Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Noche Prohibida con el Trio Halcon Huasteco de Marte Santana Noche Prohibida con el Trio Halcon Huasteco de Marte Santana

Noche Prohibida con el Trio Halcon Huasteco de Marte Santana

7226 palabras

Noche Prohibida con el Trio Halcon Huasteco de Marte Santana

La fiesta en la hacienda de don Ramiro estaba en su apogeo. El aire de la Huasteca potosina se llenaba con el aroma dulce de las bugambilias y el humo picante de las carnes asadas en la parrillada. Yo, Ana, había llegado con mis amigas buscando un poco de diversión después de semanas de puro estrés en la ciudad. La música retumbaba desde el escenario improvisado: el Trio Halcon Huasteco de Marte Santana tocaba un son huasteco que hacía vibrar el suelo de tierra apisonada. Sus voces graves y apasionadas se entretejían con el rasgueo frenético de la huapanguera, el lamento del violín y el repique juguetón de la jarana.

Me quedé clavada mirando a los tres. El primero, alto y moreno, con bigote recio y camisa blanca abierta que dejaba ver su pecho sudoroso, era el violinista, Marte Santana en persona, el alma del trío. A su lado, el huapanguerista, un tipo fornido llamado Halcón, con ojos negros que perforaban y manos callosas que prometían caricias rudo. Y el jarana, más joven, delgado pero fibroso, con sonrisa pícara, respondía al nombre de Chuy. Neta, eran como dioses paganos salidos de las leyendas huastecas, con esa energía que te eriza la piel.

¿Qué carajos me pasa? pensé mientras sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas. El ritmo acelerado del son me hacía mover las caderas sin querer, y el sudor me pegaba el vestido rojo al cuerpo, marcando mis curvas. Bebí un trago de chela fría para calmar el calor que subía por mi cuello, pero solo avivó el fuego.

Al terminar la pieza, bajaron del escenario entre aplausos y silbidos. Mis amigas me empujaron: "¡Ora ve y diles que su música está chingona, Ana!" Me acerqué con el corazón latiéndome como tambor. "Órale, Trio Halcon Huasteco de Marte Santana, ¡qué chido tocaron! Me dejaron temblando", solté con voz juguetona. Marte me miró de arriba abajo, su sonrisa lobuna. "Pues si te dejamos temblando con la música, imagínate con lo demás, mija". Halcón rio ronco, y Chuy guiñó: "Ven, baila con nosotros la próxima".

El segundo son fue el detonante. Me metieron en su círculo, sus cuerpos rozándome al compás. Sentía el calor de Halcón por detrás, su aliento en mi nuca oliendo a pulque fresco. Marte frente a mí, sus manos en mi cintura guiándome con fuerza sensual. Chuy a un lado, su pierna rozando la mía. El violín lloraba notas agudas que se clavaban en mi vientre, el rasgueo de la huapanguera vibraba en mis pechos. Sudor, risas, miradas cargadas de promesas. Esto no es normal, pero se siente tan bien, me dije, mientras mi cuerpo respondía con un pulso húmedo y caliente.

La noche avanzaba, la fiesta se dispersaba en grupos borrachos y parejitas escapando a los rincones oscuros. Ellos me invitaron a su camioneta vieja pero cómoda, estacionada detrás de la caballeriza. "Ven a probar nuestro pulque casero, Ana, el de Marte Santana es el mejor", dijo Halcón con voz grave. Acepté, el deseo me nublaba el juicio. Adentro, el espacio olía a cuero viejo, tabaco y hombre. Nos sentamos apretujados, sus muslos contra los míos, pasándonos la botella. El pulque dulce y espeso bajaba ardiente por mi garganta, soltándome la lengua.

"¿Saben? Su música me pone caliente. Ese falsete huasteco es puro sexo", confesé riendo. Chuy se acercó: "Entonces déjanos tocarte como a nuestras cuerdas". Sus labios rozaron mi oreja, enviando chispas por mi espina. Marte apagó la luz de la cabina, solo la luna filtrándose por la ventana. Halcón me besó primero, su boca exigente, barba raspando mi piel suave, lengua invadiendo con sabor a pulque y deseo crudo. Gemí bajito, mis manos en su pecho duro como roble.

La tensión crecía como un son interminable. Chuy desabrochó mi vestido, sus dedos finos pero firmes acariciando mis pezones que se endurecían al aire fresco. ¡Ay, Dios, tres pares de manos! pensé mareada de placer. Marte lamió mi cuello, bajando a mis senos, succionando con hambre mientras Halcón metía mano entre mis muslos, encontrándome empapada. "Estás chorreando, corita", gruñó, sus dedos gruesos abriéndose paso, frotando mi clítoris hinchado. El sonido húmedo de mi excitación se mezclaba con sus respiraciones jadeantes y el crujir de la camioneta.

Me recostaron en el asiento ancho, desnuda bajo sus ojos hambrientos. Olía a mi propia arousal, almizclado y dulce, mezclado con su sudor masculino. Chuy se quitó la camisa, revelando abdomen marcado por el trabajo rudo. Se arrodilló y hundió la cara entre mis piernas, su lengua danzando como el repique de su jarana: rápida, juguetona, lamiendo mi entrada con maestría. "¡Órale, qué rica sabe!", murmuró, chupando mi néctar. Yo arqueaba la espalda, uñas clavadas en el cuero, gemidos escapando sin control.

Halcón se desabrochó los pantalones, sacando su verga gruesa, venosa, palpitante. "Chúpamela, Ana, como si fuera mi huapanguera". Obedecí ansiosa, boca llena de su calor salado, lengua girando en la cabeza hinchada. Él gemía ronco, manos en mi pelo guiándome. Marte, no queriendo quedarse atrás, se posicionó detrás de mí, su miembro largo y curvado rozando mi culo. "Relájate, mija, te vamos a llenar de placer huasteco".

La escalada fue brutal. Chuy siguió lamiéndome hasta que temblé al borde del orgasmo, pero Halcón me levantó y me sentó en su regazo, empalándome de un solo empujón. "¡Ay, cabrón, qué prieta!", rugió, mis paredes apretándolo mientras rebotaba, pechos saltando. Marte se unió por detrás, lubricado con mi propia humedad, entrando lento en mi trasero. El estiramiento ardiente se convirtió en éxtasis puro, doble penetración que me hacía gritar. Chuy se masturbaba viéndonos, luego metió su verga en mi boca, follándome la garganta con ritmo.

Sus cuerpos se movían en armonía perfecta, como su música: Halcón embistiendo profundo desde abajo, golpes secos contra mi clítoris; Marte deslizándose suave pero firme en mi retaguardia, sus bolas golpeando mis nalgas; Chuy follando mi boca con urgencia. Sentía cada vena, cada pulso, olores intensos de sexo, pieles resbalosas de sudor, sabores salados en mi lengua. Esto es el paraíso huasteco, neta me voy a romper de gusto. El clímax llegó en oleadas: yo exploté primero, chorros calientes empapando a Halcón, cuerpo convulsionando. Ellos siguieron, gruñendo como lobos, llenándome de semen caliente, Marte en mi culo, Halcón en mi panocha, Chuy pintando mi cara.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones entrecortadas, risas cansadas. El pulque olvidado rodó al piso. Marte me besó la frente: "Eres nuestra musa ahora, Ana". Halcón acarició mi espalda: "Vuelve cuando quieras más sones privados". Chuy limpió mi piel con su camisa, tierno. Me vestí temblando aún, piernas flojas, un glow de satisfacción profunda.

Salí a la noche estrellada, el eco de su música en mi cabeza y su esencia en mi cuerpo. Caminé de regreso a la fiesta con sonrisa secreta, sabiendo que el Trio Halcon Huasteco de Marte Santana había tocado las cuerdas más ocultas de mi alma. Esa noche cambió todo; ahora cada son huasteco me hace mojar de recuerdo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.