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Sexo en Trío Casero Inolvidable

6819 palabras

Sexo en Trío Casero Inolvidable

Era una noche calurosa en nuestro departamento de la colonia Roma, con el ventilador zumbando como un mosco perezoso y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Marco, acababa de llegar del trabajo, sudado y con ganas de una chela fría. Mi esposa Ana, esa morena de curvas que me volvía loco desde el primer día, estaba en la cocina preparando unos guisados. Llevábamos cinco años casados y la chispa seguía viva, pero últimamente hablábamos de probar algo nuevo, algo que nos sacara de la rutina.

De repente, sonó el timbre. Era Luisa, la mejor amiga de Ana desde la uni. Alta, con el pelo negro suelto y un vestido ajustado que marcaba sus chichis perfectas. Órale, qué chula, pensé mientras la saludaba con un beso en la mejilla. Traía una botella de tequila y una sonrisa pícara. Las tres nos sentamos en el sofá, con música de banda sonando bajito de fondo, y empezamos a platicar de todo y nada. Ana, con sus ojos brillosos por el mezcal que ya nos habíamos echado, soltó de la nada:

—Oye, Marco, ¿te imaginas un sexo en trío casero aquí en la sala? Con Luisa y yo, neta que sería épico.

Me quedé helado, con la verga dando un brinco en los pantalones. Luisa se rio, cubriéndose la boca, pero sus mejillas se pusieron rojas. No mames, ¿en serio? Las vi mirándose, cómplices, y sentí un calor subiéndome por el pecho. Ana siempre había sido la aventurera, la que proponía locuras como ir a un motel de paso o probar juguetes en la cama. Luisa, por otro lado, era la divorciada reciente, con ganas de desquitarse. El aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta en el DF.

¿Y por qué no? —dijo Luisa, lamiéndose los labios mientras me clavaba la mirada—. Si es sexo en trío casero, aquí estamos en casa, todo queda entre nosotros.

Mi corazón latía como tamborazo. Las olía a perfume mezclado con sudor fresco, ese aroma femenino que me ponía cachondo al instante. Ana se acercó, rozando mi muslo con su mano suave, y me besó el cuello. Qué rico su aliento a tequila. Luisa no se quedó atrás; se pegó a mi otro lado, su teta presionando mi brazo. Sentí sus pezones duros a través de la tela.

La cosa escaló rápido. Ana me quitó la playera, besándome el pecho mientras lamía mis tetillas. Pinche delicia, gemí bajito. Luisa desabrochó mi cinturón, bajándome el pantalón con una lentitud que me mataba. Mi verga saltó libre, tiesa como poste, y las dos jadearon al verla. Ana la tomó primero, chupándola con esa boca caliente y húmeda que conocía tan bien, saboreando la gota salada de la punta. Luisa observaba, tocándose entre las piernas por encima del vestido.

Esto es real, cabrón, me dije, mientras el placer me nublaba la mente. El sonido de sus lenguas lamiendo, los gemidos ahogados, el roce de sus cabellos en mi piel... todo era puro fuego.

Nos movimos a la recámara, dejando un rastro de ropa por el pasillo. La cama king size crujió bajo nuestro peso. Ana se quitó el short, mostrando su concha depilada y ya mojada, brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Luisa se desvistió despacio, revelando un cuerpo atlético, con estrías sexys de sus embarazos pasados que la hacían más real, más deseable. Se acostaron a mis lados, piel contra piel, sus cuerpos calientes y suaves como seda.

Ana me montó primero, guiando mi verga a su entrada resbalosa. ¡Ay, qué chingón! —gritó mientras se hundía, su concha apretándome como guante. El olor a sexo llenó la habitación, musgoso y dulce. Luisa se arrodilló sobre mi cara, bajando su coño a mi boca. Lo lamí con ganas, saboreando su jugo ácido y caliente, mientras ella se retorcía gimiendo ¡Más, pendejo, más! Sus caderas bailaban al ritmo de mi lengua, chorreando en mi barbilla.

El sudor nos unía, resbaloso y salado. Oía sus respiraciones agitadas, los plaf plaf de Ana cabalgándome, el crujir de las sábanas. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, cogiendo a Luisa por detrás mientras Ana se lamía con ella en un 69. Neta, esto es el paraíso, pensé, embistiendo profundo, sintiendo las nalgas firmes de Luisa golpear mis huevos. Ana gemía contra el clítoris de su amiga, lamiendo mis bolas de paso. El placer subía como ola, tenso, inevitable.

Luisa se corrió primero, temblando entera, su concha contrayéndose alrededor de mi verga. ¡Me vengo, cabrones! —chilló, arqueando la espalda. Ese sonido, su voz ronca, me empujó al borde. Ana se volteó, abriéndose para mí. La penetré con furia, mientras Luisa nos besaba a los dos, metiendo la lengua en nuestras bocas. El clímax llegó como volcán: eyaculé dentro de Ana, chorros calientes llenándola, mientras ella se venía conmigo, arañándome la espalda.

Nos quedamos tirados, jadeando, enredados en las sábanas húmedas. El aire olía a semen, sudor y perfume. Ana me acarició el pelo, susurrando Te amo, mi rey. Luisa sonrió, exhausta pero feliz. Esto fue sexo en trío casero perfecto, pensé, con el corazón lleno.

Pero no terminó ahí. Después de un rato, con el cuerpo aún zumbando, Luisa propuso más. Se pusieron de perrito una al lado de la otra, ofreciéndome sus culos redondos. Elegí a Ana primero, lubricándola con saliva antes de entrar lento en su ano apretado. ¡Qué rico, despacito! —gimió ella. Luisa se tocaba, esperando su turno. El tacto era intenso, caliente, como terciopelo fundido. Cambié a Luisa, sintiendo la diferencia: más suelta, pero igual de placentera. Ana lamía mi verga cada vez que salía, saboreando los jugos mezclados.

La tensión volvió a crecer, más profunda esta vez. Sus gemidos se volvieron súplicas: ¡Chíngame más duro, Marco! El slap de piel contra piel, el squish de fluidos, todo era sinfonía erótica. Me corrí de nuevo, esta vez en la boca de Luisa, quien lo tragó con deleite, compartiéndolo luego con Ana en un beso largo y baboso. Ellas se vinieron frotándose mutuamente, cuerpos convulsionando en éxtasis compartido.

Al final, nos duchamos juntos, riendo bajo el agua tibia que lavaba el sudor pero no los recuerdos. En la cama, abrazados, hablamos bajito. Ana confesó que lo había planeado con Luisa semanas atrás, para sorprenderme.

Quería que sintiéramos algo nuevo, algo nuestro, puro sexo en trío casero sin complicaciones.
Luisa asintió, diciendo que se sentía empoderada, deseada. Yo, con el alma en paz, las besé a las dos. Esa noche cambió todo: la confianza se hizo más fuerte, el deseo eterno.

Ahora, cada vez que miro esa sala o huelo tequila, revivo cada toque, cada sabor. Fue más que sexo; fue conexión, liberación. Y quién sabe, tal vez repetimos pronto.

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