Ahi Pa La Otra El Tri
El humo del cigarro se enredaba en el aire espeso de la cantina, mezclado con el olor a cerveza fría y sudor fresco de la gente que bailaba pegadito. La rola de El Tri retumbaba en los parlantes viejos, esa de "Triste canción" que te ponía la piel chinita. Tú estabas ahí, wey, recargado en la barra con una fría en la mano, sintiendo el ritmo en el pecho como si te latiera adentro. Neta, no pensabas en nada más que en desconectarte del pinche día de mierda en el taller.
Entonces la viste. Alta, morena, con unas curvas que gritaban ven y tócalas. Su falda ajustada subía lo justo pa' dejar ver unos muslos firmes, y esa blusa escotada que dejaba adivinar el encaje negro de su brasier. Te clavó la mirada desde la otra punta del salón, con una sonrisa pícara que te hizo tragar saliva.
¿Qué pedo, carnal? ¿Esta chava me está midiendo o qué?pensaste, mientras el corazón te galopaba más rápido que la batería de Alex Lora.
Se acercó contoneándose al son de la música, el perfume dulzón de vainilla y algo más salvaje invadiendo tu espacio. "Órale, guapo, ¿me invitas una chela o qué?", dijo con voz ronca, como si ya supiera lo que te iba a provocar. Le sonreíste, sintiendo el calor subirte por el cuello. "Claro que sí, reina. Siéntate aquí conmigo". Le pasaste la cerveza, y cuando sus dedos rozaron los tuyos, fue como un chispazo eléctrico directo a la verga. Neta, ya la querías toda pa' ti.
Hablaron de todo y nada: del tráfico en Insurgentes, de cómo El Tri siempre te saca el lado fiero, de que ella era diseñadora y odiaba las oficinas grises. Cada risa suya era un jadeo suave que te imaginabas en la cama. Bailaron pegados, su culo apretándose contra tu entrepierna al ritmo de "Abuso de autoridad". Sentías su calor a través de la tela, el sudor perlando su cuello, oliendo a deseo puro. "Estás cañón, wey", le susurraste al oído, mordisqueando el lóbulo. Ella se giró, ojos brillantes: "Tú tampoco te quedas atrás, pendejo. Pero ahí pa la otra El Tri, ¿eh? Esta noche es solo pa' calentar motores".
El beso llegó natural, como si el mundo se detuviera. Sus labios carnosos, su lengua juguetona explorando tu boca con sabor a tequila y menta. Tus manos bajaron por su espalda, apretando esas nalgas redondas que rebotaban suaves bajo tus palmas. Ella gimió bajito, presionando su pubis contra ti, y sentiste lo dura que te ponía.
Más, cabrón, dame más, rogaba tu mente mientras la música seguía tronando.
Salieron de la cantina tomados de la mano, el aire fresco de la noche chaparra golpeándolos como un bálsamo. Caminaron unas cuadras hasta su depa en la Condesa, riendo como pendejos, tropezando un poco por las chelas. Adentro, la luz tenue de una lámpara, posters de bandas en las paredes, y un radio viejo que ella encendió: El Tri otra vez, "Piedra de Ancla" sonando suave. "Ven acá", te dijo, jalándote al sillón. Se sentó a horcajadas sobre ti, su falda subiéndose hasta mostrar las bragas de encaje húmedas ya.
Tus manos temblaban de ganas mientras le quitabas la blusa, revelando pechos perfectos, tetas firmes con pezones oscuros endurecidos como chocolate. Los chupaste con hambre, saboreando la sal de su piel, el aroma almizclado subiendo desde su entrepierna. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, wey, qué rico chupas!", enredando los dedos en tu pelo. Bajaste la boca por su vientre plano, lamiendo el ombligo, hasta llegar a esa panocha caliente que palpitaba bajo la tela. La desvestiste despacio, admirando el vello recortado, los labios hinchados brillando de jugos.
"Lámeme, cabrón, hazme volar", suplicó, y obedeciste. Tu lengua se hundió en ella, saboreando ese néctar dulce y salado, único de mujer en celo. La chupaste con devoción, círculos en el clítoris, metiendo la lengua adentro mientras ella se retorcía, sus muslos apretando tu cabeza. "¡Sí, así, pinche diosito! ¡Me vengo!", gritó, convulsionando, inundándote la cara con su corrida caliente. El olor a sexo llenaba la pieza, mezclado con el humo de su cigarro encendido en la mesita.
Pero no pararon. Te quitó la playera, besando tu pecho velludo, bajando hasta desabrocharte el cinto. Sacó tu verga tiesa, palpitante, con venas marcadas y el prepucio atrás listo pa' acción. "Mira qué chingona verga tienes, wey", murmuró admirándola, antes de metérsela a la boca. Sentiste el calor húmedo, su lengua girando en la cabeza, chupando las bolas con maestría. Gemías como loco, las caderas empujando instintivo.
No aguanto, me voy a correr si sigue así, pensaste, pero ella se detuvo, sonriendo maliciosa: "Ahi pa la otra El Tri, ¿no? Ahora métemela toda".
La cargaste al cuarto, tirándola en la cama deshecha. Te pusiste encima, frotando la verga en su rendija mojada, lubricándola. Ella abrió las piernas, guiándote: "Dame duro, amor, rómpeme". Entraste despacio al principio, sintiendo las paredes calientes apretándote, succionándote adentro. Inchaste los ojos con el placer, el olor de sus jugos mezclándose con tu sudor. Empezaste a bombear, lento luego rápido, el slap-slap de carne contra carne resonando con la música lejana.
Ella clavaba las uñas en tu espalda, dejando surcos rojos que ardían rico. "¡Más fuerte, pendejo! ¡Fóllame como hombre!", exigía, y tú obedecías, sudando a chorros, el cuarto oliendo a sexo crudo. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, tetas rebotando hipnóticas. Tus manos en sus caderas, guiándola, sintiendo el clítoris frotarse en tu pubis. "¡Te sientes tan chingón adentro!", jadeaba ella, acelerando hasta que su coño se contrajo, ordeñándote en otro orgasmo que la dejó temblando.
No podías más. La volteaste a perrito, admirando ese culo perfecto, redondo y firme. Escupiste en la mano, lubricaste más, y la penetraste de nuevo, profundo. El sonido de tus huevos golpeando su clítoris era obsceno, delicioso. "¡Córrete adentro, wey, lléname!", rogó, y eso te voló la cabeza. Sentiste la presión subir, las bolas apretándose, y explotaste, chorros calientes inundándola mientras gritabas su nombre inventado en el calor: "¡Luisa, carajo!". Ella se vino contigo, el coño pulsando, ordeñando hasta la última gota.
Cayeron exhaustos, enredados en sábanas húmedas, el pecho subiendo y bajando al unísono. El radio seguía con El Tri, ahora una balada suave. Ella te besó el hombro, trazando círculos en tu pecho. "Neta, fue chingón, guapo. Pero ahí pa la otra El Tri, con más rolas y más ganas". Reíste, abrazándola fuerte, oliendo su pelo a shampoo de coco mezclado con semen y sudor.
Esta chava es lo máximo, wey. Mañana repetimos, y que suene todo el disco, pensaste, mientras el sueño los envolvía en un afterglow perfecto, sabiendo que esto era solo el principio de muchas noches locas.