Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Noche Ardiente con los Álbumes de El Tri Noche Ardiente con los Álbumes de El Tri

Noche Ardiente con los Álbumes de El Tri

7720 palabras

Noche Ardiente con los Álbumes de El Tri

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de mi departamento en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire se sintiera pesado, cargado de promesas. Yo, Alex, acababa de llegar de un día largo en la oficina, pero el pinche estrés se evaporó en cuanto vi a Lupe parada en la sala, con una sonrisa pícara y una botella de mezcal en la mano. Llevábamos saliendo un par de meses, y cada vez que venía, el ambiente se ponía eléctrico, como si el mundo se redujera a nosotros dos.

Órale, carnal, ¿listo pa' la noche? me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose con un contoneo que hacía que sus jeans ajustados marcaran cada curva de sus caderas. Lupe era de esas morras que te voltean la cabeza: piel morena suave como el terciopelo, ojos negros que te devoraban, y un cuerpo que gritaba ven y tómalo. Le contesté con un beso rápido en la boca, probando el dulzor de sus labios con sabor a chicle de tamarindo.

—Ponte algo chido —le pedí, mientras sacaba del estante mis vinilos preciados—. Hoy vamos a rockear con los álbumes de El Tri. ¿Te late?

Sus ojos se iluminaron como si le hubiera propuesto un viaje a la playa. —¡Simón, güey! Ese disco de Qué Gusto me prende cañón. Ponlo ya.

El tocadiscos cobró vida con el riff inicial de la guitarra, ese sonido crudo y rebelde que llenó la habitación como un pulso vivo. El bajo retumbaba en mi pecho, vibrando hasta mis huesos, mientras Lupe se pegaba a mí, su cuerpo caliente presionando contra el mío. Bailamos despacio al principio, sus manos en mi nuca, mi nariz hundida en su cabello que olía a coco y sudor fresco. Sentía su aliento en mi oreja, caliente y entrecortado, y el roce de sus tetas firmes contra mi torso me ponía la verga dura como piedra.

La canción avanzó, y Lupe empezó a mover las caderas en círculos lentos, frotándose contra mí con una desfachatez que me volvía loco.

Pinche Lupe, esta morra sabe cómo joderme la cabeza
, pensé, mientras mis manos bajaban por su espalda hasta apretar ese culo redondo que pedía a gritos ser explorado. El mezcal nos soltó la lengua; platicamos de cómo los álbumes de El Tri nos habían marcado la juventud, de conciertos sudorosos en el Palacio de los Deportes donde el mosh pit era puro desmadre. Pero entre risas, la tensión crecía. Sus dedos jugaban con el botón de mi camisa, desabrochándolo uno a uno, y yo le mordisqueaba el cuello, saboreando la sal de su piel.

—Estás bien rica, Lupe —le murmuré al oído, mi voz ronca por el deseo—. Me dan ganas de comerte entera.

—Pues hazlo, cabrón —me retó, lamiéndome el lóbulo de la oreja con una lengua juguetona que me envió chispas por la espina dorsal.

El vinilo cambió a Triste Canción de Amor, esa balada que siempre me ponía sentimental, pero con Lupe todo se volvía carnal. La llevé al sofá, sentándola en mi regazo, y nos besamos con hambre, lenguas enredadas en un duelo húmedo y feroz. Sentía su coño caliente a través de la tela, frotándose contra mi entrepierna endurecida. Le quité la blusa despacio, revelando unos chichis perfectos, pezones oscuros y tiesos como botones de chocolate. Los chupé con ganas, succionando fuerte mientras ella gemía bajito, ay, sí, así, arqueando la espalda. El aroma de su excitación subía, almizclado y dulce, mezclándose con el humo del incienso que ardía en la esquina.

Mis manos exploraban, bajando el zipper de sus jeans, metiéndose dentro para acariciar esa panocha mojada que palpitaba bajo mis dedos. Estaba empapada, resbaladiza como miel caliente, y ella jadeaba contra mi boca: ¡Métemela ya, Alex, no mames! Pero no, quería alargar el juego. La volteé, poniéndola de rodillas en el sofá, y le bajé los pantalones hasta los tobillos, admirando ese culo prieto que se movía al ritmo de la música. Le di una nalgada juguetona, sintiendo la carne temblar bajo mi palma, y ella rio, pidiéndome más.

La tensión era insoportable ahora; el corazón me latía desbocado, sincronizado con los tambores de El Tri que tronaban desde el tocadiscos. Me quité la ropa a toda madre, mi verga saltando libre, gruesa y venosa, lista para ella. Lupe se giró, arrodillándose frente a mí, y me miró con ojos lujuriosos antes de metérsela en la boca. Carajo, qué mamada tan chingona: su lengua girando alrededor del glande, succionando con fuerza, saliva chorreando por mi tronco. Gemí fuerte, agarrándole el pelo suave, empujando suave para follarle esa boquita caliente. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con la guitarra eléctrica, y el olor de sexo puro nos envolvía como niebla.

Esta chava me va a matar de placer
, pensé, mientras la levantaba y la llevaba a la cama, nuestros cuerpos chocando en cada paso. La tiré sobre las sábanas frescas, abriéndole las piernas anchas. Su panocha brillaba, hinchada y rosada, invitándome. Lamí despacio, saboreando ese néctar salado y dulce, mi lengua hundiéndose en sus pliegues mientras ella se retorcía, clavándome las uñas en los hombros. ¡Sí, cabrón, chúpame así! ¡No pares! gritaba, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza.

Ya no aguanté más. Me puse de rodillas entre sus piernas, frotando mi verga contra su entrada resbalosa, mirándola a los ojos para pedir permiso con la mirada. Ella asintió, mordiéndose el labio: —Cógeme duro, mi amor. Quiero sentirte hasta el fondo.

Empujé despacio al principio, sintiendo cómo su coño me tragaba centímetro a centímetro, apretándome como un puño de terciopelo caliente. Pinche delicia, era tan estrecha y mojada que cada embestida era éxtasis puro. Aceleré, nuestros cuerpos chocando con palmadas sudorosas, el colchón crujiendo bajo nosotros. Lupe clavaba las uñas en mi espalda, arañándome la piel, gimiendo en mi oído palabras sucias: Fóllame más fuerte, güey, hazme tuya. El sudor nos unía, resbaloso y salado, y el cuarto apestaba a sexo y mezcal, con la música de los álbumes de El Tri como banda sonora perfecta, ahora en Abuso de Autoridad, pura rebeldía que reflejaba nuestro desmadre.

Cambié de posición, poniéndola encima para que cabalgara. Sus tetas rebotaban hipnóticas, y yo las amasaba mientras ella subía y bajaba, su culo golpeando mis muslos con fuerza. Sentía su clítoris frotándose contra mí, y ella se corrió primero, gritando mi nombre, su coño contrayéndose en espasmos que me ordeñaban la verga. ¡Me vengo, Alex, ay carajo! Ese apretón me llevó al límite; empujé hondo una última vez, explotando dentro de ella en chorros calientes, mi semen llenándola mientras el placer me nublaba la vista, pulsos interminables de puro gozo.

Nos quedamos tirados, jadeantes, el vinilo girando en silencio ahora, solo el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el latido compartido de nuestros corazones. Lupe se acurrucó contra mi pecho, su piel pegajosa contra la mía, oliendo a nosotros, a pasión consumada. —Eso estuvo de puta madre, carnal —susurró, besándome el cuello—. Los álbumes de El Tri siempre traen buena vibra.

Reí bajito, acariciándole el cabello revuelto.

Esta noche no la olvido nunca
, pensé, mientras el mezcal nos entraba tibio y el mundo fuera parecía lejano. Habíamos conectado no solo en el cuerpo, sino en el alma rockera que compartíamos. Mañana pondríamos otro disco, pero esta vez, la promesa de más rondaba en el aire, dulce y adictiva como el afterglow que nos envolvía.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.