Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo La Pasión del Trio Musical La Pasión del Trio Musical

La Pasión del Trio Musical

6694 palabras

La Pasión del Trio Musical

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón bailan con el ritmo de la noche, ensayábamos en el sótano de un bar chido llamado La Noche Azul. Yo, Karla, la cantante con voz ronca que hacía vibrar las almas, junto a mis carnales del trio musical: Diego, el guitarrista de dedos mágicos, y Luis, el violinista que tocaba como si el diablo le susurrara al oído. Habíamos empezado como amigos hace meses, pero esa noche el aire se sentía cargado, espeso como el humo de un buen puro cubano.

El sudor perlaba mi frente mientras cantaba una ranchera picante, adaptada a nuestro estilo fusión. Diego me miró con esos ojos cafés intensos, su camiseta pegada al pecho musculoso por el calor.

«Neta, Karla, tu voz me pone la piel chinita»,
murmuró él entre acordes, su sonrisa pícara haciendo que mi estómago diera un vuelco. Luis, con su pelo revuelto y esa barba de tres días que olía a loción de sándalo, dejó que el violín gimiera una nota larga, como un suspiro reprimido. Sentí sus ojos recorrer mis curvas bajo el vestido negro ajustado, y un cosquilleo subió por mis muslos.

El deseo inicial era como una melodía sutil, un arpegio que se colaba en el ensayo. Terminamos la canción y nos quedamos en silencio, respirando agitados. ¿Qué carajos pasa aquí?, pensé, mientras el olor a madera del violín y el metal de las cuerdas se mezclaba con el aroma salado de nuestros cuerpos. Diego se acercó con una cerveza fría, sus dedos rozando los míos al pasármela. El toque fue eléctrico, como una descarga que me erizó los vellos de la nuca.

—Órale, carnales, ¿pausamos o qué? —dijo Luis, secándose el cuello con una toalla, su voz grave retumbando en el espacio cerrado.

Nos sentamos en los amplificadores, riendo de chistes pendejos sobre fans locas. Pero la tensión crecía. Diego contó cómo una morra lo había dejado plantado, y yo, con un trago de valor, confesé:

—Yo ando soltera hace rato, pero neta, extraño que me toquen como se debe.

Sus miradas se cruzaron, y sentí el pulso acelerarse. Esto va para largo, me dije, mientras el calor entre mis piernas empezaba a palpitar.

El ensayo siguió, pero ahora cada nota era un pretexto. Diego improvisó un solo de guitarra que sonaba a gemido, y yo canté más cerca, mi cadera rozando su rodilla. Luis se unió, su violín llorando pasión, y de pronto su mano libre acarició mi espalda baja. El tacto era suave, cálido, como terciopelo sobre mi piel sudada.

«¿Te late, Karla?»
susurró él al oído, su aliento caliente oliendo a menta y cerveza.

La escalada fue gradual, como un crescendo en una sinfonía prohibida. Apagamos las luces principales, dejando solo una lámpara roja que teñía todo de lujuria. Diego me jaló hacia él para un dueto improvisado, sus labios a centímetros de los míos. Quiero probarte, pensé, y lo besé. Fue feroz, hambriento, su lengua danzando con la mía al ritmo de un bolero imaginario. Luis no se quedó atrás; se pegó por detrás, sus manos explorando mis senos por encima del vestido, pellizcando suavemente los pezones hasta que gimí en la boca de Diego.

—No mames, qué rico sales —gruñó Diego, bajando la cremallera de mi vestido. La tela cayó como una cascada, revelando mi lencería negra de encaje. El aire fresco besó mi piel desnuda, erizándome, mientras el olor a excitación —esa mezcla almizclada de sudor y deseo— llenaba el sótano.

Luis me volteó, besando mi cuello con labios suaves, mordisqueando la clavícula. Sus manos bajaron a mi culo, amasándolo con fuerza juguetona. Son unos cabrones perfectos, internalicé, mientras Diego se arrodillaba, besando mi vientre, bajando hasta mi chochito ya húmedo. Sentí su lengua caliente lamiendo a través de las bragas, el sabor salado de mi arousal en su boca. Grité bajito, el sonido rebotando en las paredes como eco de placer.

Nos movimos al colchón viejo que usábamos para siestas entre ensayos, ahora nuestro altar de pecado. Me quitaron las bragas con dientes y dedos ansiosos. Diego se desvistió primero, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, palpitando al ritmo de su corazón acelerado. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Luis se unió, su pija más larga, curva, oliendo a jabón y hombre. Las chupé alternadamente, saboreando la sal de sus precomeos, mis labios estirándose alrededor de ellas mientras ellos gemían mi nombre.

—Karla, chula, me vas a volver loco —jadeó Luis, enredando sus dedos en mi pelo.

La intensidad subió. Diego me penetró primero, lento, abriéndome centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, el estiramiento delicioso que me hizo arquear la espalda. El slap de piel contra piel empezó suave, luego furioso, su sudor goteando en mis tetas. Luis se posicionó detrás, lubricándonos con saliva y mi propia humedad. Entró en mi culo con cuidado, preguntando:

¿Netas te late, reina?»

—Sí, cabrón, dame todo —rogué, el doble llenado mandándome al cielo. Sus vergas se frotaban separadas solo por una delgada pared, el roce mutuo volviéndolos locos. Yo estaba en medio, rebotando entre ellos, mis uñas clavándose en la espalda de Diego, oliendo su axila masculina mientras lamía su cuello salado.

Los sonidos eran una sinfonía: mis jadeos agudos, sus gruñidos graves, el chapoteo húmedo de cuerpos chocando, el crujir del colchón. El violín de Luis yacía cerca, vibrando levemente con las ondas de nuestros movimientos, como si quisiera unirse. El clímax se acercó en oleadas. Diego se corrió primero, su leche caliente inundándome, el pulso de su eyaculación contra mis paredes. Eso me disparó, mi orgasmo explotando en estrellas, contrayéndome alrededor de él mientras gritaba «¡Ay, Dios!». Luis siguió, llenando mi culo con chorros espesos, su cuerpo temblando contra el mío.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Diego besó mi frente, Luis mi hombro, sus manos acariciando perezosamente. El sótano olía a sexo crudo, a nosotros tres fundidos en uno. Esto cambia todo, pensé, pero en el buen sentido. Nuestro trio musical ahora tenía una capa secreta, una armonía más profunda.

Nos vestimos riendo, prometiendo repetir después del próximo gig. Salimos a la noche de Polanco, el fresco aire lavando el calor de nuestros cuerpos, pero el fuego dentro ardía eterno. Esa pasión del trio musical era nuestra mejor composición, una que tocaríamos una y otra vez.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.