Cuando Intentas Tu Mejor Pero No lo Logras
El sol de la tarde se colaba por las cortinas del departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Tú llegaste exhausto del jale, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor del metro abarrotado. Habías intentado tu mejor, neta, en esa junta con el jefe, presentando el pinche proyecto como si fuera la última esperanza de la humanidad. Pero no, el cabrón lo rechazó con una sonrisa de pendejo. Cuando intentas tu mejor pero no lo logras, pensaste mientras subías las escaleras, recordando esa rola de Coldplay que siempre te ponía melancólico.
Ahí estaba ella, tu morrita, Daniela, con su pelo negro suelto cayendo como cascada sobre los hombros bronceados. Vestía un shortcito de mezclilla que apenas cubría sus nalgas firmes y una blusita escotada que dejaba ver el valle entre sus chichis perfectas. "¡Órale, carnal! ¿Ya llegaste? Ven, te preparé unos tacos de carnitas", dijo con esa voz ronca que te ponía la verga dura al instante. El olor a cilantro fresco y limón llenaba la cocina, mezclado con su perfume dulzón de vainilla que siempre te volvía loco.
Te abrazó fuerte, presionando su cuerpo contra el tuyo. Sentiste sus tetas suaves aplastándose contra tu pecho, sus caderas moviéndose un poquito como si supiera exactamente lo que provocaba. "¿Mal día, amor?" murmuró, besándote el cuello. Su aliento caliente te erizó la piel. Intentaste sonreír, disimular el coraje, pero ella lo notó todo. "No te apures, mi rey. Vamos a relajarnos". Te llevó al sillón, se sentó en tus piernas a horcajadas, y empezó a masajearte los hombros. Sus manos eran mágicas, firmes pero suaves, oliendo a crema de coco.
Cuando intentas tu mejor pero no lo logras, repetiste en tu mente, mientras su culo se frotaba contra tu entrepierna. La verga ya se te paraba como bandera, latiendo contra la tela de tus jeans.
La besaste con hambre, saboreando sus labios carnosos, su lengua juguetona que bailaba con la tuya. Olía a menta del chicle que masticaba. Le quitaste la blusa de un jalón, exponiendo sus chichis con pezones oscuros ya tiesos. Los lamiste, succionando uno mientras pellizcabas el otro. Ella gimió bajito, "¡Ay, pinche rico!", arqueando la espalda. Sus uñas se clavaron en tu nuca, enviando chispas por tu espina.
La cargaste hasta la recámara, tirándola en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a su esencia. Le bajaste el short, revelando su conchita depilada, ya húmeda y brillante. "Te quiero tanto, Dani", le dijiste, mientras te desnudabas. Tu verga saltó libre, venosa y gruesa, goteando precúm. Ella se lamió los labios, "Ven, métemela ya, cabrón". Te subiste encima, frotando la cabeza contra sus labios vaginales resbalosos. El calor de su coño te quemaba, olía a sexo puro, a deseo acumulado.
Empujaste despacio, sintiendo cómo te tragaba centímetro a centímetro. Estrecha, caliente, palpitante. "¡Sí, así!" gritó ella, envolviendo tus caderas con sus piernas fuertes de tanto gym. Empezaste a bombear, intentando controlarte. Tenías que durar, neta, hacerla venir primero como siempre. Sudabas, el olor salado de tu piel mezclándose con el almizcle de su arousal. Sus gemidos subían de volumen, "¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!". Sus tetas rebotaban con cada embestida, hipnóticas.
Pero el día de mierda te había dejado tenso, la verga latiendo demasiado sensible. Intentaste pensar en otra cosa, en el tráfico, en el jefe, pero su coño te ordeñaba como si tuviera vida propia. Sus paredes se contraían, succionándote. "¡Me vengo, amor!" jadeó ella, pero tú sentiste el orgasmo traicionero subir. Cuando intentas tu mejor pero no lo logras. "¡No, mierda!" gruñiste, pero ya era tarde. Eyaculaste dentro de ella con un rugido, chorros calientes llenándola mientras tu cuerpo temblaba incontrolable.
Te quedaste quieto, jadeando, con la verga aún dura dentro de su calor húmedo lleno de tu leche. La culpa te pinchó el estómago. "Perdón, mi amor... intenté aguantar", murmuraste, avergonzado. Ella rió suave, acariciándote la cara. "Nel, tonto. Eso fue chingón. Pero ahora me toca a mí hacerte volar". Sus ojos brillaban pícaros, empoderados. Te sacó de adentro con un pop jugoso, semen chorreando por sus muslos. Se lamió los dedos después de tocarse, saboreando la mezcla salada.
Te volteó boca arriba, montándote la cara. "Lámeme, cabrón. Limpia tu desmadre". Su coño goteaba sobre tu boca, sabor a sal, a ella, a ti. Lamiste ávidamente, lengua hundiéndose en sus pliegues hinchados. Olía intenso, a sexo crudo. Ella se mecía, frotando su clítoris contra tu nariz, gemidos roncos escapando. "¡Sí, así! ¡Chúpame el botón!". Tus manos amasaban sus nalgas redondas, dedos rozando su ano fruncido.
La hiciste venir dos veces así, su jugo inundándote la cara, muslos temblando. "¡Me corro, pinche rey!" gritó la primera, squirteando un chorrito tibio que tragaste ansioso. La segunda fue más salvaje, su cuerpo convulsionando, uñas arañando tu pecho. Pero tú seguías duro como piedra, la verga palpitando sola en el aire fresco de la habitación.
"Ahora sí, échale ganas", dijo ella, deslizándose hacia abajo. Se posicionó en reversa cowgirl, su culo perfecto frente a ti. Bajó despacio, empalándote hasta el fondo. El ángulo era brutal, su coño apretándote como guante mojado. Empezó a cabalgar, nalgas aplastándose contra tus bolas con cada bajada. El slap slap slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus alaridos. "¡Te sientes tan chingón adentro!"
Tú empujabas desde abajo, manos en sus caderas, oliendo el sudor de su espalda. El calor subía, el aire cargado de feromonas. Intentabas no pensar en el fracaso anterior, enfocándote en sus jadeos, en cómo sus paredes se contraían. Ella metió un dedo en su culo, masturbándose el clítoris con la otra mano. "¡Mírame, amor! ¡Voy a venirme en tu verga!". Su ritmo se aceleró, salvaje, descontrolado.
La tensión creció como tormenta. Sentiste sus contracciones primero, ordeñándote. "¡Ahora!" chilló, cuerpo rígido mientras orgasmaba, jugos chorreando por tus bolas. Eso te llevó al límite. Esta vez no fallaste; eyaculaste con ella, chorros potentes llenándola de nuevo, gruñendo como animal. El placer era cegador, pulsos interminables, su coño exprimiéndote hasta la última gota.
Colapsaron juntos, enredados en sábanas empapadas. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante. El olor a sexo impregnaba todo, dulce y salado. "Te amo, pendejito", susurró ella, besándote el pezón. "Y yo a ti, mi reina. Gracias por no rendirte conmigo". Reíste bajito, recordando la rola. Ya no dolía el día de mierda; esto era la victoria real.
Se quedaron así, piel contra piel, el sol poniéndose afuera pintando la habitación de púrpura. Sus dedos trazaban círculos en tu abdomen, promesas de más rondas. En ese momento, supiste que fallar a veces era el camino al éxtasis perfecto. El pulso se calmaba, pero el fuego entre ustedes ardía eterno.