Trio Casero con Esposa Cachonda
Era una noche calurosa en nuestro departamento de la colonia Roma, con el ventilador zumbando como un mosco perezoso y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Javier, estaba recargado en el sofá con una chela fría en la mano, viendo cómo Ana, mi esposa, se movía por la cocina con ese shortcito que le marcaba el culo perfecto. Llevábamos casados cinco años y la chamaca seguía poniéndome como semental cada vez que la veía. Pinche suerte la mía, pensé, mientras ella reía con su voz ronca que me erizaba la piel.
Ana se acercó con dos cervezas más, sus tetas rebotando suaves bajo la blusa floja. Se sentó a mi lado, cruzando las piernas y rozándome el muslo con el suyo. "¿Qué onda, amor? ¿Ya te cansaste de la tele?" me dijo, mordiéndose el labio inferior. Yo le pasé la mano por la nuca, jalándola para un beso que empezó tierno pero rápido se puso baboso, con lenguas enredadas y el sabor salado de la cerveza mezclándose en nuestras bocas.
—Oye, ¿te acuerdas de lo que platicamos la otra vez? —le susurré al oído, oliendo su perfume mezclado con el sudor fresco de su piel—. Ese trió casero con esposa que vimos en un video... ¿No te late la idea?
Ella se sonrojó un poquito, pero sus ojos brillaron con picardía.
¡Ay, Javier, eres un pendejo caliente! Pero sí, me prende pensarlo... con alguien de confianza, ¿eh? Nada de locos.Así que le mandé un WhatsApp a Carlos, mi carnal de toda la vida, que vivía a dos cuadras. El wey llegó en menos de quince minutos, con una sonrisa de oreja a oreja y una botella de tequila bajo el brazo. "¿Qué pedo, compadres? ¿Fiestón?" dijo, dándonos la mano mientras entraba.
Nos sentamos los tres en el sofá grande, con música de fondo de Natalia Lafourcade sonando bajito para no despertar a los vecinos. Las chelas corrían, las pláticas fluían sobre el trabajo, el fut y las chavas del gym. Pero el aire se cargaba de electricidad. Ana se recargaba en mí, su mano descansando en mi verga que ya se ponía dura bajo los jeans. Carlos lo notaba todo, sus ojos devorando las curvas de mi vieja.
Yo rompí el hielo: "Órale, carnal, Ana y yo hemos estado fantaseando con un trió casero con esposa. ¿Te animas? Todo chido, sin broncas." Carlos se quedó callado un segundo, tragando saliva, pero luego asintió con la cabeza, su mirada fija en los labios de Ana. Esto va a estar de huevos, pensé, sintiendo el pulso acelerado en las sienes.
La tensión crecía como el calor de la noche. Ana se levantó primero, meneando las caderas al ritmo de la rola. "¿Y si bailamos un rato?" propuso, jalando a Carlos de la mano. Yo los vi desde el sofá: ella pegada a él, frotando su panocha contra la entrepierna del wey, mientras yo me quitaba la playera sintiendo el aire fresco en mi pecho sudoroso. El olor a excitación empezaba a llenar la sala, ese aroma almizclado que te pone la piel de gallina.
Carlos la besó primero, un beso tímido que Ana convirtió en fuego puro, metiendo la mano por su camisa para acariciar sus pectorales. Yo me uní, besando el cuello de mi esposa, mordisqueando esa piel salada que tanto me gustaba. ¿Será que estoy celoso? No, carnal, esto es puro desmadre consensuado, me dije mientras mis manos bajaban a sus nalgas, apretándolas firmes. Ana gemía bajito, "Sí, así... mis hombres...", su voz entrecortada por la respiración agitada.
Nos fuimos al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. El colchón king size nos recibió con sus sábanas frescas de algodón egipcio. Ana quedó en el centro, desnuda como diosa azteca, sus pezones duros como piedras de obsidiana y su concha ya brillando de jugos. Yo me arrodillé a un lado, lamiendo sus tetas, saboreando el sudor dulce mientras Carlos besaba su vientre, bajando despacio. El sonido de su lengua chupando la hace arquear la espalda, observé, mi verga palpitando dura como fierro.
Ana nos miró con ojos nublados de deseo.
Los dos... fóllenme, cabrones. Quiero sentirlos adentro.Carlos se quitó los calzones, su pito grueso saltando libre, venoso y listo. Yo lo unté de saliva antes de que se metiera entre las piernas de Ana, penetrándola lento. Ella ahogó un grito, "¡Ay, pinche verga grande!", clavando las uñas en su espalda. Yo me puse de rodillas frente a su cara, y ella me lo tragó entero, mamando con esa boca caliente y húmeda que me volvía loco. El cuarto se llenó de sonidos: el chapoteo de la verga de Carlos entrando y saliendo, los gemidos ahogados de Ana, el slap-slap de su cabeza contra mi pubis.
El sudor nos cubría a los tres, gotas resbalando por espaldas y pechos, mezclándose con el olor a sexo puro, ese almizcle animal que te inunda las fosas nasales. Cambiamos posiciones: Ana a cuatro patas, yo embistiéndola por atrás, sintiendo su culo rebotar contra mis caderas, mientras Carlos se la chupaba desde enfrente. Su coño aprieta como nunca, caliente y resbaloso, pensé, acelerando el ritmo hasta que sus paredes internas me ordeñaban. Ella gritaba placer, "¡Más fuerte, Javier! ¡Carlos, no pares de lamer!"
La intensidad subía como volcán en erupción. Ana se corrió primero, temblando entera, su concha contrayéndose en espasmos que me mojaron las bolas. ¡Qué chingón verla así, perdida en el éxtasis! Carlos la siguió, sacando su verga para pintarle la cara de leche espesa, que ella lamió con deleite, mirándome fijo. Yo aguanté lo más que pude, volteándola para follarla misionero, con Carlos besándole las tetas. El clímax me pegó como rayo: eyaculando profundo dentro de ella, sintiendo cada chorro caliente llenándola mientras su cuerpo se convulsionaba conmigo.
Nos quedamos tirados los tres, jadeando, con el ventilador secando el sudor de nuestra piel. Ana en medio, acariciándonos las caras. "Eso estuvo de la chingada, amores. Un trió casero con esposa perfecto." Carlos rio bajito, "Pinches pervertidos, pero qué rico." Yo la besé en la frente, oliendo su cabello revuelto. No hay celos, solo conexión más fuerte, reflexioné, mientras el sueño nos vencía en un enredo de piernas y brazos.
Al día siguiente, el sol entraba por las cortinas, y Ana preparaba café con esa sonrisa satisfecha. Carlos se despidió con un abrazo fraternal. "¿Repetimos pronto?" preguntó. Nosotros asentimos, sabiendo que este desmadre había avivado la llama. Nuestra vida sexual, ya de por sí ardiente, ahora tenía un nuevo nivel de picante mexicano.