Pruébatelo Para Mi
Entras a la boutique de Polanco con el corazón latiéndote un poquito más rápido de lo normal. El aire huele a perfume caro, ese aroma dulce y embriagador de vainilla y jazmín que te envuelve como una caricia invisible. Alex, tu novio, camina a tu lado, su mano rozando la tuya con esa calidez que siempre te acelera el pulso. Es un sábado por la tarde, la luz del sol se filtra por las vitrinas amplias, iluminando los maniquíes con vestidos ceñidos que prometen curvas perfectas.
—Mira ese rojo —te dice él, señalando un vestido de seda que parece hecho para pecar. Es escotado, con una falda que se abre en pliegues juguetones, ajustado en la cintura y con tirantes finos como hilos de deseo—. Pruébatelo para mí, mi amor. Quiero verte con él puesto.
Sonríes, sientes un cosquilleo en el estómago. Neta, Alex siempre sabe cómo encenderte con una simple mirada. Sus ojos cafés te recorren ya imaginándote dentro de esa tela, y tú no puedes resistirte. Asientes y tomas el vestido de la percha, la seda fría rozando tus dedos como un amante impaciente.
Te metes al probador, un cubículo amplio con espejo de cuerpo entero y cortina gruesa que amortigua los sonidos del exterior. Cierras la puerta, pero no del todo, dejando una rendija juguetona. Te quitas la blusa despacio, sientes el aire acondicionado erizando tu piel, los pezones endureciéndose contra el encaje de tu bra. El vestido se desliza sobre tu cabeza, cayendo como agua roja sobre tus hombros, moldeándose a tus senos, tu cintura, tus caderas. Te miras al espejo: chíngame, estás para comerte viva. La tela susurra con cada movimiento, suave como labios húmedos.
¿Qué pensará él cuando me vea? Ay, wey, ya me estoy mojando nomás de imaginarlo.
—¡Alex! —lo llamas bajito, con voz ronca—. ¿Quieres ver?
Él asoma la cabeza por la rendija, y su sonrisa se ensancha como lobo hambriento. Entra rápido, cerrando la cortina detrás de él. El probador se siente de repente más pequeño, más íntimo, cargado de ese olor a tu perfume mezclado con el suyo, masculino y terroso.
—Órale, nena... estás riquísima —murmura, acercándose. Sus manos grandes se posan en tus caderas, tirando de la tela para ajustarla, pero en realidad solo para sentirte. Sus dedos rozan tu piel desnuda por debajo, enviando chispas directas a tu centro.
Tú giras frente al espejo, posando para él, arqueando la espalda. El vestido sube un poco, revelando el borde de tus panties de encaje negro. Sientes su aliento caliente en tu cuello, su pecho duro presionando tu espalda.
—Gírate despacio —te pide, voz grave, como grava—. Quiero verte toda.
Obedeces, el corazón retumbándote en los oídos. Sus ojos te devoran: bajan por el escote donde tus tetas se asoman tentadoras, por la curva de tu culo ceñido por la seda. Te muerde el labio inferior, y él se lame los suyos, acercándose más. Sus manos suben por tus muslos, levantando la falda poco a poco, el roce de sus callos contra tu piel suave te hace jadear.
—Alex... aquí no... —susurras, pero tu cuerpo dice lo contrario, arqueándose hacia él.
—Shh, mi reina. Nadie nos ve. Solo pruébatelo para mí un ratito más. —Sus labios rozan tu oreja, mordisqueándola suave, mientras una mano se cuela entre tus piernas, encontrando la humedad que ya empapa tu ropa interior.
¡No mames! El toque es eléctrico, sus dedos masajeando tu clítoris por encima de la tela, círculos lentos que te hacen apretar los muslos. El espejo refleja todo: tu cara de placer, ojos entrecerrados, boca entreabierta; su cuerpo alto presionándote, la erección marcada en sus jeans rozando tu culo. El sonido de tu respiración agitada llena el espacio, mezclado con el leve crujir de la cortina y la música suave de la boutique allá afuera.
Te giras en sus brazos, besándolo con hambre. Sus labios saben a menta y café de la mañana, lengua invadiendo tu boca en un baile húmedo y feroz. Tus manos bajan a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Él gime en tu boca cuando liberas su verga dura, palpitante, caliente como hierro forjado. La acaricias, sintiendo las venas hinchadas bajo tu palma, el precum resbaloso en la punta.
Qué chingona se siente en mi mano. Quiero que me llene ya, pendejo.
—Quítame las panties —le ordenas, voz entrecortada.
Él se arrodilla rápido, levantando la falda roja. Baja la prenda despacio por tus piernas, besando cada centímetro de piel expuesta: tobillos, pantorrillas, muslos. Su aliento caliente te eriza, y cuando llega a tu concha depilada y mojada, gime como animal.
—Estás chorreando, mamacita. Todo por pruébatelo.
Sí, por eso y por ti, cabrón. Su lengua lame tu raja de abajo arriba, saboreando tu néctar salado y dulce. Chupas aire cuando ataca tu botón, succionando suave al principio, luego más fuerte, dos dedos hundiéndose en ti, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas. Tus rodillas flaquean, te agarras de su pelo negro revuelto, empujándolo más adentro. El placer sube en olas, el espejo mostrando tu cara de puta en éxtasis, tetas rebotando con cada embestida de sus dedos.
—Para... fóllame ya —suplicas, jalándolo arriba.
Él se pone de pie, te gira contra el espejo. Sientes la madera fría en tus palmas, tu aliento empañándolo. Baja los jeans lo justo, posiciona la verga en tu entrada resbaladiza. Empuja despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. Gimes alto, mordiéndote el labio para no gritar. Él te tapa la boca con una mano, la otra en tu cadera, empezando a bombear.
Cada estocada es profunda, el sonido de piel contra piel húmeda retumbando en el probador. Su verga roza tus paredes, golpeando ese spot perfecto una y otra vez. Sudas, el vestido pegándose a tu piel, olor a sexo cargando el aire: almizcle, sudor, excitación pura. Él te muerde el hombro, gruñendo en tu oído:
—Te sientes tan chida, tan apretada... córrete para mí, mi amor.
La tensión crece, un nudo en tu vientre apretándose más y más. Tus muslos tiemblan, el orgasmo te golpea como tsunami: gritas contra su palma, concha contrayéndose alrededor de su pija, jugos chorreando por tus piernas. Él no para, follándote a través de las olas, hasta que se tensa, embiste una última vez y se vacía dentro de ti, chorros calientes llenándote, su gemido ronco vibrando en tu espalda.
Se quedan así un minuto eterno, jadeando, cuerpos pegados. Él sale despacio, un hilo de semen goteando por tu muslo. Te gira, besa tu frente sudorosa, labios, cuello.
—Eres lo máximo, nena. Nos lo llevamos.
Tú ríes bajito, acomodando el vestido arrugado pero aún sexy. Sales del probador como si nada, pagas el vestido con las mejillas sonrojadas y su mano en tu cintura. Afuera, el sol de la tarde acaricia tu piel sensible, el recuerdo de su tacto latiendo en ti como promesa de más.
En el coche de regreso, su mano en tu pierna promete que la noche apenas empieza. Pruébatelo para mí, dices en tu mente, sonriendo. Y lo harás, una y otra vez.