El Pasado Participio de Try en Tu Piel Ardiente
La noche en el rooftop de ese hotel en la Roma estaba cargada de ese calor pegajoso de mayo en la Ciudad de México. El aire olía a mezcal ahumado y a jazmines del jardín colgante, mientras la banda tocaba un son jarocho mezclado con beats electrónicos que hacía vibrar el piso bajo mis tacones. Yo, Valeria, con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva de mis caderas, sorbía mi paloma helada, sintiendo el hielo deslizarse por mi garganta como una promesa fresca. Ahí lo vi: Diego, güey alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble, camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en la pólvora.
Se acercó con un trago en la mano, oliendo a colonia cítrica y a hombre que sabe lo que quiere. "Órale, mamacita, ¿vienes mucho por acá?", dijo con esa voz grave que me erizó la piel de los brazos. Charlamos de todo: del pinche tráfico, de los tacos al pastor de la esquina, de cómo la vida en la CDMX te obliga a try cosas nuevas para no volverte loco. Reí cuando sacó el tema del inglés, medio pedo ya. "¿Sabes cuál es el pasado participio de try?", preguntó, inclinándose cerca, su aliento cálido rozando mi oreja. "Tried", respondí, mordiéndome el labio sin querer. Él se rio bajito. "Yo ya tried resistirme a invitarte a bailar, pero aquí estoy". Ese guiño, carnal, me prendió el fuego bajo la piel.
¡No mames, Valeria, este pendejo te va a volver loca con solo palabras!, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tamborazo zacatecano.
El baile fue el detonante. Sus manos en mi cintura, fuertes pero suaves, guiándome al ritmo. Sentía el calor de su cuerpo pegado al mío, el roce de su entrepierna endureciéndose contra mis nalgas. Sudor mezclado con su colonia, el sabor salado cuando lamió el lóbulo de mi oreja susurrando: "Ven conmigo, te enseño lo que tried olvidar". No lo dudé. Subimos a su depa en un Uber, el trayecto eterno con besos robados, sus dedos trazando mis muslos bajo la falda, mi mano apretando su paquete que ya latía como loco.
Acto primero cerrado: la puerta se cerró con un clic que sonó a rendición. Su loft era chido, minimalista con plantas y luces LED tenues que pintaban sombras en las paredes blancas. Me empujó suave contra la pared, besándome con hambre, lenguas enredadas probando tequila y deseo. "¿Quieres esto?", murmuró, ojos fijos en los míos, esperando mi sí. "Chingao, sí, Diego, hazme tuya", gemí, jalándole la camisa. Nos desnudamos lento, saboreando cada centímetro. Su piel morena brillaba bajo la luz, músculos tensos del gym, verga gruesa ya tiesa apuntándome. Yo, tetas firmes saliendo del brasier, panocha mojada palpitando.
La tensión crecía como tormenta en el Popo. Me llevó a la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio que contrastaban con nuestro calor. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio. Su aliento caliente en mi monte de Venus, olor a mi excitación invadiendo el aire. "Qué rica hueles, Valeria, como miel de maguey", gruñó. Lamidas expertas en mis labios mayores, lengua metiéndose en mi clítoris hinchado, chupando suave al principio, luego fuerte. Gemí alto, "¡Ay, cabrón, no pares!", arqueando la espalda, uñas en su cabello negro revuelto. Mis jugos cubriéndolo, salados y dulces en su boca.
Esto es el paraíso, güey, cada roce me hace tried no correrme ya, pero qué rico duele la espera.
Le pedí más. Lo volteé, montándome encima, piel contra piel resbalosa de sudor. Mi boca devoró su verga, venosa y caliente, sabor a piel limpia y pre-semen salado. Lo chupé profundo, garganta relajada, bolas en mi mano suave. Él jadeaba, "¡Puta madre, qué chida boca tienes!", caderas empujando leve. Lo llevé al borde, pero paré, sonriendo maliciosa. "Ahora yo mando, pendejo". Me subí a horcajadas, guiando su pija a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo.
El medio acto explotaba en intensidad. Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros como piedras. Sonidos obscenos: piel chocando, "plaf plaf", mis gemidos roncos mezclados con sus gruñidos. Sudor goteando de su frente a mi pecho, olor almizclado de sexo puro. Cambiamos: él encima, misionero profundo, piernas en sus hombros, embistiéndome como pistón. "Te sientes como terciopelo caliente, Valeria", jadeaba, besos mordidas en mi cuello. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas. La fricción perfecta, clítoris rozando su pubis, orgasmos construyéndose como olas en Acapulco.
Inner struggle: por un segundo dudé, "¿Y si es solo una noche?", pero su mirada, tierna y salvaje, me disipó. "Eres increíble, no pares de mirarme", suplicó. Aceleramos, cuerpos sincronizados, pulses latiendo al unísono. Grité primero, "¡Me vengo, Diego, chingado!", paredes contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando. Él siguió, profundo, hasta explotar dentro, semen caliente inundándome, "¡Sí, toma todo!". Colapsamos, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose lento.
Afterglow puro. Yacíamos en la cama deshecha, su cabeza en mi pecho, dedos trazando lazy circles en mi vientre. El aire olía a sexo satisfecho, sábanas pegajosas. "¿Sabías que el pasado participio de try es tried?", bromeé, riendo suave. Él levantó la cabeza, besándome la nariz. "Y yo tried no enamorarme esta noche, pero mira nomás". Hablamos bajito de sueños, de volvernos a ver, de tacos en El Califa mañana. Me sentí empoderada, deseada, completa. La luna se colaba por la ventana, testigo de nuestra conexión.
Salí al amanecer, piernas flojas pero alma llena, sabiendo que había tried el placer perfecto. México es así: te da noches que cambian todo.