loca de placer. Neta, este wey sabe cogerme el alma.

Lo jalas arriba, guías su verga a tu entrada. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. Llenándote hasta el fondo, su grosor rozando cada nervio. Empieza a bombear, lento al principio, mirándote a los ojos. "Eres mía esta noche", jadea. Tú clavas las uñas en su espalda, marcándolo, respondiendo con embestidas que lo hacen gruñir. El ritmo acelera, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose, olores a sexo crudo llenando el cuarto. Sus bolas golpean tu culo, el sonido obsceno como música erótica.

Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones, mientras rebotas. Sientes su pito golpeando tu G, profundo, implacable. Él se incorpora, chupándote mientras follan, lenguas enredadas. El clímax llega en oleadas: tú primero, convulsionando, chorros calientes mojando sus muslos, gritando su nombre –"¡Alejandro! ¡Sí, pendejo, dame todo!". Él explota segundos después, llenándote con leche espesa, pulsos calientes que te derriten por dentro.

Caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Su pecho sube y baja contra tu mejilla, corazón galopando. El aroma a sexo y tequila persiste, dulce recordatorio. Él acaricia tu pelo, besa tu frente. "Eres increíble, morra. Como un golazo del Tri". Tú ríes bajito, satisfecha, el cuerpo pesado de placer. Afuera, la ciudad ronronea, pero aquí, en este afterglow, todo es paz ardiente.

Se quedan así, hablando pendejadas del partido, planeando el próximo tequila el tri. Sabes que no es amor, pero es perfecto: pasión pura, sin ataduras. Cuando sale el sol, te vas con una sonrisa, las piernas temblando aún, el sabor de él en la piel. El Tri ganó, y tú también.

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