Cuanto Dura Un Concierto Del Tri En Tu Piel
El estadio retumbaba con los primeros acordes de Triste canción, y tú sentías el pulso de la multitud como un latido compartido. Era uno de esos conciertos de El Tri que prometían hacerte olvidar el mundo, con el aire cargado de humo de cigarro, sudor fresco y ese olor terroso a tierra mojada que siempre traen las noches en el Palacio de los Deportes. Vestías una falda corta de mezclilla que rozaba tus muslos con cada paso, y una blusa ajustada que dejaba ver el contorno de tus pezones endurecidos por la brisa nocturna. Habías venido sola, con ganas de soltar la rutina, de dejar que la música te invadiera como un amante impaciente.
¿Cuánto dura un concierto del Tri? —te preguntaste de pronto, recordando la duda que le habías lanzado a tu amiga por WhatsApp antes de salir—. Neta, ojalá dure toda la noche.
Ahí lo viste, entre la marea humana: un morro alto, de cabello negro revuelto y playera negra con el logo deslavado de la banda. Sus brazos tatuados brillaban bajo las luces estroboscópicas, y cuando sus ojos se cruzaron con los tuyos, fue como si la guitarra de Alex Lora te hubiera lamido la piel. Se acercó bailando, con una cerveza en la mano, y gritó por encima del rugido:
¡Chécatela, güey! ¡Esto está chingón!
Tú reíste, sintiendo el calor de su cuerpo rozar el tuyo mientras la gente los empujaba juntos. Olía a colonia barata mezclada con sudor masculino, un aroma que te erizaba la nuca. Sus manos encontraron tu cintura por accidente primero, pero luego se quedaron ahí, firmes, como si supieran que tú no ibas a apartarlas. Bailaron pegaditos al ritmo de Abuso, tus caderas chocando contra las suyas, y sentiste su verga endureciéndose contra tu vientre. Un escalofrío te recorrió la espina, húmedo y dulce, como el primer trago de una chela helada.
—Oye —le dijiste al oído, tu aliento caliente contra su oreja sudorosa—, ¿cuánto dura un concierto del Tri? No quiero que acabe.
Él se rio bajito, su voz ronca vibrando en tu pecho. —Lo que nosotros queramos, mija. Dos horas, tres... pero contigo, neta que parece eterno.
La tensión crecía con cada canción. Sus dedos se colaban bajo tu blusa, acariciando la piel suave de tu espalda baja, bajando hasta el borde de tu tanga. Tú arqueabas la espalda, presionándote más contra él, saboreando el roce áspero de su barba incipiente cuando te besó el cuello. El sabor salado de su piel te llegó a la lengua cuando lamiste su clavícula, y el gemido que soltó se perdió en el coro multitudinario. La música era su cómplice, el bajo retumbando en tus entrañas como un orgasmo lejano.
En el intermedio, cuando las luces se atenuaron, él te jaló hacia un pasillo lateral, semioculto por el gentío. Ahí, contra la pared fría de concreto, sus labios capturaron los tuyos. Fue un beso hambriento, lenguas enredadas con gusto a cerveza y deseo puro. Sus manos subieron por tus muslos, levantando la falda, y tocaste su pecho duro, sintiendo el corazón galopando bajo tus palmas. Esto es lo que necesitaba, pensaste, mientras sus dedos encontraban tu clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos que te hacían jadear.
—Estás empapada, carnalita —murmuró, su aliento caliente en tu boca.
—Cállate y sigue —respondiste, mordiéndole el labio inferior.
Pero el concierto llamaba, y volvieron a la pista, ahora inseparables. Cada roce era eléctrico: su mano en tu nalga, apretando posesiva; tú rozando su paquete con la cadera disimuladamente. La adrenalina del show se mezclaba con la tuya propia, haciendo que tu concha palpitara con urgencia. Cuando tocaron Niño sin amor, él te abrazó por detrás, su erección presionando entre tus nalgas, y movió las caderas al ritmo, simulando lo que ambos querían hacer de verdad. Olías su excitación, ese almizcle varonil que te volvía loca, y el tuyo propio, dulce y pegajoso, traicionándote bajo la falda.
El medio tiempo se acababa, pero su juego no. Te llevó al estacionamiento, a su troca vieja pero chida, con asientos de piel gastada que crujían bajo tu peso. Ahí, en la penumbra, con la música aún filtrándose desde el estadio, se desataron. Tú lo montaste en el asiento del chofer, arrancándole la playera para lamer sus pezones oscuros, saboreando el salitre de su sudor. Él gimió, arqueando la espalda, y bajó tus brassiere para mamar tus tetas con hambre, succionando hasta que sentiste el placer punzante irradiar a tu centro.
Neta, cuánto dura un concierto del Tri —pensaste entre jadeos—, pero esto dura más, esto es infinito.
Sus manos grandes te alzaron, quitándote la falda y el tanga de un jalón. Quedaste desnuda de la cintura para abajo, expuesta al aire fresco de la noche que lamía tu humedad. Él se bajó el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomaste en tu mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. La masturbaste lento, viendo cómo su cabeza brillaba con precum, y luego te la acercaste a la entrada, frotándola contra tus labios hinchados.
—Métemela ya, pendejo —suplicaste, juguetona, empoderada en tu deseo.
Él obedeció, empujando despacio al principio, llenándote centímetro a centímetro. Sentiste cada vena rozando tus paredes, estirándote deliciosamente, hasta que sus bolas peludas chocaron contra tu culo. Gemiste fuerte, el sonido ahogado por el eco distante de la guitarra. Empezaron a moverse, tú cabalgando con furia, tus jugos chorreando por su verga, lubricándolo todo. El olor a sexo crudo llenaba la cabina: almizcle, sudor, esencia tuya mezclada con la suya. Tocabas tus tetas, pellizcándote los pezones, mientras él te amasaba las nalgas, metiendo un dedo en tu ano para más placer.
La intensidad subía como el solo de Lora. Cambiaron posiciones: él te puso a cuatro patas en el asiento trasero, embistiéndote desde atrás con fuerza animal, su vientre chocando contra tus glúteos en palmadas húmedas. Cada estocada tocaba tu punto G, enviando ondas de éxtasis que te hacían gritar. Su verga es como el ritmo del Tri, pensabas, duro, constante, interminable. Él gruñía en tu oído, mordiéndote el hombro, sus manos enredadas en tu pelo para jalarte hacia él.
—Me vengo, jefa —jadeó, acelerando.
—Adentro, todo adentro —ordenaste, contrayendo tu concha a su alrededor.
El clímax los golpeó juntos. Tú primero, explotando en espasmos que te dejaban temblando, chorros calientes salpicando sus bolas. Él rugió, hinchándose dentro de ti, soltando chorros espesos que pintaban tus paredes. Colapsaron, sudorosos, enredados, con su verga aún latiendo dentro mientras los últimos acordes del concierto morían a lo lejos.
Se quedaron así un rato, respirando entrecortado, su semen goteando lento por tus muslos. Él te besó la frente, suave ahora, y tú sonreíste contra su pecho.
—¿Ves? —dijo él, riendo bajito—. Cuanto dura un concierto del Tri... pero nosotros duramos más.
Tú asentiste, sintiendo el afterglow cálido extenderse por tu cuerpo como una manta suave. La noche mexicana los envolvía, prometedora de más ritmos, más pieles compartidas. Y mientras el estadio se vaciaba, tú sabías que esto apenas empezaba.