Melancholia von Trier Desnuda
La pantalla del tele parpadea con las imágenes etéreas de Melancholia von Trier, esa película que tu carnal te recomendó con esa sonrisa pícara que siempre te pone la piel chinita. Están en el depa de la Condesa, con las luces bajas, el aire cargado del olor a velas de vainilla y un toque de tequila reposado que acaban de servirse. Tú, recargada en el pecho de él, sientes el calor de su cuerpo filtrándose por la blusa ligera que traes puesta. El planeta azul se acerca lento, inexorable, y esa melancholia von Trier te cala hasta los huesos, como si el fin del mundo estuviera en tu vientre, latiendo con un deseo que no sabes nombrar.
¿Por qué carajos esta película me prende tanto? Esa tristeza profunda, esa Justine que se rinde al caos... neta, me dan ganas de soltarme igual.
Él, tu Alex, te acaricia el brazo despacio, sus dedos ásperos de tanto gym rozando tu piel suave. "Órale, wey, ¿ya te pegó la melancholia von Trier?" te susurra al oído, su aliento cálido oliendo a mezcal y a hombre. Asientes, mordiéndote el labio, mientras en la pantalla las hermanas se abrazan en la penumbra. Sientes su verga endureciéndose contra tu nalga, un bulto firme que te hace moverte un poquito, restregándote sin querer. El corazón te late fuerte, como tambores de un carnaval lejano, y el cuarto se llena de esa electricidad que precede a la lluvia en el DF.
La película avanza, el cometa arrasando todo, pero tú ya no ves nada. Tus pezones se marcan duros bajo la tela, y Alex lo nota. Baja la mano por tu panza, jugueteando con el botón del pantalón. "¿Quieres que la pausemos?" pregunta, voz ronca. Tú giras la cara, tus labios rozan los suyos, y en ese beso inicial hay un hambre que sabe a sal y a promesas rotas. Sus lenguas se enredan lentas al principio, explorando sabores: el dulzor del tequila en él, el leve amargo de tu gloss en ti. Sus manos te aprietan las caderas, jalándote más cerca, y sientes su pulso acelerado contra tu pecho.
El beso se intensifica, se vuelve feroz como el apocalipsis de la peli. Te subes a horcajadas sobre él en el sofá, tus muslos apretando sus jeans. "Ponte como Justine, déjate llevar por la melancholia von Trier," te dice riendo bajito, pero sus ojos arden serios. Le quitas la playera de un jalón, exponiendo ese torso moreno, marcado de vello que te encanta lamer. Tus uñas recorren sus pectorales, bajando hasta el ombligo, y él gime, un sonido gutural que vibra en tu clítoris. El olor de su sudor fresco te invade, mezclado con el cuero del sofá y el humo de la ciudad que se cuela por la ventana entreabierta.
Neta, esta tristeza me está volviendo loca. Quiero que me folle hasta que olvide el mundo entero.
Alex te desabrocha la blusa, libera tus chichis que rebotan libres, pezones oscuros y erectos pidiendo atención. Se lanza a mamarlos, succionando fuerte, lamiendo círculos que te hacen arquear la espalda. Sientes su lengua áspera, húmeda, el roce eléctrico que baja directo a tu entrepierna. "Qué chingonas tus tetas, mi reina," murmura contra tu piel, y tú ríes, pero es un risa entrecortada porque ya estás empapada, la tanga pegajosa contra tu panocha hinchada. Le desabrochas el cinturón, liberas su verga gruesa, venosa, que salta dura como piedra. La agarras, sientes el calor palpitante en tu palma, la piel suave sobre el acero debajo. La meneas despacio, arriba-abajo, oyendo sus jadeos que se mezclan con la banda sonora olvidada de la peli.
Se levantan torpes, besándose mientras caminan al cuarto. El pasillo huele a jazmín del jardín de abajo, y sus pasos resuenan en el piso de madera. Te tumba en la cama king size, las sábanas frescas de algodón egipcio rozando tu espalda desnuda. Te quita el pantalón y la tanga de un tirón, exponiendo tu coño lampiño, brilloso de jugos. "Mírate, toda mojada por esa melancholia von Trier," dice, y se hunde entre tus piernas. Su lengua ataca tu clítoris, lamiendo voraz, chupando el botón sensible mientras mete dos dedos gruesos adentro, curvándolos contra tu punto G. Gritas, "¡Sí, cabrón, así!", las caderas bailando solas, el placer subiendo como una ola en el Pacífico. El sonido de su mamada es obsceno, chapoteos húmedos, y tú pruebas tu propio sabor cuando él te besa después, salado y dulce.
Pero no es suficiente. Lo empujas boca arriba, te montas en su cara primero, restregando tu panocha contra su boca barbuda. Él la devora, manos amasando tus nalgas, un dedo rozando tu ano juguetón. Luego bajas, engulles su verga entera, garganta profunda que lo hace rugir. "¡Puta madre, qué buena mamada!" exclama, y tú saboreas el pre-semen salado, venoso, mientras tu lengua gira en la cabeza hinchada. La tensión crece, interna, como la melancolía que se transforma en fuego. Tus pensamientos giran:
Esto es el fin del mundo, pero uno chido, uno que explota en placer.
Finalmente, no aguantas más. Te posicionas encima, guías su verga a tu entrada resbalosa. Deslizas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, llena, el glande abriendo tus paredes. "¡Entra toda, mi amor!" gimes, y él empuja hondo, pelvis chocando con un plaf húmedo. Cabalgas fuerte, chichis rebotando, sudor perlando vuestros cuerpos. Él te agarra las caderas, follando desde abajo con embestidas brutales, el colchón crujiendo, cabezas golpeando la cabecera. El cuarto apesta a sexo crudo: almizcle de coño, esperma próximo, pieles restregadas. Tus gemidos suben de tono, "¡Más duro, pendejo, rómpeme!", y él obedece, volteándote a cuatro patas.
Desde atrás, su verga te penetra profundo, bolas golpeando tu clítoris con cada arremetida. Una mano en tu pelo, jalando suave, la otra frotando tu botón. Sientes el orgasmo venir, un nudo en el estómago que se deshace en temblores. "¡Me vengo, chingado!" gritas, y explotas, jugos chorreando por tus muslos, cuerpo convulsionando. Él no para, follando a través de tus espasmos, hasta que gruñe, "¡Yo también!", y se corre adentro, chorros calientes inundando tu útero, semen goteando cuando sale.
Caen exhaustos, enredados en sábanas empapadas. Su pecho sube y baja contra tu mejilla, el corazón latiéndole como un bombo. El olor a sexo persiste, mezclado con el afterglow de paz. Apagas el tele de fondo, donde la melancholia von Trier ya terminó en silencio. "¿Ves? El fin del mundo no es tan chido como esto," murmura él, besándote la frente. Tú sonríes, la tristeza evaporada, reemplazada por un calor que dura.
En la melancholia von Trier hay destrucción, pero aquí solo renacimiento. Neta, qué chingón.
Duermen así, cuerpos pegados, el amanecer filtrándose por las cortinas, prometiendo más noches de placer apocalíptico.