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Trios Caseros Inolvidables

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Trios Caseros Inolvidables

Era una noche calurosa en el departamento de la colonia Roma, de esas que te hacen sudar hasta el alma. Carlos y yo llevábamos meses coqueteando con la idea de los trios caseros, de esos encuentros que se arman en la intimidad del hogar, sin complicaciones ni dramas. No era algo planeado con lujuria fría, sino que surgió natural, como el tequila que nos gustaba compartir con los amigos cercanos. Esa vez, Laura, la vecina del piso de arriba, se unió a la tertulia. Era una morra preciosa, de curvas generosas y ojos que prometían travesuras. Llevaba un vestido ligero que se pegaba a su piel por el bochorno, y cada vez que se movía, el aroma de su perfume mezclado con sudor fresco me llegaba directo al hígado.

Estábamos en la sala, con las luces tenues y la tele de fondo murmurando una serie gringa. Carlos, mi carnal desde hace dos años, preparó unos micheladas bien frías, con limón y sal que picaba en la lengua. ¿Y si hoy la cosa se pone interesante? pensé, mientras lo veía servir, su camiseta ajustada marcando los músculos de su pecho. Laura se recargó en el sofá, cruzando las piernas de forma que su falda subió un poco, dejando ver la piel suave de sus muslos. "Neta, qué rico está esto", dijo ella, lamiendo la espuma de su vaso. Su voz ronca, con ese acento chilango que me erizaba la piel, me hizo apretar las piernas sin darme cuenta.

La plática fluyó fácil, como siempre. Hablamos de la chamba, de los chismes del edificio, y de pronto, Carlos soltó la bomba: "

¿Han probado los tríos caseros? Dicen que son lo máximo, sin rollos ni hoteles caros
", dijo guiñándome el ojo. Laura se rio, pero sus mejillas se sonrojaron. "¡Pendejo! ¿En serio? Yo una vez, pero fue un desmadre total". Yo sentí un cosquilleo en el estómago, el calor subiendo desde mi entrepierna. Esto va para largo, me dije, imaginando sus manos en mi cuerpo.

El aire se cargó de electricidad. Carlos se acercó a Laura, rozándole el brazo casualmente, y ella no se apartó. Yo observaba, mi corazón latiendo fuerte contra las costillas. "Ven acá, Lau", le dije, extendiendo la mano. Ella se deslizó hacia mí, y de repente sus labios rozaron los míos. Su boca sabía a sal y cerveza, dulce y salada a la vez. El beso fue suave al principio, exploratorio, con lenguas que se enredaban perezosas. Carlos nos miró, su respiración agitada, y se unió, besándome el cuello mientras Laura me acariciaba la nuca. Olía a su colonia varonil, a sudor limpio y deseo crudo.

Nos movimos al cuarto como en un trance. La cama king size nos esperaba, con sábanas frescas que olían a suavizante de lavanda. Me quité la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas firmes, los pezones ya duros como piedras. Laura jadeó: "¡Qué chulas, Ana!". Sus manos las tomaron, amasándolas con ternura, pellizcando justo lo necesario para que un gemido se me escapara. Carlos se desvistió rápido, su verga ya parada, gruesa y venosa, saltando libre. Pinche deliciosa, pensé, lamiéndome los labios.

Laura se arrodilló frente a mí, bajándome el short con dientes juguetones. Mi panocha estaba empapada, el calor húmedo entre mis piernas como un horno encendido. Ella inhaló profundo: "Hueles a miel, carnala". Su lengua trazó mi raja despacio, saboreando cada pliegue, chupando mi clítoris con succiones que me hacían arquear la espalda. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con mis ayes ahogados. Carlos se acercó por detrás, su pija rozando mi culo, untándose en mis jugos. "Estás chorreando, mi amor", murmuró en mi oído, su aliento caliente enviando escalofríos por mi espina.

La tensión crecía como una tormenta. Cambiamos posiciones: yo encima de Laura, lamiéndole las tetotas mientras Carlos me penetraba por detrás. Su verga entraba centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. Cada embestida hacía que mi lengua se hundiera más en la concha de ella, que sabía a mar y almizcle. "¡Más duro, wey!", le grité a Carlos, mis uñas clavándose en las caderas de Laura. Ella gemía bajito, "Sí, Ana, chúpame así, no pares". El cuarto apestaba a sexo: sudor salado, fluidos pegajosos, el leve olor a semen preeyaculatorio de Carlos.

En mi mente, un torbellino:

Esto es lo que queríamos, un trío casero puro, sin máscaras ni mentiras. Sus cuerpos contra el mío, piel con piel, pulsos acelerados latiendo al unísono
. Carlos aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada, un ritmo frenético que me llevaba al borde. Laura se retorcía debajo, sus muslos temblando mientras yo le metía dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía chillar como loca.

El clímax nos golpeó como un rayo. Primero Laura, convulsionando con un grito gutural, su coño apretándome los dedos en espasmos. Eso me llevó a mí: olas de placer desde mi vientre, explotando en estrellas detrás de mis ojos cerrados. "¡Me vengo, cabrones!", aullé, el mundo reduciéndose a esa fricción divina. Carlos gruñó, sacando su verga para pintarnos el vientre con chorros calientes y espesos, su leche tibia goteando por nuestra piel.

Nos quedamos tendidos, jadeantes, el ventilador zumbando sobre nosotros. El sudor nos unía, pegajosos y satisfechos. Laura me besó la frente: "Neta, el mejor trío casero de mi vida". Carlos rio, abrazándonos a las dos. Yo sonreí, sintiendo el pulso calmarse, el cuerpo pesado de placer. Esto no termina aquí, pensé, mientras el aroma de nuestros fluidos se mezclaba con la noche brava.

Pero la cosa no paró ahí. Después de un rato, con cervezas frescas en mano, la lujuria renació. Carlos se recostó, y Laura y yo nos turnamos para mamarle la verga, que se endureció de nuevo como por arte de magia. Yo la chupaba profunda, sintiendo su grosor en mi garganta, el sabor salado de su piel. Laura lamía sus huevos, succionándolos con ruidos húmedos que me ponían más caliente. "¡Qué ricas bocas tienen!", jadeó él, sus manos enredadas en nuestro pelo.

Me subí encima de él, empalándome despacio, centímetro a centímetro, hasta que su pija me tocó el útero. El estirón era perfecto, dolorcito placentero que se convertía en éxtasis. Reboté lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, el jugo chorreando por sus bolas. Laura se sentó en su cara, y él la devoró con hambre, su lengua hurgando su ano y clítoris por turnos. Ella se mecía, tetas bamboleando, gimiendo "¡Lámeme el culo, Carlos, sí!". Yo la besaba, tragándome sus ayes, nuestras lenguas danzando mientras mi culo chocaba contra su pelvis.

El sudor nos empapaba, gotas rodando por mi espalda, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores. Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, acumulando tensión hasta que exploté otra vez, chorros de squirt mojando su vientre. Laura se vino segundos después, temblando sobre su boca. Carlos nos volteó, poniéndome a cuatro y a Laura debajo, lamiéndome mientras él la follaba a ella. "¡Qué culazo tienes, Lau!", gruñó, embistiéndola fuerte, sus caderas un borrón.

Yo sentía su lengua en mi ano, alternando con mi panocha chorreante, el placer duplicado.

Pinche paraíso, esto de los tríos caseros es adictivo, puro fuego en las venas
. Carlos rugió, llenándola de leche caliente, el exceso goteando para que yo lo lamiera de su concha. Terminamos exhaustos, enredados en un nudo de brazos y piernas, risas ahogadas y besos perezosos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con promesas de más noches así. Laura se fue contoneando, y Carlos me abrazó por detrás: "Te amo, mi reina". Yo suspiré, el cuerpo aún vibrando. Los trios caseros habían cambiado todo, abriendo puertas a un placer compartido, honesto y ardiente. En el espejo, vi mi sonrisa satisfecha, piel marcada de besos. Esto es vida, pensé, lista para lo que viniera.

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