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Trios Musicales en Queretaro Desatando Pasiones

6535 palabras

Trios Musicales en Queretaro Desatando Pasiones

Me llamo Ana y vivo en una casita colonial en el centro de Querétaro, con balcones de herrería y un patio lleno de bugambilias que huelen a miel en las tardes calurosas. Tenía treinta y cinco, soltera por elección después de un desmadre con mi ex, y esa noche de mi cumpleaños quise algo especial. Busqué en internet trios musicales en Queretaro, esos que tocan boleros románticos en serenatas, y contraté uno por unas horas. No sé por qué, pero la idea de tres hombres guapos con guitarras y requintos me hacía cosquillas en el estómago. Llegarían a las ocho, con su música envolvente como un abrazo.

El sol se ponía tiñendo el cielo de rosa y naranja cuando sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaban: Marco, el más alto con ojos negros como el carbón y una sonrisa pícara; Luis, moreno y fornido, con manos callosas de tanto rasguear; y Diego, el más joven, de piel clara y rizos rebeldes que le caían sobre la frente. Vestían guayaberas blancas que se pegaban un poco al cuerpo por el calor, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco. "¡Buenas noches, señorita! Somos los Trios Musicales El Corazón de Querétaro", dijo Marco con voz grave, mientras cargaban sus instrumentos.

Los invité al patio, donde puse una mesa con tequila reposado, limones y sal. Empezaron con "Bésame Mucho", las cuerdas vibrando en el aire húmedo, el requinto llorando notas que me erizaban la piel. Me serví un trago, el líquido quemándome la garganta, y me senté en una silla de mimbre, viéndolos tocar. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, músculos tensándose bajo las mangas arremangadas. El ritmo me aceleraba el pulso, como si la música se colara directo a mi entrepierna.

¿Qué carajos estoy pensando? Son músicos contratados, wey. Pero neta, qué ricos se ven. Hace cuánto que no siento esto, este calor subiendo desde el vientre.

Después de tres rolas, les ofrecí tequila. Bebieron, riendo y contando anécdotas de trios musicales en Queretaro que habían animado bodas y quinceañeras. "Pero esta es la más chida hasta ahora", dijo Luis, guiñándome el ojo. Bailamos un poco, yo con Marco pegado a mi espalda, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a tequila y hombre. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, me hicieron jadear bajito. Diego se acercó por delante, rozando mi cadera con la suya al ritmo de "Sway". Luis nos rodeaba, su risa ronca uniéndose a la música que ya no tocaban.

La tensión crecía como el vapor de la noche queretana. Sentí sus cuerpos contra el mío, duros y calientes, el roce de sus vergas semierectas a través de los pantalones. "¿Quieres que sigamos tocando, o prefieres otra melodía?", murmuró Diego en mi oído, su voz temblorosa de deseo. Mi corazón latía como tambor, el aire cargado de feromonas y jazmín del patio. "Sigan, pero más cerca", respondí, empoderada, tomando la iniciativa. Todos sabíamos a qué íbamos.

Nos metimos a la sala, luces tenues de velas parpadeando sobre sus rostros. Marco me besó primero, labios carnosos saboreando a tequila y sal, su lengua explorando mi boca con hambre. Luis desabotonó mi blusa, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta que gemí. Diego se arrodilló, subiendo mi falda, besando mis muslos internos, el calor de su aliento haciendo que mi panocha palpitara. Olía a mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con su colonia.

Caímos en el sofá amplio, yo en medio, desnuda ya, piel erizada por sus toques. Marco chupaba mis tetas, pezones duros como piedras bajo su lengua áspera, tirando suave con los dientes. "Qué ricas, Ana, como frutas maduras", gruñó. Luis lamía mi concha, lengua plana lamiendo clítoris hinchado, sorbiendo mis jugos con sonidos obscenos que me volvían loca. Diego me besaba, su verga en mi mano, gruesa y venosa, palpitando mientras la pajeaba lento, sintiendo el precum resbaloso.

Neta, esto es un sueño. Tres hombres adorándome, sus cuerpos perfectos para mí. Me siento diosa, poderosa, mojada hasta los huesos.

La intensidad subía. Me puse de rodillas, alternando sus vergas en mi boca: la de Marco larga y curva, saboreando salada; la de Luis gorda, estirándome labios; la de Diego suave, con venitas que lamía con deleite. Ellos gemían, "¡Órale, qué chida chupas, mamacita!", manos en mi pelo guiándome sin forzar. Luego, Marco me penetró de misionero, su verga llenándome hasta el fondo, embestidas lentas que rozaban mi punto G, haciendo que mis paredes se contrajeran. Luis y Diego se pajeaban viéndonos, sus ojos hambrientos.

Cambié a cuatro patas, Luis cogiéndome por atrás, nalgas rebotando contra su pubis peludo, el slap-slap resonando con mi patio. Marco en mi boca, Diego debajo lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi clítoris. Sudor corría por espaldas, olor a sexo puro, testosterona y mi esencia. Gemía alrededor de la verga de Marco, vibraciones que lo volvían loco. "¡Me vengo, pinche diosa!", rugió Luis, llenándome de leche caliente que chorreaba piernas abajo.

Ahora Diego me montó, yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, tetas botando, sus manos amasándolas. Marco y Luis besaban mi espalda, dedos en mi ano juguetón, lubricado con saliva y semen. El placer era eléctrico, pulsos acelerados, pieles pegajosas. Me corrí primero, un orgasmo que me sacudió entera, gritando "¡Sí, cabrones, así!", concha apretando su verga como puño. Él explotó dentro, chorros calientes. Marco terminó en mi boca, semen espeso que tragué con gusto, salado y viril.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes, risas suaves rompiendo el silencio. El aire olía a corrida, sudor y velas apagadas. Me acurruqué entre ellos, sus brazos envolviéndome protector. "La mejor noche con un trío musical en Querétaro", bromeó Marco, besándome la frente. Luis trajo agua fresca, Diego masajeó mis pies cansados.

Esto no fue solo sexo, fue conexión. Me siento plena, deseada, viva. Mañana quizás los invite de nuevo, sin música, solo nosotros.

Se fueron al amanecer, prometiendo volver. Me quedé en la cama, cuerpo dolorido pero satisfecho, recordando cada roce, cada gemido. Los trios musicales en Queretaro no solo tocan boleros, desatan pasiones que perduran. Y yo, Ana, había encontrado mi propia serenata eterna.

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