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Tríada de Rodilla Ardiente

7075 palabras

Tríada de Rodilla Ardiente

Ana sentía el pulso acelerado mientras el sol de la tarde se colaba por las cortinas de su departamento en Polanco. El aire olía a jazmín del jardín y a ese perfume dulce que usaba Luisa, su amiga de la uni que siempre la ponía nerviosa. Carlos, su carnal desde hace dos años, preparaba unos tequilas en la barra, con esa sonrisa pícara que le derretía las entrañas. Habían platicado de esto semanas: una noche para los tres, sin ataduras, puro desmadre consensual.

¿Y si no fluye? ¿Y si Luisa se echa para atrás?
se preguntaba Ana en su cabeza, pero el cosquilleo en el estómago le decía que no, que la química estaba ahí desde la fiesta del fin pasado.

Luisa llegó con un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas perfectas, el cabello suelto cayendo como cascada sobre hombros bronceados. "¡Órale, qué chido lugar!" exclamó, abrazando a Ana con fuerza, sus pechos rozándose un segundo de más. Carlos les pasó los tequilas, y brindaron por "lo que sea que pase". La plática fluyó fácil: chismes del trabajo, anécdotas locas de viajes a la playa en Puerto Vallarta. Ana notaba cómo Luisa cruzaba las piernas, mostrando esa rodilla perfecta, suave como terciopelo, y un calor subía por su vientre. Carlos lo captó al vuelo, guiñándole el ojo. Neta, esto va a estar cabrón, pensó ella.

Se sentaron en el sofá amplio, música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Luisa se recargó en Ana, su mano rozando accidentalmente el muslo de ella. "Siempre quise probar algo así", murmuró Luisa, su aliento cálido contra el cuello de Ana, oliendo a tequila y menta. Carlos se acercó por el otro lado, besando el hombro de su novia mientras su mano grande bajaba por la espalda de Luisa. El primer beso fue entre Ana y Luisa: labios suaves, tentative al principio, luego hambrientos. La lengua de Luisa sabía a sal y deseo, explorando con maestría. Carlos observaba, su verga ya endureciéndose bajo los jeans, el bulto evidente.


La tensión crecía como una tormenta en el Golfo. Ana sentía el corazón martilleando, el sudor perlándole la nuca. Se levantaron hacia la recámara, iluminada por velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes blancas. Cayeron en la cama king size, risas nerviosas mezcladas con gemidos. Carlos desabrochó el vestido de Luisa, revelando pechos firmes con pezones oscuros ya erectos. Ana lamió uno, saboreando la piel salada, mientras Luisa gemía bajito, "Ay, wey, qué rico". Las manos de Carlos bajaron a las rodillas de ambas, masajeándolas con dedos expertos, subiendo despacio por los muslos. Ese toque en la rodilla era eléctrico: piel sensible, tendones tensos bajo sus palmas callosas.

Ana se arrodilló primero, impulsada por un impulso salvaje.

Quiero adorarlos a los dos, hacerlos volar
, pensó, mientras besaba la rodilla de Luisa, lengua trazando círculos lentos alrededor de la rótula, inhalando el aroma almizclado de su piel. Luisa jadeó, abriendo las piernas, su panocha ya húmeda brillando a la luz de las velas. Carlos se posicionó detrás de Ana, despojándola de la blusa, sus labios en su espalda mientras sus manos guiaban las de ella hacia la verga dura como piedra. "Chúpala, mi amor", susurró él, voz ronca.

La escalada fue gradual, como hervir agua a fuego lento. Luisa se hincó también, formando esa tríada de rodilla que habían imaginado: las tres rodillas tocándose en el colchón, un triángulo de carne ardiente. Ana mamaba la verga de Carlos, saboreando el precum salado, venas pulsantes contra su lengua, mientras Luisa lamía su concha desde atrás, dedos hundiéndose en ella con ritmo experto. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos ahogados, piel chocando suave. Olía a sexo puro: sudor fresco, jugos íntimos, el leve almizcle de las axilas. Ana sentía las rodillas de Luisa presionando sus muslos, esa fricción áspera del vello fino, enviando chispas directo a su clítoris.


Carlos gruñó, "Pásenme a la acción", y cambiaron posiciones. Ahora Luisa estaba de rodillas frente a él, mamando con avidez, saliva goteando por su barbilla. Ana se recostó, abriendo las piernas, invitándolos. Carlos penetró a Luisa primero, su verga gruesa estirándola, mientras ella lamía la concha de Ana sin parar. La tríada rodilla se completaba: rodillas de Luisa flexionadas, soportando embestidas; rodillas de Carlos rozando las de Ana al inclinarse para besarla. Cada thrust hacía crujir la cama, eco resonando en la habitación. Ana probaba su propio sabor en la boca de Luisa, ácido y dulce, mientras pellizcaba sus pezones, tirando suave para oírla chillar.

El conflicto interno de Ana bullía:

¿Soy celosa? ¿Esto cambia todo?
Pero no, era puro placer compartido, empoderador. Se sentía reina, dueña de sus cuerpos. Cambiaron otra vez: Ana montó a Carlos, su verga llenándola hasta el fondo, paredes internas apretándolo rítmicamente. Luisa se arrodilló sobre el rostro de él, rodillas a los lados de su cabeza, mientras Ana y ella se besaban, lenguas enredadas, manos explorando tetas y culos. El olor era intenso ahora: concha de Luisa goteando en la boca de Carlos, su lengua chupando voraz. Ana rebotaba, rodillas dobladas contra el pecho de Carlos, sintiendo sus músculos contraerse bajo ella. "¡Más fuerte, cabrón!", gritó, y él obedeció, caderas subiendo como pistón.

Sudor chorreaba por espaldas, pegoteando sábanas de algodón egipcio. Gemidos subían de tono: Luisa gritaba "¡Me vengo, pinche delicia!", su cuerpo temblando, jugos salpicando el pecho de Carlos. Ana sentía el orgasmo construyéndose, un nudo en el bajo vientre, pulsos latiendo en oídos. Las rodillas de todos rozaban en frenesí, piel enrojecida por fricción, calor irradiando. Carlos se tensó, "Ya casi, chulas", y Ana aceleró, concha ordeñándolo.


El clímax explotó como cohete en fiesta patronal. Ana se vino primero, un tsunami arrasándola: músculos convulsionando, grito gutural escapando, visión nublada por estrellas. Carlos rugió, llenando a Luisa que aún lamía restos de Ana, semen caliente brotando por sus muslos. Los tres colapsaron en tríada rodilla, rodillas entrelazadas, pechos agitados, respiraciones sincronizadas. El aire pesado de feromonas, pieles pegajosas brillando. Besos perezosos siguieron, lenguas lamiendo sudor salado de cuellos y pechos.

Después, en el afterglow, se acurrucaron bajo sábanas frescas. Carlos acariciaba rodillas magulladas con ternura, besos suaves. "Eso fue la neta", murmuró Luisa, ojos brillantes. Ana sonreía, el corazón pleno.

No hay celos, solo más amor multiplicado
. Pidieron room service: tacos de carnitas y más tequila, riendo de lo sudados que estaban. La noche prometía rondas dos y tres, pero por ahora, el roce de rodillas bajo las cobijas era suficiente, un recordatorio ardiente de su tríada perfecta.

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