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Ado el Tri Acordes de Pasión

6091 palabras

Ado el Tri Acordes de Pasión

Lupita entró al bar de la colonia Roma esa noche de viernes, con el calor de la Ciudad de México pegándosele a la piel como una promesa húmeda. El aire olía a tequila reposado, cigarros baratos y sudor fresco de cuerpos bailando. Las luces tenues pintaban sombras largas sobre las mesas de madera gastada, y en el fondo, un tipo solitario rasgueaba la guitarra con dedos hábiles. Neta, qué chido suena, pensó ella, mientras se acercaba a la barra pidiendo un michelada helada. El limón mordía su lengua, fresco contra el bochorno.

El güey se llamaba Ado, como se enteró después, cuando sus ojos se cruzaron por primera vez. Alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de rockero callejero, tocaba ado el tri acordes, esos riffs crudos de El Tri que hablaban de amor rudo y noches sin fin. "Triste Canción del Templo" retumbaba en las cuerdas, vibrando en el pecho de Lupita como un latido ajeno. El sonido grave de la guitarra le erizaba la piel, y ella sintió un cosquilleo entre las piernas, sutil, como el roce de una mano fantasma.

¿Por qué carajos me prende tanto este pendejo con su guitarrita?
se preguntó Lupita, sorbiendo su chela. Ado levantó la vista, sonrió con dientes blancos y ojos cafés que prometían travesuras. Terminó la rola con un acorde final que resonó en el bar, y el aplauso fue tibio, pero para ella fue como un trueno.

Se acercó después, con el corazón latiéndole fuerte. "Órale, carnal, qué buena onda tus ado el tri acordes. Me volaron la cabeza", le dijo ella, juguetona, con esa voz ronca que usaba cuando quería algo. Ado rio, bajo y sexy, oliendo a colonia barata mezclada con hombre. "Gracias, chula. ¿Quieres que te toque una pa' ti sola?" Lupita asintió, y así empezó todo. Charlaron de rock mexicano, de cómo El Tri les había salvado el alma en noches de desmadre, y el deseo creció lento, como la espuma de su michelada desbordándose.

Media hora después, estaban en la calle, caminando hacia su depa a unas cuadras. El viento nocturno lamía sus nucas sudadas, y las manos se rozaron accidentalmente, enviando chispas. "Ven, te muestro mis acordes completos", murmuró él, y ella soltó una carcajada pícara. El elevador del edificio viejo crujió al subirlos, y ya adentro del cuarto pequeño pero chido —con posters de Alex Lora en las paredes y una cama king size deshecha—, Ado sacó la guitarra de nuevo.

Acto dos: la escalada. Lupita se sentó en la cama, piernas cruzadas, viendo cómo sus dedos bailaban sobre las cuerdas. Tocó "Abusador", pero suave, sensual, adaptando los ado el tri acordes a un ritmo lento que hacía vibrar el aire cargado de tensión. El olor a su excitación empezaba a mezclarse con el de su perfume, almizclado y dulce. Ella sentía el pulso acelerado en el cuello, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera de algodón.

Pinche Ado, con esos dedos... imagínate qué hace en otro lado
, pensó, mordiéndose el labio. Se acercó gateando sobre la cama, y él dejó la guitarra a un lado. Sus bocas se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a chela y limón. Las manos de Ado subieron por sus muslos, ásperas de tanto rasguear, rozando la piel suave hasta el borde de las panties. Lupita gimió bajito, arqueando la espalda. "Qué rica estás, wey", gruñó él, desabotonándole la blusa con dientes.

La ropa cayó como hojas secas: su falda plisada, el bra de encaje negro, sus bóxers ajustados. Desnudos, piel contra piel, el calor de sus cuerpos era un horno. Ado la tumbó suave, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Lupita hundió las uñas en su espalda musculosa, oliendo el aroma terroso de su axila, ese olor macho que la volvía loca. Sus dedos bajaron, encontrando su verga dura como acero, palpitante. "Qué chingona", susurró ella, acariciándola despacio, sintiendo las venas bajo la palma.

Él exploró su concha con la lengua primero, lamiendo lento, saboreando el néctar dulce y salado que brotaba de ella. Lupita jadeaba, las caderas moviéndose al ritmo de su boca, el sonido húmedo de succión llenando el cuarto junto al zumbido del ventilador viejo. No pares, cabrón, rogaba en silencio, mientras olas de placer subían desde el clítoris hinchado. Ado metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que la hacía gritar. "¡Sí, así, pendejo!", soltó ella, riendo entre gemidos.

La tensión creció como una rola de rock building up al solo. Ella lo montó entonces, guiando su verga gruesa dentro de su calor resbaloso. El estirón inicial la hizo sisear de placer-dolor, pero pronto cabalgaba con furia, tetas rebotando, sudor chorreando entre ellos. El slap-slap de carne contra carne, sus gruñidos roncos, el olor almizclado de sexo puro. Ado agarraba su culazo, amasándolo, mientras ella clavaba las uñas en su pecho velludo. "Me vengo, chula... ¡ahí viene!", rugió él, y ella aceleró, sintiendo su propia explosión construyéndose, un nudo apretado en el vientre.

Acto tres: la liberación. Lupita se corrió primero, un grito ahogado rompiendo el silencio, paredes internas contrayéndose alrededor de su polla en espasmos lechosos. Ado la siguió, llenándola con chorros calientes que se sentían como lava fundida. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El cuarto olía a sexo crudo, a victoria compartida. Él la abrazó por detrás, besando su hombro salado, mientras el ventilador secaba sus pieles lentamente.

Después, en la penumbra, Lupita reflexionó con una sonrisa perezosa.

Quién iba a pensar que unos simples ado el tri acordes me llevarían aquí, empapada y feliz
. Ado murmuró algo sobre repetir la tocada pronto, y ella rio suave, sintiendo su verga semi-dura contra su nalga. La noche no había terminado; el deseo era como esas rolas de El Tri, eternas, crudas, inolvidables. Se durmieron así, enredados, con el eco de la guitarra aún vibrando en sus almas.

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