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La Máscara del Tri Desnuda mi Alma

6534 palabras

La Máscara del Tri Desnuda mi Alma

El estadio retumbaba con los gritos de la afición, pero yo estaba en un bar de la Condesa, rodeada de luces neón y el olor a chelas frías derramándose por todos lados. Era noche de partido del Tri, y el ambiente estaba que ardía. Yo, Ana, con mi blusa ajustada que marcaba mis curvas y unos shorts que dejaban ver mis piernas bronceadas por el sol de la Ciudad de México, buscaba algo más que un gol. Neta, llevaba semanas sin un buen revolcón, y esa energía del fútbol me tenía caliente como jalapeño.

De repente, lo vi. Alto, musculoso, con una máscara del Tri cubriéndole el rostro, esa clásica de luchador con los colores verde, blanco y rojo que brillaba bajo las luces. Se movía entre la gente como si fuera el rey del pedo, su pecho ancho sudado pegado a una camiseta del Tri que se le adhería al cuerpo. El corazón me latió fuerte,

¿quién chingados será este wey con esa máscara tan chida?
pensé, mientras un cosquilleo me subía por el estómago hasta los pezones, que se endurecieron contra la tela.

Me acerqué a la barra, pidiendo una michelada con sal y chile que picara como mis ganas. Él se paró a mi lado, su presencia invadiéndome con un aroma a hombre: sudor fresco mezclado con colonia barata y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Órale, murmuré para mí, sintiendo su brazo rozar el mío accidentalmente. Volteó la máscara hacia mí, y aunque no veía sus ojos, sentí la mirada perforándome.

¡Qué partido, carnala! —dijo con voz grave, ronca, como si hubiera gritado todos los goles.

—Sí, wey, pero tú con esa máscara del Tri estás dando más show que el Chicharito —le contesté coqueta, lamiéndome los labios con el borde salado de la chela.

Reímos, y de ahí fluyó la plática. Se llamaba Marco, o eso dijo, pero la máscara lo hacía misterioso, como un luchador listo para el combate. Hablamos de los partidos, de cómo el Tri nos ponía la piel chinita, pero pronto la charla se volvió personal. Me contó que la máscara era su amuleto para ligar, que le daba poder. Yo le confesé que me prendía ver a un vato disfrazado así, dominante pero juguetón. El bar vibraba con cánticos, el olor a tacos al pastor flotaba en el aire, y cada roce de su mano en mi cintura mandaba chispas por mi espina.

La tensión crecía con cada chela. Bailamos pegaditos cuando sonó un cumbia rebajada, su máscara fría contra mi mejilla caliente, sus manos firmes en mis caderas guiándome. Sentía su verga endureciéndose contra mi panza, dura como fierro, y yo me mojé tanto que el calor entre mis piernas era insoportable.

Quiero que me coja aquí mismo, pero hay que esperar
, me dije, mordiéndome el labio mientras su aliento caliente me rozaba el cuello.

—Vamos a mi depa, está cerca —susurró, su voz vibrando en mi piel.

—Llévame, máscara —respondí, empapada de deseo.

Salimos al fresco de la noche, el bullicio del bar quedando atrás. Caminamos rápido, sus pasos seguros, mi mano en la suya callosa. Llegamos a un edificio chido en la Roma, subimos en el elevador donde no pude resistir: lo besé sobre la máscara, saboreando el plástico mezclado con su sudor salado. Sus manos me amasaron el culo, apretando con fuerza que me sacó un gemido ahogado.

En su depa, luces tenues y posters del Tri en las paredes. Me quitó la blusa despacio, sus dedos ásperos rozando mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. Yo le arranqué la camiseta, besando su pecho velludo, lamiendo el sudor que sabía a sal y victoria. La máscara del Tri seguía puesta, y eso me volvía loca: anónimo, puro instinto animal.

Quítate todo menos la máscara, pendejo —le ordené, mi voz temblorosa de pura lujuria.

Se desvistió, su verga saltando libre, gruesa, venosa, goteando precum que olía a macho en celo. Lo empujé al sillón, me subí encima a horcajadas, frotándome contra él mientras la máscara me miraba impasible. El roce de su pija contra mi clítoris me hacía jadear, el sonido de mi coño mojado chorreando sobre su piel era obsceno, delicioso. ¡Neta, esto es lo que necesitaba!

Me penetró de golpe, llenándome hasta el fondo. Grité, el estirón ardiente pero placentero, sus caderas embistiéndome con ritmo de futbolista: fuerte, preciso. Sudábamos como en un sauna, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con mis ¡ay, cabrón! y sus gruñidos mascareados. Le clavé las uñas en la espalda, oliendo su aroma almizclado, probando el salitre de su cuello mientras rebotaba sobre él. Cada embestida mandaba ondas de placer desde mi útero hasta la punta de los dedos, mi clítoris rozando su pubis.

Cambié de posición, él me puso a cuatro patas en la cama, la máscara reluciendo en el espejo frente a nosotros. Me miró mientras me cogía por detrás, una mano en mi cadera, la otra jalándome el pelo.

Es como follar con un dios del ring
, pensé, el espejo mostrando mi cara de puta en éxtasis, tetas bamboleándose. Su verga me taladraba, golpeando mi punto G hasta que vi estrellas, el olor a sexo impregnando el cuarto: mi jugo, su sudor, puro vicio.

¡Córrete conmigo, máscara! —supliqué, mi voz ronca.

Aceleró, sus bolas chocando contra mi clítoris, y explotamos juntos. Mi orgasmo fue un tsunami, contrayéndome alrededor de su pija, chorros de placer saliendo de mí mientras él se vaciaba dentro, caliente, espeso, gruñendo como bestia. Colapsamos, jadeantes, su máscara aún puesta presionada contra mi espalda húmeda.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados en la cama revuelta. Me quitó la máscara por fin, revelando unos ojos cafés intensos y una sonrisa pícara. Marco, el wey normal pero con ese toque salvaje. Fumamos un cigarro —nada heavy, solo para relajarnos—, hablando de lo chingón que había sido. El sabor a tabaco y sexo en mi boca, su piel pegajosa contra la mía, el silencio roto por nuestros suspiros satisfechos.

—La máscara del Tri nos unió, ¿verdad? —dijo riendo.

Simón, y ojalá vuelva a ponértela pronto —contesté, besándolo suave, sintiendo ya el cosquilleo de ganas nuevas.

Me fui al amanecer, con el cuerpo dolorido pero el alma plena, el recuerdo de esa máscara grabado en mi piel como un tatuaje invisible. El Tri había ganado, pero yo gané la noche más fogosa de mi vida.

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