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Triara la Llama Eterna

6257 palabras

Triara la Llama Eterna

La noche en Playa del Carmen estaba viva, con el rumor de las olas rompiendo contra la arena blanca y el eco lejano de un mariachi tocando cumbias en el bar de la playa. Tú, carnal, habías llegado de la Ciudad de México buscando un respiro de la rutina chafa, y ahí estabas, con una cerveza fría en la mano, sintiendo la brisa salada pegándose a tu piel sudada. El sol se había puesto hace rato, dejando un cielo estrellado que parecía invitar a los pecados más dulces.

Entonces la viste. Triara. Salió del mar como una sirena salida de un sueño mojado, el agua chorreando por su piel morena y brillante, ese bikini rojo ceñido a sus curvas que te dejó con la boca seca. Su cabello negro largo ondeaba con el viento, y sus ojos, negros como la noche mexicana, te clavaron en el sitio. Órale, wey, pensaste,

esta morra es puro fuego, neta que me va a quemar vivo.
Caminó hacia la barra con un contoneo que hacía bailar sus caderas, y tú no pudiste evitar seguirla con la mirada, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano.

Te armaste de valor y te acercaste. "Qué onda, preciosa, ¿vienes a calentar esta playa o qué?", le soltaste con tu mejor sonrisa pícara. Ella se rio, una carcajada ronca y sensual que te erizó la piel. "Soy Triara, y sí, vengo a prenderla toda. Tú eres...?" Extendió la mano, y cuando la tocaste, fue como si un chispazo eléctrico te recorriera el brazo hasta la verga, que ya empezaba a despertar. "Alejandro, pero llámame Ale, como quieras tú." Pidieron mezcal, ese licor ahumado que quema la garganta y aviva el deseo, y charlaron de la vida, de cómo ella era de Mérida, yogui y bailarina, con un cuerpo esculpido por el sol y el movimiento.

La tensión crecía con cada sorbo. Sus piernas rozaban las tuyas bajo la mesa de palma, y el olor de su piel, mezcla de sal marina y coco, te invadía las fosas nasales. Puta madre, pensabas,

quiero comérmela entera, sentir cómo sabe esa boca carnosa.
Triara te miró fijo, mordiéndose el labio inferior. "Ale, neta que me traes loca con esa mirada. ¿Vamos a caminar por la playa? Necesito aire... o algo más caliente." Su voz era un susurro ronco, y tú asentiste, el pulso acelerado como si hubieras corrido una ultra.

La arena tibia se pegaba a sus pies descalzos mientras caminaban alejándose de las luces. La luna llena iluminaba todo, haciendo que su piel brillara como bronce pulido. Se detuvieron detrás de unas palmeras, donde el sonido de las olas ahogaba cualquier ruido ajeno. Triara se giró hacia ti, sus tetas subiendo y bajando con la respiración agitada. "Bésame, pendejo", murmuró, y tú no lo pensaste dos veces. Tus labios chocaron con los suyos, suaves y calientes, saboreando el mezcal y un dulzor natural que te volvió loco.

Las manos de ella subieron por tu pecho, quitándote la camisa con urgencia, mientras tú desatabas el nudo de su bikini. Sus pechos saltaron libres, firmes y perfectos, con pezones oscuros endurecidos por el aire nocturno. Los besaste, lamiendo esa piel salada, oyendo sus gemidos bajos que se mezclaban con el romper de las olas.

Chingado, qué delicia, esta triara sabe a paraíso prohibido
, pensaste mientras ella te bajaba el short, su mano envolviendo tu verga dura como piedra, acariciándola con una lentitud tortuosa que te hacía jadear.

"Te quiero adentro, Ale, pero despacito, hazme sentir cada centímetro", jadeó Triara, guiándote a la arena suave. Se recostó, abriendo las piernas, y tú viste su panocha depilada, reluciente de jugos, oliendo a deseo puro y femenino. Te arrodillaste, besando su interior de los muslos, la lengua explorando primero sus labios hinchados, saboreando ese néctar dulce y salado que te tenía babeando. Ella arqueó la espalda, clavando las uñas en tu cabello. "¡Sí, wey, chúpame así! ¡Ay, cabrón!" Sus caderas se movían al ritmo de tu lengua, el clítoris hinchado palpitando contra tu boca, hasta que tembló en un primer orgasmo, gritando al mar.

Pero no pararon. Tú te posicionaste, la punta de tu verga rozando su entrada húmeda, y entraste lento, sintiendo cómo sus paredes calientes te apretaban como un guante de terciopelo. "¡Qué rico, Triara, estás tan mojada para mí!", gruñiste, embistiéndola con ritmo creciente. El slap-slap de piel contra piel se unía al coro de las olas, sus tetas rebotando con cada empujón, el sudor mezclándose en vuestros cuerpos. Ella te arañaba la espalda, mordiendo tu hombro.

Esta conexión es mágica, carnal, como si estuviéramos fundidos en una sola llama
.

La intensidad subía. Cambiaron de posición; Triara encima, cabalgándote como una amazona yucateca, sus caderas girando en círculos que te llevaban al borde. "¡Cógeme duro, Ale, dame todo!", exigía, sus ojos fijos en los tuyos, empoderada y salvaje. Tú la sujetabas por las nalgas firmes, sintiendo el aroma almizclado de su arousal llenando el aire, el sabor de su sudor en tus labios cuando la besabas. El clímax se acercaba, sus contracciones internas ordeñándote, hasta que explotó. "¡Me vengo, chingado!", chilló ella, temblando encima tuyo, y tú la seguiste, vaciándote dentro con un rugido gutural, oleadas de placer cegador recorriéndote el cuerpo.

Se derrumbaron juntos en la arena, jadeando, el corazón martilleando al unísono. Triara se acurrucó contra tu pecho, su piel pegajosa y cálida contra la tuya, el olor de sexo y mar envolviéndolos. "Neta que fue chingón, Ale. Eres un animal en la cama", murmuró con una sonrisa perezosa, trazando círculos en tu abdomen. Tú la besaste la frente, sintiendo una paz profunda.

Triara no es solo un polvo; es esa chispa que prende el alma, wey. Ojalá no termine aquí
.

Se quedaron así un rato, escuchando el vaivén del mar, las estrellas testigos de su unión. Ella se incorporó, poniéndose el bikini con gracia felina. "Vámonos por otro mezcal, ¿o qué? Esta noche apenas empieza." Tú sonreíste, levantándote, la mano en su cintura. Caminaron de vuelta, enlazados, con la promesa de más noches ardientes. Triara, la llama eterna, había encendido algo en ti que no se apagaría fácil.

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