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Precio Ardiente de Bedoyecta Tri en Farmacia Guadalajara

7109 palabras

Precio Ardiente de Bedoyecta Tri en Farmacia Guadalajara

Entré a la Farmacia Guadalajara con el sol de Guadalajara pegándome en la nuca como un beso caliente. El aire acondicionado me recibió con un soplido fresco que erizó mi piel bajo la blusa ligera. Necesitaba Bedoyecta Tri, esas inyecciones que prometen energía pura para el cuerpo y el alma. Últimamente andaba baja de pilas, con el trabajo chingándome y las noches solas deseando un poco de acción. El mostrador brillaba bajo las luces fluorescentes, y olía a ese desinfectante limpio mezclado con algo dulce, como jarabe de farmacia.

—Buenas tardes, güeyita. ¿En qué te ayudo? —me dijo el farmacéutico, un morro de unos treinta, con ojos cafés que me escanearon de arriba abajo sin disimulo. Su voz ronca me hizo cosquillas en el estómago.

—Oye, ¿cuál es el precio de Bedoyecta Tri en Farmacia Guadalajara? La caja de tres, ¿no? —pregunté, apoyándome en el mostrador para que viera un poco de escote. Sentía el calor subiendo por mis mejillas, pero neta, su mirada me prendía.

Justo entonces, un tipo alto se acercó al lado mío. Piel morena, playera ajustada que marcaba unos pectorales duros, y un olor a colonia fresca con toque de sudor masculino que me llegó directo al pulso acelerado. —Yo también vengo por eso —dijo, sonriéndome con dientes blancos—. Dicen que te da un subidón cabrón para... ya sabes, aguantar toda la noche.

Me reí bajito, sintiendo un hormigueo entre las piernas.

¿Qué pedo? Este pendejo sabe coquetear
, pensé, mientras el farmacéutico nos daba el precio: trescientos pesos la caja. Barato para lo que promete. El desconocido, que se presentó como Marco, pagó la suya y la mía de una. —Déjame invitarte, por si quieres probarla conmigo después.

Salimos juntos a la calle empedrada de Guadalajara, el sol del atardecer tiñendo todo de naranja. Caminamos hacia su coche, un Tsuru viejo pero chido, con el viento revolviéndome el pelo. En el camino charlamos de todo: del precio de la Bedoyecta Tri que acababa de comprar, de cómo en Farmacia Guadalajara siempre hay ofertas, y de lo cansados que andamos con la vida diaria. Su mano rozó la mía al subirnos, un toque eléctrico que me hizo apretar los muslos.

Me llevó a su depa en Providencia, un lugar modesto pero con vista a las luces de la ciudad. El aire olía a tacos de la esquina y a su colonia persistente. —Aplícate la Bedoyecta, a ver si te da energía —bromeó, sacando la caja. Yo me reí, pero la idea me excitó. Nos sentamos en el sofá de piel gastada, bebiendo chelas frías que sabían a limón y sal. Su rodilla tocaba la mía, y cada roce mandaba chispas por mi espina.

—Neta, desde que te vi en la farmacia supe que eras fuego —murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Yo me acerqué, oliendo su cuello, ese aroma salado que me volvía loca.

Chin, este wey me trae bien prendida
. Nuestros labios se encontraron suaves al principio, un beso tentativo que sabía a cerveza y promesas. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el brasier con maestría. Sentí sus dedos ásperos contra mi piel suave, erizándome los pezones.

Acto uno bien armado: la tensión crecía mientras nos besábamos más hondo, lenguas enredándose como serpientes calientes. Me quitó la blusa despacio, admirando mis tetas con un gemido bajo. —Qué ricas —dijo, y yo arqueé la espalda, deseando su boca. Bajó la cabeza, chupando un pezón con succión perfecta, el sonido húmedo llenando la habitación. Yo metí las manos en su pelo negro revuelto, jalándolo suave para que no parara. El calor entre mis piernas era un incendio, mi tanga ya empapada.

Lo empujé al sofá, montándome encima. Sentí su verga dura presionando contra mí a través del pantalón, gruesa y palpitante. —Quítate eso, cabrón —le ordené, mi voz ronca de deseo. Él obedeció riendo, bajándose el pantalón. Su pito saltó libre, venoso y listo, oliendo a hombre puro. Lo tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Lo masturbé lento, viendo cómo se le ponían los ojos vidriosos.

Pero no quería acabar rápido. Lo besé bajando por su pecho, lamiendo el sudor salado de su abdomen marcado. Llegué a su entrepierna, inhalando profundo ese olor almizclado que me mareaba. Abrí la boca y lo engullí, saboreando el precum salado en mi lengua. Él gruñó, agarrándome el pelo con fuerza juguetona. —Órale, mami, qué chido te chupas la verga.

La tensión subía como olla exprés. Me puse de pie, quitándome la falda y la tanga, dejando mi coño a la vista, hinchado y brillante de jugos. Él se lamió los labios, jalándome hacia él. Me sentó en su regazo, su pito rozando mi entrada húmeda. Nos miramos a los ojos, un consentimiento mudo y ardiente. —Fóllame ya —susurré, y él empujó adentro de un jalón lento, estirándome delicioso.

¡Ay, wey! La sensación de llenura era brutal, su grosor pulsando contra mis paredes sensibles. Empecé a cabalgarlo, mis caderas girando en círculos, sintiendo cada vena frotando mi clítoris interno. El sonido de piel contra piel era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con nuestros jadeos. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo llenando el aire. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón, mandándome escalofríos.

—Más duro, Marco, dame verga como hombre —le pedí, clavándole las uñas en los hombros. Él aceleró, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. Sentía mi orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre.

No aguanto, me voy a venir como puta
. Grité cuando explotó, oleadas de placer sacudiéndome, mi coño contrayéndose alrededor de su pito como un puño caliente.

Él no se vino aún, me volteó boca abajo en el sofá, el cuero pegajoso contra mi piel febril. Entró de nuevo por atrás, profundo y posesivo. Cada estocada me hacía gemir, sus bolas golpeando mi clítoris. Olía a nuestro sudor mezclado, a Bedoyecta Tri olvidada en la mesa —esa promesa de energía ahora real en nuestros cuerpos incansables. Me jaló el pelo suave, besándome el cuello mientras me taladraba.

—Me vengo, Ana, ¿dónde quieres? —gruñó, su voz quebrada.

—Adentro, lléname —respondí, empoderada en mi deseo. Él rugió, hinchándose más antes de soltar chorros calientes que me bañaron por dentro. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, pulsos latiendo al unísono.

En el afterglow, yacimos enredados, el aire fresco de la noche entrando por la ventana. Su mano acariciaba mi pelo, besos suaves en mi frente. —Gracias por lo de la Bedoyecta Tri, el precio en Farmacia Guadalajara valió cada peso —bromeé, riendo bajito.

Él sonrió, apretándome contra su pecho.

Esto no acaba aquí, pendejito
, pensé, sabiendo que Guadalajara acababa de regalarme una noche inolvidable. El deseo se calmó, pero el fuego latente prometía más. Mañana, quizás otra caja, otro encuentro. Por ahora, solo piel contra piel, respiraciones sincronizadas, y la ciudad ronroneando afuera.

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