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Mi Esposa y Su Amiga Trio Pasional

7308 palabras

Mi Esposa y Su Amiga Trio Pasional

Era una noche calurosa en nuestra casa de la colonia Roma, con el aire cargado de ese olor a jazmín que sube desde el jardín y se mete por las ventanas abiertas. Yo, sentado en el sillón de cuero con una cerveza fría en la mano, veía cómo Ana, mi esposa, reía con esa carcajada ronca que me pone la piel de gallina. Llevábamos diez años casados, pero su cuerpo seguía volviéndome loco: curvas generosas, piel morena que brilla bajo la luz tenue de las velas, y unos ojos negros que prometen travesuras.

Al lado de ella, en el sofá, estaba Luisa, su amiga de toda la vida. Alta, flaca pero con tetas firmes que se marcaban bajo la blusa escotada, pelo largo negro suelto y un tatuaje de una rosa en el hombro que asomaba juguetón. Habían llegado de una salida con amigas, oliendo a tequila y perfume dulce, con las mejillas sonrojadas y esa energía de chicas en su mero mole.

—Órale, carnal —dijo Luisa, guiñándome el ojo mientras se servía otro trago—. ¿No te cansas de esta? Ana es una fiera, pero a veces necesita un poco más de acción.

Ana le dio un codazo juguetón, pero sus ojos se clavaron en los míos, con esa chispa que conozco bien. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la CDMX, de las series que vemos en Netflix, hasta que el tema giró a lo jugoso. Fantasías, ¿saben? Luisa soltó que siempre había soñado con un trio, algo prohibido pero consensuado, con gente que se quiere de verdad.

¿Y si pasa esta noche?, pensé, sintiendo un cosquilleo en la verga que se endurecía bajo los jeans. Mi esposa y su amiga... trio. Joder, la idea me quemaba por dentro.

El ambiente se cargó de electricidad. Ana se acercó a mí, su mano tibia rozando mi muslo, y susurró al oído:

—¿Qué dices, amor? ¿Te late la idea de mi esposo con nosotras dos?

Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo. Asentí, la boca seca, mientras Luisa se lamía los labios, mirándonos con hambre.

La cosa escaló despacio, como buen mole que se cuece a fuego lento. Nos fuimos a la recámara, con la cama king size esperándonos, sábanas de algodón egipcio frescas y suaves. Ana prendió unas luces LED rojas, que pintaban todo de un glow sensual, y puso música de Rosalía bajito, ese ritmo que te hace mover las caderas sin querer.

Luisa fue la primera en quitarse la blusa, revelando un sostén negro de encaje que apenas contenía sus chichis. —Vengan, no sean pendejos —rió, con voz ronca.

Ana me besó primero, su lengua dulce de tequila invadiendo mi boca, saboreando a limón y sal. Sus manos me desabotonaron la camisa, uñas rozando mi pecho, erizándome el vello. Olía a su crema de vainilla, mezclado con el sudor ligero de la noche. Me recosté, y ellas dos se turnaron para bajarme los jeans, riendo cuando mi verga saltó libre, dura como piedra, palpitando al aire cálido.

—¡Mira nomás qué pedazo de madre! — exclamó Luisa, acariciándola con dedos frescos, enviando chispas por mi espina.

Esto es real, cabrón. Mi esposa y su amiga, trio soñado. No lo arruines, ve despacio.

Ana se desvistió con calma, su culo redondo meneándose al quitarse las leggings, piel suave que pedía ser tocada. Se subió a la cama a horcajadas sobre mí, frotando su concha húmeda contra mi pija, el calor y la humedad traspasando la tanga. Gemí, agarrando sus nalgas firmes, amasándolas mientras Luisa nos besaba el cuello, su aliento caliente oliendo a menta.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Ana se inclinó para chuparme, lengua experta lamiendo la cabeza, succionando con labios carnosos que me hacían arquear la espalda. Luisa no se quedaba atrás: se quitó el sostén, tetas perfectas balanceándose, pezones duros como balas. Se acercó a mi cara, y la comí entera, lengua hundida en su chochito depilado, saboreando su jugo salado y dulce, mientras ella jadeaba "¡Ay, sí, así, pinche rico!".

Pero no todo era físico; en mi cabeza bullían pensamientos. ¿Y si Ana se pone celosa? ¿Y si Luisa se arrepiente? Ana me miró, leyéndome, y sonrió:

—Esto es nuestro, amor. Solo placer puro, sin dramas.

Luisa asintió, besando a Ana en la boca por primera vez esa noche. Verlas así, lenguas entrelazadas, manos explorando mutuamente, me volvió loco. Sus gemidos se mezclaban con la música, un coro húmedo y gutural que llenaba la habitación. El olor a sexo —ese almizcle animal mezclado con perfume— era espeso, embriagador.

Cambiaron posiciones: Ana se sentó en mi cara, su concha goteando en mi lengua, mientras Luisa montaba mi verga despacio. Entró centímetro a centímetro, prieta y caliente, paredes apretándome como guante. —¡Qué chingón! —gruñó ella, cabalgando con ritmo, tetas rebotando al compás.

Yo lamía a Ana con furia, dedos en su clítoris hinchado, sintiendo cómo temblaba. Sus muslos me apretaban la cabeza, piel sudorosa contra mi barba incipiente. El tacto era todo: suavidad de pieles, roce de pezones endurecidos, el slap-slap de carne contra carne.

La intensidad subió como volcán en erupción. Nos movimos como uno solo, sudados, jadeantes. Luisa aceleró, su culo chocando contra mis bolas, mientras Ana se retorcía sobre mi boca, gritando:

—¡Me vengo, cabrón! ¡No pares!

Su orgasmo fue un diluvio, jugos inundándome la cara, cuerpo convulsionando. Eso me empujó al borde. Luisa se corrió después, un grito agudo que erizó mi piel, concha contrayéndose alrededor de mi pija, ordeñándome.

—¡Dame todo, amor! —suplicó Ana, bajándose para unirse.

Me voltearon, yo encima ahora, alternando embestidas profundas en una y otra. Primero Luisa, misionero, piernas enredadas en mi cintura, uñas clavándose en mi espalda. Luego Ana, de perrito, su culo perfecto alzado, yo azotándolo suave, rojo y caliente al tacto. Luisa lamía donde podía, dedos en culos, lenguas en todo.

Esto es el paraíso mexicano, pinche suerte la mía. Mi esposa y su amiga, trio perfecto, sudor, gemidos, éxtasis puro.

El clímax llegó como tsunami. Empujé una vez más en Ana, profundo, y exploté, chorros calientes llenándola mientras ella se venía de nuevo, gritando mi nombre. Luisa nos abrazó, besos por todos lados, prolongando las olas de placer hasta que caímos exhaustos, un enredo de cuerpos brillantes de sudor.

El afterglow fue dulce, como postre de cajeta tibia. Nos quedamos tendidos, respiraciones calmándose, el cuarto oliendo a sexo satisfecho y paz. Ana acurrucada en mi pecho, Luisa al otro lado, manos entrelazadas.

—Fue chido, ¿verdad? —dijo Luisa, voz somnolienta.

—Lo mejor —respondí, besando la frente de Ana—. Gracias por esto, nena.

Nos dormimos así, con la luna colándose por la ventana, sabiendo que habíamos cruzado un umbral, más unidos, más vivos. Mañana sería otro día en la ciudad que nunca duerme, pero esta noche, el recuerdo de mi esposa y su amiga trio nos marcaría para siempre, un secreto ardiente y nuestro.

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