Triada de Charcot en Esclerosis Múltiple Desatada
Ana se miró en el espejo del baño de su departamento en la Condesa, con esa luz suave de la tarde colándose por la ventana. Sus ojos temblaban levemente, un nistagmo cabrón que no la dejaba enfocar bien. La triada de Charcot de su esclerosis múltiple la había agarrado fuerte esa semana: el temblor en las manos cuando intentaba peinarse, la habla escandida que hacía que sonara como si estuviera recitando poesía rota, y esos ojos traicioneros que bailaban sin permiso. Pero hoy no era día de quejarse. Marco llegaba en media hora, y neta, el wey la ponía como nunca.
Se recargó en el lavabo, oliendo el aroma de su crema de lavanda, esa que compraba en el mercado de San Ángel.
¿Y si hoy le digo que no puedo? ¿Que esta enfermedad me está comiendo viva?pensó, pero sacudió la cabeza. No, pendeja, Marco la quería tal como era, con temblores y todo. Habían empezado hace seis meses, en una fiesta de amigos en Polanco, donde él la vio tropezar por el tremor y en vez de burlarse, la ayudó con una sonrisa que derretía hielos.
El timbre sonó, y Ana sintió ese cosquilleo en el estómago, como mariposas chingonas. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa playera ajustada que marcaba sus pectorales. "¡Hola, mi amor!" dijo ella, pero las palabras salieron es-can-di-das, pausadas como si midiera cada sílaba. Marco no se inmutó; la jaló hacia él y la besó profundo, su lengua saboreando a menta fresca.
"Estás preciosa, Ana. ¿Cómo te sientes hoy?" murmuró contra sus labios, su aliento cálido rozándole la piel. Ella rió bajito, temblando un poco en los brazos. "Mejor ahora que estás aquí, cabrón. Pero esta triada de Charcot me tiene loca, mis ojos no paran de moverse y las manos... mira." Extendió la palma, y el tremor la hacía vibrar como un celular en silencio.
La llevó al sillón de la sala, con vista al parque México. El sol pintaba todo de dorado, y el ruido lejano de los chilangos caminando se colaba por la ventana entreabierta. Marco se sentó y la puso en sus piernas a horcajadas, sus manos firmes en su cintura. "Déjame cuidarte, mi reina." Empezó masajeando sus hombros, dedos fuertes deshaciendo nudos. Ana cerró los ojos –o lo intentó, con el nistagmo jodiendo– y sintió el calor de sus palmas filtrándose en su piel, bajando por la espalda.
El deseo creció lento, como el tráfico en Insurgentes a las seis. Sus besos se volvieron hambrientos, lenguas enredándose con sabor a café de la mañana que ella aún traía. Marco deslizó las manos bajo su blusa, rozando pezones que se endurecieron al instante. "¡Ay, wey!" gimió ella, voz entrecortada por la esclerosis múltiple, pero él solo sonrió. "Me encanta cómo suenas, Ana. Esa habla tuya me prende."
La desvistió con cuidado, admirando su cuerpo curvilíneo, piel morena brillando bajo la luz. El tremor en sus manos hacía que sus propios dedos temblaran al tocarlo, pero eso solo aumentaba la electricidad. Él besó su cuello, inhalando su perfume mezclado con sudor ligero de anticipación. "Hueles a pecado, mi amor." Sus labios bajaron al pecho, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ana arqueó la espalda, un jadeo escapando: "¡Más, pendejo, no pares!"
Pero el conflicto interno la pinchaba.
¿Y si el tremor me hace torpe? ¿Si no puedo moverme como antes?Marco lo notó en su pausa. "Mírame, Ana. Eres perfecta. Esta triada de Charcot es parte de ti, y yo la quiero toda." La volteó con gentileza, poniéndola de espaldas en el sillón, rodillas en el piso. Sus manos exploraron su culo redondo, amasándolo mientras lamía su oreja. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el zumbido de un coche pasando afuera.
Gradualmente, la tensión escaló. Ana se giró, queriendo tomar control. Sus manos temblorosas bajaron el zipper de sus jeans, liberando su verga dura, palpitante. "Mira lo que me haces, cabrona," gruñó él, voz ronca. Ella la tomó, el tremor haciendo un vaivén irregular que lo volvió loco. "¡Neta, eso se siente chingón!" Marco jadeó, caderas empujando. El sabor salado de la punta en su lengua la hizo gemir, succionando con hambre, saliva chorreando.
La levantó como pluma –gracias a sus horas en el gym– y la llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo ellos. El aire olía a sexo inminente, almizcle y lavanda. La recostó, abriendo sus piernas. "Déjame probarte." Su lengua se hundió en su concha húmeda, lamiendo clítoris hinchado. Ana gritó, voz escandida: "¡Sí... ahí... no... pares!" El nistagmo hacía que su visión danzara, intensificando cada lamida como fuegos artificiales. Sus jugos dulces lo empapaban, y él bebía como sediento.
El inner struggle de Ana se disipaba con cada oleada de placer.
Esta enfermedad no me define. Marco me hace sentir viva, deseada.Se incorporó, montándolo. El tremor en sus muslos hacía rebotes irregulares, pero eso creaba un ritmo único, profundo. Él agarró sus caderas, guiándola. "¡Muévete, mi amor, rómpeme!" Sudor perlaba sus cuerpos, pieles chocando con palmadas húmedas. El olor a sexo saturaba el cuarto, pulsos acelerados latiendo en sincronía.
La intensidad subió. Marco la volteó a cuatro patas, penetrándola lento al principio, sintiendo su calor apretado. "Estás tan mojada, Ana." Empujones más fuertes, verga rozando paredes sensibles. Ella empujaba hacia atrás, temblando entera. "¡Más duro, wey, hazme tuya!" La triada de Charcot amplificaba todo: temblores sincronizados con embestidas, habla entrecortada en gemidos, ojos danzando en éxtasis borroso.
El clímax se acercó como tormenta en el Popo. Ana sintió la presión building, útero contrayéndose. "¡Me vengo, Marco!" gritó, voz rota. Él aceleró, bolas golpeando su clítoris. "¡Juntos, mi reina!" Explosiones de placer la sacudieron, concha ordeñando su leche caliente que la llenó, goteando por muslos. Él rugió, colapsando sobre ella, besos en la nuca sudada.
En el afterglow, yacían enredados, respiraciones calmándose. El sol se ponía, tiñendo la habitación de rosa. Marco acarició su cabello. "Eres mi todo, Ana. La esclerosis múltiple y su triada no cambian eso." Ella sonrió, ojos aún temblando pero corazón firme.
Esta noche, me sentí poderosa. Enferma pero jodidamente viva.Se acurrucaron, saboreando paz, con el rumor de la ciudad como nana.
Horas después, mientras cenaban tacos de suadero de la esquina –jugosos, con cilantro fresco–, hablaron del futuro. "Vamos a viajar a la playa, ¿sí? Cancún, con playas chidas y masajes." Ana rió, temblor en la mano al tomar la chela. "Contigo, hasta el fin del mundo, pendejo." El deseo latente prometía más noches así, donde la enfermedad era solo fondo para su pasión imparable.