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Triadas de Medicina Ardiente

6277 palabras

Triadas de Medicina Ardiente

Estaba en mi tercer año de medicina en la UNAM, y la neta, el estrés de las prácticas me tenía hasta la madre. Me llamaba Daniela, una chava de veintitrés tacos, con curvas que volvían locos a los vatos del salón, pero yo andaba enfocada en no reprobar anatomía. Ahí fue cuando conocí a Marco y a Sofía. Marco, un morro alto, moreno, con ojos que te desnudaban con la mirada, y Sofía, una morra preciosa, de piel canela, tetas firmes y un culo que no mentía. Los tres formamos una triada de medicina para estudiar, porque solos no le hacíamos, pero juntos... ay, juntos éramos dinamita.

La primera vez que nos juntamos fue en el departamentito de Sofía en Coyoacán. El aire olía a copal de la tiendita de la esquina y a café de olla que ella preparó. Nos sentamos en el sillón viejo, con libros de fisiología abiertos, pero la tensión se sentía en el ambiente. Marco explicaba el sistema nervioso, rozando mi pierna "sin querer" con la suya. Sentí el calor de su muslo contra el mío, piel contra piel bajo las faldas cortas que usábamos por el calor bochornoso de la Ciudad. ¿Qué pedo, Dani? Concéntrate, me dije, pero mi pulso se aceleraba como si estuviera en una taquicardia ventricular.

Sofía se reía de todo, su voz ronca y juguetona. "Órale, Marco, no seas pendejo, explícale bien a la Daniela esa triada simpática del corazón". Y así hablábamos de triadas medicina, de esos grupos de tres síntomas que salvan vidas, pero en mi cabeza ya se formaba otra triada, una prohibida, carnal. Al final de la sesión, cuando el sol se colaba naranja por la ventana, Marco me miró fijo. "Dani, neta que eres bien chida estudiando... y no solo eso". Su aliento mentolado me rozó el cuello cuando se acercó a despedirse. Me quedé con las bragas húmedas y el corazón latiendo a mil.

La segunda juntada fue en mi casa, un depa chiquito en la Narvarte. Preparé tacos de suadero y chelas frías. El olor a carne asada llenaba el aire, mezclado con el perfume dulce de Sofía, que traía un vestido ajustado que marcaba sus chichis perfectas. Estudiábamos neurología, pero las manos no paraban quietas. Sofía me acomodó el pelo, sus dedos suaves como pluma en mi nuca, enviando chispas por mi espina. Marco, sentado al otro lado, ponía su mano en mi rodilla, subiendo despacito.

Esto no está bien, pero se siente tan chingón... ¿y si lo dejamos pasar? Solo una vez
, pensé, mordiéndome el labio.

"Vamos a practicar una exploración física", dijo Sofía con picardía, su voz baja como un ronroneo. Se paró y se quitó la blusa, quedando en bra de encaje negro. Sus pezones se marcaban duros contra la tela. Marco jadeó, y yo sentí mi panocha palpitar. "Soy la paciente", siguió ella, "explórenme". Me levanté temblando, mis manos tocando su piel cálida, suave como seda. Olía a vainilla y a mujer excitada. Marco se acercó por detrás, besándome el hombro, su verga ya dura presionando mi culo. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, junto al zumbido del ventilador viejo.

Nos fuimos al sillón, un enredo de cuerpos. Besé a Sofía primero, sus labios carnosos, su lengua dulce invadiendo mi boca con sabor a tequila. Gemí contra ella, mis manos en sus tetas, amasándolas, sintiendo los pezones endurecerse bajo mis palmas. Marco nos veía, masturbándose despacio, su verga gruesa y venosa reluciendo con precum. "Vengan, cabrones", gruñó, y nos unimos. Lamí el cuello de Sofía mientras Marco chupaba mis tetas, succionando fuerte, dejando marcas rojas. El placer era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando atención.

La cosa escaló cuando Sofía se hincó frente a mí, bajándome las calzas. "Mira qué rica panocha tienes, Dani", murmuró, su aliento caliente en mi monte de Venus. Su lengua lamió mi raja despacio, saboreando mis jugos salados y dulces. Gemí alto, ¡la chingada!, agarrando su pelo negro. Marco se metió en mi boca, su verga llenándome, sabor musgoso y salado. Chupé con ganas, sintiendo sus venas pulsar contra mi lengua. El cuarto apestaba a sexo: sudor, fluidos, lujuria pura. Nuestros cuerpos se movían en ritmo, una triada de medicina convertida en triada de placer.

Marco me penetró primero, desde atrás mientras yo lamía a Sofía. Su verga entraba dura, estirándome delicioso, golpeando mi punto G con cada embestida. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, mis gritos ahogados en la chocha de Sofía. Ella se corría primero, temblando, sus muslos apretándome la cara, jugos empapándome la boca. "¡Sí, pinche Dani, así!", chilló. Yo exploté después, oleadas de éxtasis recorriéndome, mi coño contrayéndose alrededor de Marco. Él gruñó como animal, llenándome de leche caliente, chorros espesos que sentí chorrear por mis piernas.

Pero no paramos. Cambiamos posiciones en la cama deshecha. Sofía montó a Marco, su culo rebotando, tetas saltando hipnóticas. Yo me senté en su cara, frotando mi clítoris contra su lengua hábil. El olor de su sudor mezclado con mi crema, el sabor de su boca devorándome. Marco la follaba fuerte, sus bolas golpeando su perineo. Esto es nuestra triada, nuestra medicina contra el estrés, pensé en medio del delirio. Sofía se vino de nuevo, gritando "¡Me vengo, cabrones!", y yo la seguí, rociando su cara. Marco nos volteó a las dos, corriéndose sobre nuestros vientres, semen caliente pintándonos como obra de arte.

Agotados, nos quedamos tirados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire pesado con olor a semen y sudor, pieles pegajosas. Sofía me besó suave, "Neta, Dani, esto fue lo mejor de medicina". Marco rio, abrazándonos. "Nuestra triada medicina secreta, ¿va?". Asentí, sintiendo una paz profunda, empoderada. Ya no era solo estudio; era conexión, placer compartido.

Desde esa noche, nuestras sesiones de estudio siempre terminaban igual: exploraciones profundas, clímax compartidos. La universidad seguía siendo un desmadre, pero con nuestra triada, todo valía la pena. Caminábamos por los pasillos, miradas cómplices, sabiendo que detrás de los libros había fuego. Y así, en medio de disecciones y guardias, encontramos nuestra propia cura: el placer en tres.

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