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Que Se Siente Un Trío de Placer

7318 palabras

Que Se Siente Un Trío de Placer

La noche en Playa del Carmen estaba cargada de ese calor húmedo que se pega a la piel como una promesa. Marco y yo llevábamos semanas hablando de esto, de esa fantasía que nos rondaba la cabeza como un secreto jugoso. ¿Qué se siente un trío? me preguntaba yo en voz baja mientras nos besábamos en la terraza del hotel, con el mar susurrando a lo lejos. Él me respondía con esa sonrisa pícara, sus manos firmes en mi cintura, oliendo a sal y a su colonia favorita, esa que me volvía loca.

Luisa era la amiga perfecta para esto. La conocíamos de la uni en Cancún, una morra alta, con curvas que quitaban el hipo y una risa que iluminaba todo. Neta, siempre había habido química entre los tres, pero nunca la habíamos cruzado la línea. Esa noche la invitamos a cenar en el restaurante del hotel, con velas y mariscos frescos que sabían a océano puro. El vino tinto fluía, y las pláticas se ponían cada vez más calientes. Marco contaba anécdotas de sus viajes, pero sus ojos se clavaban en nosotras dos, como si ya estuviera imaginando lo que vendría.

Yo sentía un cosquilleo en el estómago, una mezcla de nervios y excitación que me hacía apretar las piernas bajo la mesa.

¿Y si no sale bien? ¿Y si me da celos?
pensaba, mientras veía cómo Luisa se lamía los labios después de un bocado de langostinos. Pero Marco me guiñó el ojo, y su pie rozó el mío por debajo de la mesa. Órale, eso fue la señal. Terminamos la cena y subimos a nuestra suite, con el aire acondicionado zumbando suave y las luces de la ciudad brillando por las ventanas panorámicas.

En la sala, con cocteles en mano, la tensión empezó a escalar. Luisa se sentó en el sofá entre nosotros, su vestido rojo ajustado subiendo un poco por sus muslos bronceados. Olía a coco y a algo floral, un perfume que me hacía querer acercarme más. Marco puso música, un reggaetón suave con bajo profundo que vibraba en el pecho. Bailamos los tres, pegaditos, mis caderas rozando las de ella, sus manos en la espalda de Marco. Sentí su aliento cálido en mi cuello cuando se inclinó para susurrarme al oído: "Neta, Ana, siempre quise esto. ¿Qué se siente un trío? Vamos a descubrirlo juntas."

Mi corazón latía como tamborazo en la piel. La besé primero, suave, probando sus labios carnosos que sabían a vino dulce y a menta. Marco nos miró, su respiración pesada, y se unió, besándome el hombro mientras sus dedos trazaban la curva de mi espalda. El roce de sus pieles contra la mía era eléctrico, como chispas en la oscuridad. Nos fuimos desvistiendo despacio, riéndonos nerviosos, pero con esa hambre que no se disimula. Mi blusa cayó al piso con un plop suave, y Luisa me quitó el brasier con dientes juguetones, mordisqueando mi piel hasta que gemí bajito.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda desnuda, el mundo se redujo a sensaciones. Marco se arrodilló entre mis piernas, su lengua experta lamiendo lento, saboreando mi humedad que ya chorreaba. "Estás empapada, mi amor", murmuró, su voz ronca vibrando contra mi clítoris. Luisa se recostó a mi lado, sus tetas perfectas rozando mi brazo, y me besó profundo mientras sus dedos jugaban con mis pezones, pellizcándolos justo lo suficiente para que el placer doliera rico. Olía a sexo incipiente, ese aroma almizclado que llena el aire, mezclado con el sudor salado de nuestros cuerpos.

Yo quería devolvérselas. Giré hacia ella, besando su cuello, bajando por su vientre plano hasta llegar a ese triángulo de vello recortado. La probé, neta, era exquisita, jugosa como mango maduro, con un sabor ácido y dulce que me hizo gemir contra su piel. Marco nos observaba, pajeadose despacio, su verga dura y venosa palpitando en su mano.

Esto es lo que se siente un trío, cabrones: puro fuego compartido, sin dueños, solo placer puro.
La volteé para que estuviera a cuatro patas, y él se colocó detrás, embistiéndola con un gruñido animal que retumbó en la habitación.

El ritmo se aceleró. Yo debajo de ella, lamiendo donde podía, sintiendo cómo su cuerpo temblaba con cada embestida de Marco. Sus gemidos eran música, agudos y roncos, mezclados con los míos cuando ella metía dos dedos en mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido de carne contra carne, plaf plaf plaf, era hipnótico, acompañado del crujir de la cama y nuestras respiraciones jadeantes. Sudábamos a chorros, el olor a sexo intenso impregnando todo, como un afrodisíaco natural.

Marco salió de ella y me penetró a mí, profundo, llenándome hasta el fondo mientras Luisa me besaba, sus tetas aplastadas contra las mías. "Córrele, Ana, déjate ir", me dijo él al oído, su aliento caliente, sus bolas golpeando mi culo con cada estocada. Ella se masturbaba viéndonos, sus dedos volando sobre su clítoris hinchado. Sentí el orgasmo venir como una ola gigante, mi cuerpo tensándose, músculos contraídos, visión borrosa. Grité, neta, un grito liberador que salió de lo más hondo, mientras mi coño se contraía alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas.

No paramos ahí. Cambiamos posiciones como en un baile coreografiado. Luisa encima de mí en 69, sus muslos gruesos aprisionando mi cabeza mientras yo la chupaba con furia, tragándome sus jugos. Marco nos follaba alternando, primero a una, luego a la otra, su sudor goteando sobre nosotras como lluvia caliente. "Pinches diosas", jadeaba él, y nosotras reíamos entre gemidos, empoderadas en esa entrega total. El tacto de sus pieles era adictivo: suave la de ella, áspera la barba de él raspando mi interior de muslos.

El clímax final fue épico. Los tres juntos, yo en el medio, Marco embistiéndome por detrás mientras Luisa me comía el clítoris. Sus lenguas y vergas se rozaban accidentalmente, añadiendo un toque sucio y delicioso. Sentí sus pulsos acelerados contra mí, corazones latiendo al unísono.

Esto es la neta del plan, qué se siente un trío: ser el centro del universo, multiplicado por tres.
Luisa se corrió primero, temblando violentamente sobre mi boca, su grito ahogado en mi piel. Marco gruñó profundo, llenándome con su leche caliente que se desbordaba por mis piernas. Yo exploté de nuevo, olas y olas de éxtasis que me dejaron temblando, sin huesos.

Nos quedamos ahí, enredados, respiraciones calmándose poco a poco. El aire olía a sexo satisfecho, a cuerpos saciados. Marco me besó la frente, Luisa acarició mi pelo revuelto. No hubo celos, solo una conexión más profunda, como si hubiéramos cruzado un umbral juntos. Afuera, el mar seguía su canto eterno, testigo mudo de nuestra noche.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despertamos con sonrisas perezosas. Desayunamos en la cama, frutas frescas y café humeante, riéndonos de los detalles. "¿Y qué se siente un trío?" pregunté juguetona. Luisa se encogió de hombros, guiñándome: "Mejor que soñar, wey. Repetimos cuando quieran." Marco asintió, su mano en mi muslo. Y yo, con el cuerpo aún zumbando de recuerdos táctiles, supe que esto nos había unido más. No era solo sexo; era confianza, deseo compartido, puro amor en trio.

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