La Conquista Ardiente del General Angel Trias
Me llamo Sofía, y desde que pisé la Ciudad de México por primera vez como reportera freelance, supe que esta urbe me iba a cambiar la vida. Pero nada me preparó para él: el General Angel Trias. Lo había visto en las noticias, un tipo alto, de hombros anchos, con esa mirada de acero que te atraviesa el alma. Era un héroe de las fuerzas armadas, un cabrón condecorado que ahora manejaba sus propios negocios en Polanco, rodeado de lujos y mujeres que babeaban por su uniforme impecable. Yo iba a entrevistarlo para un artículo sobre líderes militares en la transición a la vida civil. Neta, qué nervios, pensé mientras subía al penthouse en el elevador de cristal, oliendo a su colonia cara flotando en el aire antes siquiera de entrar.
La puerta se abrió y ahí estaba, en camisa blanca arremangada, mostrando unos antebrazos musculosos que gritaban poder. "Pásale, Sofía, mamacita", dijo con esa voz grave, como un ronroneo que me erizó la piel. El departamento era un pinche sueño: ventanales del piso al techo con vista al skyline, muebles de piel italiana, y un olor a café recién molido mezclado con su esencia masculina. Nos sentamos en el sofá, yo con mi libreta en mano, pero mis ojos no podían dejar de recorrer su pecho que se marcaba bajo la tela. "¿Qué quieres saber del General Angel Trias, preciosa?", preguntó, sirviéndome un tequila reposado que sabía a humo y fuego en mi lengua.
Empecé con preguntas formales: su carrera, las misiones en el norte, cómo dejó el ejército. Pero cada respuesta venía con una sonrisa pícara, un roce casual de su rodilla contra la mía. Sentía el calor subiendo por mis muslos, mi corazón latiendo como tambor en una fiesta de pueblo.
"Este wey es puro peligro",me dije, pero mis pezones ya se endurecían contra el brasier de encaje. Él se inclinó, su aliento cálido en mi oreja: "Órale, Sofía, déjate de formalidades. Dime qué te late de verdad de mí". El deseo era palpable, como el aroma de su sudor limpio mezclado con el tequila en el aire.
La entrevista se fue al carajo en minutos. Sus manos grandes tomaron las mías, y de pronto sus labios estaban en mi cuello, saboreando mi piel salada. "Eres una chulada, pendeja por venir aquí sola", murmuró, y yo reí, jalándolo por la camisa. Nos besamos como hambrientos, lenguas enredadas con sabor a tequila y menta. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna, haciendo que un gemido se me escapara. Lo empujé hacia el sofá, montándome encima, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de los pantalones. El roce era eléctrico, mi clítoris palpitando ya húmedo de anticipación.
Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios eran fuego en mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando chispas directo a mi coño. "Qué rico te sientes", gruñó, y yo arqueé la espalda, oliendo su cabello recién lavado, ese aroma a jabón de sándalo que me volvía loca. Le desabroché el pantalón, liberando su polla gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él jadeaba "¡Carajo, Sofía!".
Pero no quería acabar ahí. Lo hice levantarse, caminando hacia su recámara, un cuarto enorme con cama king size de sábanas de algodón egipcio. La luz de la ciudad entraba tenue, pintando sombras en su cuerpo esculpido. Me desnudó por completo, admirándome como si fuera una diosa. "Eres perfecta, wey", dijo, y yo me tendí, abriendo las piernas para él. Su boca descendió, lengua experta lamiendo mis labios mayores, succionando mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, mis manos enredadas en su pelo corto militar, el sonido de mis jugos chupados llenando la habitación. Olía a mi excitación, almizcle dulce y pecaminoso.
El General Angel Trias no era de los que se apuran. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando mis nalgas redondas. Sus dedos entraron en mí, dos primero, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. "Estás chorreando, mamacita", susurró, y yo empujé contra su mano, rogando por más. Sentía mi pulso en cada vena, el sudor perlando mi piel, el aire cargado de nuestro deseo. Finalmente, se posicionó detrás, su verga rozando mi entrada húmeda. "Dime que la quieres", ordenó con voz ronca.
"Sí, cabrón, métemela ya", supliqué, y él empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó a bombear, primero suave, luego más fuerte, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Yo gritaba placer, "¡Más duro, General!", arañando las sábanas. Él me jaló el pelo con gentileza, arqueándome para penetrar más profundo, su pecho pegado a mi espalda, sudor mezclándose. El sonido de piel contra piel era obsceno, rítmico como un corrido ranchero acelerado.
Cambié de posición, montándolo ahora, controlando el ritmo. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba, sus ojos fijos en mis tetas saltando. Sentía su polla hinchándose dentro, mis paredes contrayéndose alrededor. "Me vengo, Sofía", avisó, y yo aceleré, mi orgasmo explotando primero: olas de éxtasis desde el coño hasta la punta de los dedos, gritando su nombre. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, su gruñido animal vibrando en mi piel.
Nos quedamos así, jadeantes, cuerpos entrelazados en la cama revuelta. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. El aroma de sexo impregnaba el aire, mezclado con nuestro sudor y el tequila olvidado en la sala. "Qué chido fue eso", murmuré, trazando círculos en su pecho velludo. El General Angel Trias sonrió, esa mirada ahora suave, vulnerable. "No fue solo sexo, preciosa. Fue conexión. Vuelve cuando quieras, sin cámaras".
Me vestí con piernas temblorosas, pero el corazón lleno. Bajé en el elevador, la ciudad brillando abajo, sintiendo su semen aún adentro, un secreto caliente. Sabía que regresaría, no por la nota, sino por él. El general que conquistó mi cuerpo y, quién sabe, quizás mi alma. Neta, qué noche.