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El Reino Prohibido de Lars von Trier

7117 palabras

El Reino Prohibido de Lars von Trier

Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el cuerpo al colchón como si el aire mismo quisiera comerte vivo. Yo, Ana, acababa de llegar del trabajo, con el sostén marcado en la piel por el sudor del metro abarrotado. Mi carnal, Javier, ya estaba tirado en el sillón del depa, con la tele prendida y una chela en la mano. "Mira esto, mija", me dijo con esa voz ronca que siempre me eriza la piel. "The Kingdom de Lars von Trier. Es una serie danesa de un hospital embrujado, pero está padísima. Te va a volar la cabeza."

Me quité los zapatos de tacón, sintiendo cómo los pies me latían de alivio al tocar el piso fresco. El olor a tacos de la esquina se colaba por la ventana entreabierta, mezclado con el aroma de su colonia barata que tanto me gustaba. Me senté a su lado, pegadita, mi muslo rozando el suyo. La pantalla parpadeaba con luces verdes hospitalarias, pasillos interminables y doctores locos hablando en danés subtitulado. Algo en esa atmósfera opresiva, con susurros fantasmales y secretos enterrados, me empezó a revolver por dentro. Javier me pasó la chela, sus dedos gruesos rozando los míos, y sentí un cosquilleo que bajó directo a mi entrepierna.

¿Por qué carajos esta serie me está poniendo caliente?, pensé mientras veía a una enfermera rubia con ojos de loca. El sonido de los monitores pitando, el eco de pasos en corredores vacíos, todo parecía un preludio a algo prohibido. Javier se recargó en mí, su aliento cálido en mi cuello. "¿Ves? Es como un reino subterráneo, lleno de pecados", murmuró, y su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. Mi corazón empezó a galopar como caballo desbocado en las carreras de Hipódromo.

Apagué la tele con un clic seco. El silencio del depa nos envolvió, roto solo por el zumbido del ventilador y el tráfico lejano de Insurgentes. "Javi, esto de The Kingdom de Lars von Trier me tiene toda mojadita", le confesé, mi voz saliendo entrecortada. Él sonrió con esa mueca pícara, de pendejo que sabe lo que provoca. "¿Ah sí, mamacita? ¿Quieres que juguemos a ser del reino ese?" Sus labios rozaron mi oreja, y el vello de mi nuca se paró en seco. Olía a hombre, a sudor limpio y a deseo crudo.

Acto uno del juego: el hospital embrujado. Me puse de pie, quitándome la blusa con lentitud, dejando que viera mis tetas rebotar libres del brasier. "Soy la enfermera fantasma", le dije, imitando el acento danés torpe. Él se levantó, quitándose la playera, mostrando ese pecho moreno y marcado de tanto gym en el parque. Sus manos me tomaron de la cintura, piel contra piel, cálida y áspera. El tacto de sus palmas callosas me hizo jadear. Caminamos al cuarto como en esos pasillos eternos, mi espalda contra la pared fría, él presionándome con su cuerpo duro.

En el cuarto, la cama deshecha nos esperaba como un altar pagano. La luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando sombras danzantes en las paredes. Javier me empujó suave sobre las sábanas, su boca devorando mi cuello, lamiendo el salado de mi piel. "En este reino, reina, nadie nos ve", susurró, y sus dientes me mordisquearon el lóbulo de la oreja. Sentí su verga tiesa contra mi cadera, gruesa y pulsante, pidiendo entrada. Mi panocha se contraía de anticipación, húmeda como charco después de tormenta.

Le bajé el pantalón con urgencia, liberando esa polla morena que tanto me volvía loca. La tomé en la mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba. "Chúpamela, enfermera", ordenó con voz grave, y yo obedecí, arrodillándome. El sabor salado de su prepucio me llenó la boca, mezclado con el leve amargo de sudor. Lo mamé despacio al principio, lengua girando en la cabeza, luego más hondo, hasta que sus gemidos roncos llenaron el aire. "¡Órale, qué chida chupas, pinche reina!" Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome, pero siempre suave, siempre con ese consentimiento que nos unía.

Me levantó, me tiró a la cama. Ahora él era el doctor del reino, explorando mi cuerpo como territorio virgen. Sus dedos se hundieron en mi calzón, encontrando mi clítoris hinchado. "Estás empapada, mi amor", dijo, y metió dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chapoteante de mi jugo era obsceno, delicioso. Gemí alto, arqueando la espalda, oliendo mi propio aroma almizclado subiendo al aire. Su boca bajó a mis tetas, chupando los pezones duros como caramelos, mordisqueando hasta doler rico.

La tensión crecía como tormenta en el Popo.

Esto es mejor que cualquier serie, Javi me lleva al cielo con solo mirarme así, con hambre de lobo.
Le rogué: "Métemela ya, pendejo, no aguanto". Se puso encima, su peso cómodo, protector. La punta de su verga rozó mi entrada, lubricada y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué grande estás!" Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, piel chocando con palmadas húmedas, sudores mezclándose en un olor embriagador de sexo puro.

El medio acto explotó en frenesí. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en el reino de Lars von Trier. Mis caderas giraban, su verga golpeando profundo, rozando mi G-spot. Él me amasaba las nalgas, metiendo un dedo en mi ano para más placer, todo con mi jadeante. Los sonidos: mis grititos agudos, sus gruñidos guturales, la cama crujiendo como hueso roto. El gusto de su piel cuando lo besé, salado y vivo. Olía a nosotros, a pasión mexicana cruda, sin filtros.

Pienso en esa serie, en sus fantasmas, pero aquí no hay muerte, solo vida palpitando dentro de mí. Aceleré, mis tetas rebotando, clítoris frotándose contra su pubis. Él se incorporó, chupándome mientras follábamos, sus manos en mi espalda baja. La presión subía, bolas de fuego en mi vientre, hasta que exploté. "¡Me vengo, Javi, no pares!" Mi coño se apretó como tenaza, jugos chorreando, cuerpo temblando en olas interminables. Él resistió, pero segundos después gruñó: "¡Ya me vengo, reina!" y llenó mi interior con chorros calientes, su semen mezclándose con el mío en un calor pegajoso.

Caímos exhaustos, jadeando. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón desacelerar. El afterglow nos envolvió como sábana tibia. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero en nuestro depa, éramos reyes de un reino propio, inspirado en The Kingdom de Lars von Trier pero transformado en puro éxtasis. "Te amo, pendejita", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, oliendo nuestros fluidos secándose en la piel. "Y yo a ti, mi doctor fantasma. Mañana vemos el siguiente capítulo... y repetimos."

En ese momento, supe que nuestra historia era mejor que cualquier ficción danesa. El deseo no necesita pasillos embrujados; basta con dos cuerpos que se entienden al primer roce.

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