Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Gato Tratando de Enterrar la Comida El Gato Tratando de Enterrar la Comida

El Gato Tratando de Enterrar la Comida

7678 palabras

El Gato Tratando de Enterrar la Comida

Estabas recostada en la cama de tu acogedora casa en la playa de Puerto Vallarta, con el sonido de las olas rompiendo a lo lejos y el aroma salino del Pacífico colándose por la ventana abierta. El sol de la tarde teñía las sábanas de un dorado cálido, y el ventilador giraba perezosamente sobre tu cabeza, moviendo el aire húmedo que olía a coco de la loción que te habías untado después de la ducha. De repente, un rascado insistente te sacó de tu letargo. Miraste hacia abajo y ahí estaba tu gato, Negro, ese minino callejero que habías adoptado hace meses, con un pedazo de pechuga de pollo robado de tu plato de la comida. El gato tratando de enterrar la comida era un espectáculo: arañaba las sábanas con sus patitas, cubriendo el trozo de carne con tela, como si la cama fuera su jardín personal. Sus ojos verdes brillaban concentrados, la colita en alto, meneándose con determinación.

Qué pendejo este gato, pensé, riendo por dentro. Siempre haciendo lo mismo, tratando de esconder sus tesoros donde no debe. Me hace falta Javier, neta. Hace dos días que no lo veo y ya me estoy imaginando sus manos grandes cubriéndome como esas sábanas.

El calor entre tus piernas empezó a crecer solo de pensarlo. Javier, tu amante desde hace un año, ese moreno alto con ojos cafés que te volvían loca, el que te llamaba mamacita y te hacía gemir con solo un beso. Era un chingón en la cama, siempre inventando juegos que te dejaban temblando. El teléfono vibró en la mesita: un mensaje suyo. "Ya voy llegando, preciosa. Prepárate que traigo ganas."

Te incorporaste, el gato maulló molesto por la interrupción y siguió con su ritual, el gato tratando de enterrar la comida ahora con más furia, revolviendo las sábanas hasta que el pollo quedó medio oculto bajo un pliegue. El olor a pollo asado se mezcló con tu perfume, creando una fragancia casera y excitante. Te pusiste una tanga de encaje negro y una camisola ligera que apenas cubría tus curvas, sintiendo la tela rozar tus pezones ya endurecidos. El espejo te devolvió la imagen de una mujer de treinta años, piel morena besada por el sol, labios carnosos listos para ser devorados.

La puerta se abrió minutos después, y Javier entró con su sonrisa pícara, oliendo a mar y a sudor fresco de la moto que acababa de estacionar. Llevaba una camisa guayabera desabotonada, dejando ver su pecho musculoso. Órale, murmuraste para ti, el pulso acelerándose.

¡Ey, mamacita! ¿Qué onda con este desmadre? —dijo riendo al ver al gato tratando de enterrar la comida en el centro de la cama. Se acercó, lo cargó con gentileza y lo depositó en el piso. Negro bufó, pero Javier lo ignoró, sus ojos clavados en ti.

—Este gato tratando de enterrar la comida otra vez, wey. Es un pendejito, ¿verdad? —contestaste, acercándote con caderas balanceantes.

Sus manos te rodearon la cintura de inmediato, tirando de ti contra su cuerpo duro. Sentiste su erección presionando contra tu vientre, gruesa y caliente a través de los jeans. El beso fue inmediato, hambriento, su lengua invadiendo tu boca con sabor a menta y sal. Gemiste bajito, el sonido ahogado por sus labios. Sus dedos se clavaron en tus nalgas, amasándolas como si quisiera enterrar algo profundo en ti.

Neta que este hombre me prende cañón. Su olor, su fuerza... ya quiero sentirlo dentro, enterrándose hasta el fondo.

Acto primero cerrado, la tensión inicial se convertía en fuego lento mientras caían sobre la cama revuelta por el gato. Javier te quitó la camisola con un movimiento fluido, exponiendo tus senos plenos. Sus labios bajaron por tu cuello, lamiendo la sal de tu piel, mordisqueando hasta llegar a un pezón. Lo chupó con fuerza, el tirón enviando chispas directas a tu clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón! gritaste, arqueando la espalda. Tus uñas se hundieron en su cabello negro, oliendo a shampoo de hierbas.

Él se incorporó, quitándose la camisa. Su torso era un mapa de músculos tensos, con vello oscuro que bajaba hasta su ombligo. Desabrochó los jeans, liberando su verga erecta, venosa y palpitante, la cabeza brillante de precúm. La tomaste en tu mano, sintiendo el calor pulsante, el grosor que apenas cabía en tu palma. La masturbaste despacio, oyendo su gruñido ronco, como un animal satisfecho.

Te voy a enterrar esta comida como tu gato, preciosa —susurró con voz grave, adaptando el juego del minino a algo sucio y delicioso.

Riendote, lo empujaste boca arriba. Te subiste a horcajadas, frotando tu concha mojada contra su verga. La tanga estaba empapada, el olor a tu excitación llenando el aire, almizclado y dulce. Deslizaste la tela a un lado, posicionándote. Lentamente, te hundiste en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te abría, te llenaba. ¡Qué chido! El estiramiento era perfecto, rozando cada nervio interno. Empezaste a moverte, arriba y abajo, tus jugos lubricando todo, sonidos chapoteantes mezclándose con sus jadeos.

La intensidad creció. Javier te agarró las caderas, guiando tus movimientos, sus abdominales contrayéndose con cada embestida. Sudor perló su piel, goteando sobre tu vientre. Chupaste sus pezones salados, mordiendo suave, oyendo cómo maldecía en voz baja: ¡Puta madre, qué rico te sientes! Tus paredes internas lo apretaban, ordeñándolo, el placer acumulándose en tu bajo vientre como una ola a punto de romper.

Esto es lo que necesitaba. Su verga enterrándose en mí, como el gato tratando de enterrar la comida, pero mil veces mejor. No pares, Javier, no pares.

Cambiaron posiciones en el clímax del medio acto. Te puso a cuatro patas, el gato Negro observando desde el piso con curiosidad felina. Javier se colocó detrás, su aliento caliente en tu nuca. Rozó tu entrada con la punta, torturándote, hasta que embistió de un golpe. Gritas de placer escaparon de tu garganta, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. Sus bolas golpeaban tu clítoris, enviando descargas eléctricas. Una mano bajó a frotar tu botón hinchado, círculos rápidos y precisos. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, pasión cruda.

¡Córrete para mí, mamacita! ¡Dame todo! —rugió, acelerando.

El orgasmo te golpeó como un tsunami. Tus músculos se contrajeron, ordeñando su verga, jugos chorreando por tus muslos. Gritaste su nombre, el mundo explotando en colores detrás de tus párpados. Él te siguió segundos después, gruñendo como fiera, su leche caliente inundándote, enterrándose profundo mientras pulsaba una y otra vez.

Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en sábanas arrugadas donde el gato había intentado su ritual. Javier te besó la sien, su mano acariciando tu espalda húmeda. El minino saltó a la cama, olfateando curioso el desastre, pero lo ignoraron. Afuera, el sol se ponía, tiñendo el cielo de rosas y naranjas.

Qué pedo tan chido. Este hombre es mi todo. Y ese gato tratando de enterrar la comida... nos dio la excusa perfecta para esto. Neta, la vida es buena.

Se quedaron así, en afterglow, charlando pendejadas sobre el gato, planeando cenar tacos de mariscos en la playa. Su calor te envolvía, el latido de su corazón sincronizándose con el tuyo. En ese momento, todo era perfecto: deseo satisfecho, conexión profunda, y la promesa de más noches así. El gato, ajeno a todo, se acurrucó al pie de la cama, su pedazo de pollo olvidado bajo las sábanas.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.