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Mi Esposa Cojiendo en Trío

6745 palabras

Mi Esposa Cojiendo en Trío

Todo empezó una noche de esas que parecen sacadas de un sueño caliente en nuestra casa en Polanco, con las luces tenues del skyline de la Ciudad de México filtrándose por las cortinas. Yo, Carlos, llevaba meses fantaseando con ver a mi esposa Ana en acción con otro wey. Ana, mi morra de curvas perfectas, tetazas firmes y un culo que hace que cualquier pendejo voltee dos veces, siempre había sido juguetona en la cama. Pero esa idea de un trío nos tenía a los dos con la verga parada y la panocha mojada solo de pensarlo.

¿Y si lo hacemos de una vez? Neta que me muero por verte cogiendo con otro, mi amor, le dije una vez entre besos, mientras mis manos exploraban su piel suave como seda. Ella se rio, con esa risa ronca que me enciende, y me contestó: Órale, carnal, pero tiene que ser alguien chido, no cualquier pendejo. Así que invitamos a Marco, un cuate del gym, alto, musculoso, con esa mirada de lobo que promete folladas épicas. Era todo consensual, puro deseo mutuo, como en esas pláticas de parejas liberadas que hemos visto en Netflix.

La noche llegó con un calor que se sentía en el aire, mezclado con el aroma de su perfume de vainilla y el tequila reposado que servimos en vasos helados. Nos sentamos en el sofá de cuero, Ana en medio, con un vestido rojo ceñido que apenas contenía sus chichis. El sonido de la ciudad abajo era un murmullo lejano, como si el mundo se hubiera detenido para nosotros. Marco traía una sonrisa pícara, y yo sentía mi corazón latiendo como tambor en un antro.

Mi esposa cojiendo en trío... joder, solo imaginarlo me tenía la verga tiesa como fierro.

Ana empezó el juego rozando su muslo contra el de Marco, su piel bronceada brillando bajo la luz ámbar. ¿Listos para la fiesta, cabrones? dijo ella, con voz juguetona, mientras se inclinaba para darme un beso profundo, su lengua danzando con la mía, saboreando a tequila y deseo. Marco no se hizo de rogar; su mano grande subió por el vestido de Ana, acariciando su nalga firme. Yo observaba, el pulso acelerado, oliendo su excitación que ya empezaba a perfumar el aire.

La tensión crecía como una tormenta. Ana se giró hacia Marco y lo besó con hambre, sus labios carnosos devorando los de él mientras yo le quitaba el vestido de un jalón. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras preciosas, y el gemido que soltó fue música pura: Ahhh, sí, pinches cabrones. Marco las amasó con ganas, chupando uno mientras yo lamía el otro, sintiendo el sabor salado de su piel sudada. Ella jadeaba, arqueando la espalda, el sofá crujiendo bajo nosotros.

Nos movimos al piso, alfombra persa suave contra nuestras rodillas. Ana se arrodilló entre nosotros, ojos brillantes de lujuria. Quiero mamarlas a las dos, weyes. Sacamos las vergas, la mía gruesa y venosa, la de Marco larga y curva. Ella las tomó, una en cada mano, piel caliente contra piel palpitante. El sonido de su saliva chorreando mientras las mamaba era obsceno, slurp slurp, mezclado con sus mugidos ahogados. Yo sentía su lengua experta girando en mi glande, el calor húmedo envolviéndome, mientras veía cómo se esforzaba con la de Marco hasta las bolas.

Ver a mi esposa cojiendo en trío con la boca así de puta me volvía loco. Neta, era mejor que cualquier porno.

La escalada fue brutal. Ana se recostó, piernas abiertas, su panocha depilada reluciente de jugos, olor a excitación almizclada invadiendo todo. Cójanme ya, no aguanto, suplicó. Marco se posicionó primero, frotando su verga en sus labios hinchados antes de clavársela de un empujón. Ana gritó de placer, ¡Ay, cabrón, qué rica!, uñas clavándose en su espalda tatuada. Yo me masturbaba viéndolos, el slap slap de carne contra carne resonando, sudor goteando de sus cuerpos.

Me uní, metiendo mi verga en su boca mientras Marco la taladraba. Ella gemía alrededor de mí, vibraciones subiendo por mi columna. Cambiamos: yo la cogí misionero, sintiendo su coño apretado ordeñándome, paredes calientes pulsando, mientras Marco le mamaba las tetas y ella le jalaba las bolas. El aire estaba cargado de olores: sudor masculino, su crema íntima dulce, tequila derramado. Sus pechos rebotaban con cada embestida, piel roja de tanto frotar.

La intensidad subió cuando la pusimos en cuatro. Ana meneaba el culo como diosa, Más duro, pendejos, rómpanme. Marco la embistió por atrás, bolas golpeando su clítoris, mientras yo la besaba, probando el sabor de su saliva y mi propia pre-semen en su lengua. Ella temblaba, orgasmo acercándose, Me vengo, me vengo.... Explotó gritando, coño contrayéndose, chorros calientes mojando las piernas de Marco. Nosotros no paramos; la volteamos, doble penetración en mente, pero ella quiso primero vergas frotándose mutuamente contra su piel.

El clímax se avecinaba como volcán. La acostamos, Marco en su panocha, yo en su culo apretado y virgen para eso, lubricado con su propio néctar. Entramos despacio, ella gimiendo Sí, lléname, mis amores, el estiramiento visible en su cara de éxtasis. Nos movimos en ritmo, vergas separadas por una delgada pared, sintiendo el pulso del otro. Sudor chorreaba, mezclándose en charcos en su vientre. Sus ojos nos miraban, conexión profunda más allá de lo físico.

Mi esposa cojiendo en trío nos unía como nunca. Era puro fuego, puro amor salvaje.

Marco se vino primero, rugiendo como bestia, semen caliente inundando su coño, goteando por sus muslos. Eso me empujó al borde; embestí profundo en su culo, sintiendo contracciones ordeñándome, y exploté, chorros potentes pintando sus entrañas. Ana se vino de nuevo, cuerpo convulsionando entre nosotros, uñas rasguñando espaldas, gritos roncos llenando la habitación.

Caímos exhaustos, un enredo de cuerpos pegajosos, respiraciones jadeantes calmándose. El olor a sexo era espeso, placentero, como victoria. Ana nos besó a ambos, suave ahora, Pinches increíbles, eso fue chingón. Limpiamos con toallas suaves, riendo bajito, piel aún sensible al roce. Nos acurrucamos en la cama king size, sábanas frescas contra piel ardiente.

Al amanecer, con el sol filtrándose dorado, Ana susurró: Quiero más noches así, carnal. Marco se fue con promesa de repetición, pero lo nuestro se sentía más fuerte. Ese trío no rompió nada; lo soldó con fuego. Ahora, cada mirada de Ana me recuerda esa noche, el sabor de su placer compartido, el latido compartido. Neta, mi esposa cojiendo en trío fue el mejor capítulo de nuestra historia.

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