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La Triada de Plummer Vinson

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La Triada de Plummer Vinson

El bochorno del mediodía en Polanco te envuelve como una sábana caliente mientras entras a tu departamento en la colonia más chida de la Ciudad de México. Has pasado la mañana en el gym, sudando la gota gorda con tus sentadillas favoritas, y tu cuerpo vibra con esa energía que te hace sentir viva, poderosa. Te quitas los leggings ajustados, dejando que el aire fresco del aire acondicionado acaricie tu piel bronceada, y te diriges al baño principal para darte una regadera rápida. Abres la llave del lavamanos y, de repente, ¡pum! el agua sale disparada como un chorro de cerveza mal abierta, inundando el piso de mármol italiano.

¡No mames! piensas, mientras el agua fría te salpica las pantorrillas desnudas, empapando el borde de tu tanga negra. Cierras la llave a la fuerza, pero el daño está hecho: el baño parece un lago improvisado. Sales empapada, con el corazón latiendo fuerte, y buscas tu teléfono. Recuerdas el volante que viste en el súper la semana pasada: Triada de Plummer Vinson - Plomería de Emergencia 24/7. Triple garantía de satisfacción. Marcas el número sin pensarlo dos veces.

Estos cabrones prometen llegar en media hora. A ver si cumplen o son puro cuento, como todos los plomeros pendejos.
Te pones un shortcito de yoga que apenas cubre tus nalgas firmes y una blusita escotada, porque ¿quién dijo que no puedes verte cañona mientras esperas? El olor a tu sudor mezclado con el perfume de vainilla que te echaste en el gym impregna el aire, y sientes un cosquilleo entre las piernas al imaginarte lidiando con extraños en tu casa.

Exactamente veinticinco minutos después, tocan el interfón. Abres la puerta y te quedas con la boca abierta. No uno, sino dos vatos que parecen sacados de una portada de revista para machos: el primero, alto como torre, con cabello rubio revuelto y ojos azules que brillan como el mar de Cancún, lleva una playera ajustada que marca cada músculo de su pecho. Se presenta como Marco, el Plummer, con un acento gringo-mex que te eriza la piel. Detrás de él, Luis Vinson, moreno intenso, con barba de tres días, brazos tatuados y una sonrisa pícara que promete problemas del bueno. Los dos cargan herramientas, pero sus cuerpos irradian testosterona pura.

—Buenas tardes, jefa —dice Marco, con voz grave que retumba en tu pecho—. Somos de la Triada de Plummer Vinson. ¿Dónde está el desmadre?

Los guías al baño, sintiendo sus miradas en tu culo mientras caminas. El aroma a colonia masculina, mezclado con un leve toque de sudor fresco, te invade las fosas nasales. Te muerdes el labio, notando cómo el short se te sube un poco más.

Acto primero: la reparación comienza con ellos arrodillados, herramientas en mano. Marco se agacha primero, sus bíceps flexionándose mientras afloja una tuerca. Ves el sudor perlar su cuello, y un calor traicionero sube por tu vientre. Luis pasa herramientas, rozando accidentalmente tu pierna al levantarse por un destornillador. Su toque es eléctrico, como una chispa en piel húmeda.

¿Qué pedo conmigo? Estos dos son puro fuego. Hace meses que no siento esto, desde que mi ex se largó. Mi cuerpo grita por atención.

Les ofreces chelas del refri —Modelos heladas— para agradecer. Se sientan en la barra de la cocina, charlando. Hablan de su empresa familiar, la Triada de Plummer Vinson, fundada por el abuelo de Marco, un gringo plomero que se casó con una chilanga. "Triple servicio", bromea Luis guiñándote el ojo, "porque a veces una tubería necesita dos manos expertas". Ríes, sintiendo el pulso acelerarse. El hielo de la chela gotea en tu mano, y accidentalmente dejas caer una gota en tu escote. Marco la sigue con la mirada, y el aire se carga de tensión.

Acto segundo: la escalada es lenta, deliciosa. Mientras terminan de secar el baño, Luis te ayuda a mover una alfombra empapada. Sus manos fuertes agarran la tela junto a las tuyas, y sus dedos rozan tu palma. Sientes el calor de su piel, áspera por el trabajo, contrastando con tu suavidad. "Tienes manos suaves, jefa", murmura cerca de tu oído, su aliento cálido oliendo a menta y cerveza. Te giras, y vuestros cuerpos se pegan un segundo: su pecho duro contra tus tetas, que se endurecen al instante.

Marco entra en ese momento, sonriendo como si supiera el juego. "¿Necesitas más ayuda?" Su voz es ronca. Te sientas en la barra, piernas cruzadas, y ellos se paran frente a ti, flanqueándote. Hablas de todo y nada: del tráfico en Insurgentes, de lo caro que está el gym, pero tus ojos bajan a sus entrepiernas, notando los bultos crecientes bajo los jeans desgastados. Luis te roza la rodilla "sin querer", y sube la mano despacio, preguntando con la mirada. Asientes, el corazón tronándote en los oídos.

Esto es loco, pero lo quiero. Los dos. Una triada perfecta, como su empresa. Mi concha palpita, húmeda ya.

Marco se acerca primero, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento. Sabe a cerveza fría y deseo puro, su lengua explorando tu boca con maestría. Luis besa tu cuello, mordisqueando suave, mientras sus manos suben por tus muslos, abriendo el short. Sientes sus dedos callosos rozando tu tanga empapada, el olor a tu excitación mezclándose con su aroma masculino, terroso y salado. Gimes bajito, el sonido reverberando en la cocina amplia, con la ciudad zumbando lejana por la ventana.

Te bajan el short y la blusa, exponiendo tu cuerpo desnudo al aire. Marco chupa tus pezones, duros como piedras, enviando descargas directas a tu clítoris hinchado. Luis se arrodilla, separando tus piernas. Su lengua lame tu interior, saboreando tu jugo dulce y salado, mientras succiona tu botón con pericia. ¡Órale, qué chingón! piensas, arqueándote. El roce de su barba en tus muslos internos quema delicioso, y el sonido húmedo de su boca te vuelve loca.

Cambian posiciones con fluidez, como si hubieran practicado. Marco se baja los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tocas, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre acero. Luis saca la suya, más larga, curvada perfecto para golpear ese punto. Te ponen de pie, inclinada sobre la barra fría de granito, que contrasta con tu piel ardiendo. Marco entra primero por atrás, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. Sientes cada vena rozando tus paredes, llenándote hasta el fondo. Gritas de placer, el slap-slap de sus caderas contra tu culo resonando.

Luis frente a ti, metiendo su pinga en tu boca. La chupas ansiosa, saboreando el precum salado, tu lengua girando en la cabeza sensible. Marco acelera, sus bolas golpeando tu clítoris, manos apretando tus caderas. Cambian: Luis te penetra vaginal, profundo, mientras Marco te mama las tetas. El sudor gotea, mezclando olores: piel caliente, sexo crudo, un toque de vainilla tuya. Tus uñas clavan en sus espaldas tatuadas, dejando marcas rojas.

La intensidad sube. Te sientes empoderada, dirigiendo: "Más fuerte, cabrones". Luis te voltea, piernas en sus hombros, martillando hondo. Marco frota tu clítoris, y explotas: el orgasmo te sacude como terremoto, jugos chorreando, piernas temblando. Ellos gruñen, corriéndose uno tras otro —Marco en tu boca, caliente y espeso, tragas con gusto; Luis adentro, llenándote de calor pegajoso.

Acto tercero: el afterglow es puro éxtasis. Colapsan contigo en el sofá de cuero, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas por sudor y fluidos. Besos suaves, risas cansadas. "La mejor triada de Plummer Vinson hasta ahora", bromea Marco, acariciando tu cabello. Luis asiente, besando tu frente. Sientes sus corazones latiendo al unísono con el tuyo, el aroma a sexo persistiendo dulce en el aire.

Esto fue lo que necesitaba. No solo plomeros, sino una conexión real, salvaje. Mañana los llamo de nuevo... por si hay otra fuga.

Se visten lento, prometiendo volver. Cierras la puerta, piernas flojas, sonrisa en la cara. El baño está perfecto, pero tú estás transformada: saciada, radiante, lista para más aventuras en esta jungla urbana.

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