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La Triada Epidemiologica en Mi Mapa Conceptual de Placeres

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La Triada Epidemiologica en Mi Mapa Conceptual de Placeres

Estaba en mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas, cuando Luis y Carla llegaron con sus libretas y marcadores. Éramos compas de la uni, estudiando epidemiología para el pinche examen final. "Órale, Ana, saquemos este mapa conceptual de la triada epidemiologica", dijo Luis, con esa sonrisa pícara que siempre me hacía cosquillas en el estómago. Carla, con su pelo negro suelto y esa blusa escotada que dejaba ver el borde de su sostén de encaje, se sentó a mi lado en el sofá, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío.

El aire olía a café recién hecho y a los tacos de suadero que había pedido por Rappi. Ponemos reggaetón bajito de fondo, Bad Bunny susurrando rimas calientes, y extendimos una hoja gigante en la mesa de centro. "La triada epidemiologica: agente, huésped, ambiente", expliqué yo, dibujando flechas con marcador rojo. Mis dedos rozaron los de Carla al pasarle el negro, y neta, un chispazo me recorrió la piel. Luis se recargó en el respaldo, su camiseta ajustada marcando los músculos del pecho, y dijo: "El agente es lo que infecta, como un virus cabrón que te entra por las venas". Sus ojos se clavaron en mí, y juré que no era solo del tema.

Empezamos a reírnos de tonterías, recordando el profe que parecía momia, pero la tensión crecía como humedad en el aire. Carla se inclinó para agregar "factores de riesgo" al mapa conceptual, y su perfume, una mezcla de vainilla y algo más salvaje, me invadió las fosas nasales. "Triada epidemiologica mapa conceptual listo, pero falta el ambiente", murmuró ella, su aliento cálido en mi oreja. Mi corazón latía fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo. ¿Era el calor de la tarde o qué? Sentí mi piel erizarse, los pezones endureciéndose bajo la tela fina de mi top.

¿Por qué carajos me pongo así con ellos? Son mis cuates, pero neta, los he visto en sueños, los tres enredados, explorando cada rincón.

La noche cayó sin darnos cuenta, las luces de la ciudad parpadeando afuera. Pedimos chelas frías, y el alcohol soltó las lenguas. "Imagínense si la triada epidemiologica fuera de deseo", soltó Luis, su voz ronca. "El agente: la atracción que nos jode la cabeza. El huésped: nuestros cuerpos listos para contagiarse. El ambiente: este depa, con su sofá mullido y el olor a sexo que ya se huele". Carla se mordió el labio, mirándonos a los dos. "Y el mapa conceptual lo dibujamos con las manos, ¿no?". Su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacito, y no la quité. Al contrario, mi pulso se aceleró, el calor bajando directo a mi entrepierna.

Luis se acercó, su rodilla tocando la de Carla. "Ana, hermana, desde la primera clase te veo y se me para", confesó, sin pendejadas, directo como chilango en cantina. Yo tragué saliva, el sabor metálico de la anticipación en la boca. "Yo también, wey. Y tú, Carla, con esas curvas que matan". Ella rio bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "Neta, chicas y chicos, esto es mutuo. ¿Hacemos el mapa real?". Sus dedos trazaron mi muslo, y asentí, el deseo ardiendo como mole en comal.

Nos paramos, torpes de excitación, y nos fuimos al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Luis me besó primero, sus labios firmes, barba raspando mi piel suave, lengua invadiendo mi boca con sabor a chela y menta. Carla se pegó por detrás, sus tetas contra mi espalda, manos colándose bajo mi top para pellizcar mis pezones. Qué rico, gemí contra la boca de él. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba el cuarto, mixto con el zumbido lejano del tráfico en Reforma.

Me quitaron la ropa despacio, saboreando. Luis lamió mi cuello, mordisqueando, mientras Carla bajaba mis jeans, besando mi ombligo. Sentí el aire fresco en mi piel desnuda, contrastando con sus bocas calientes. "Mírate, Ana, el huésped perfecto", susurró ella, sus dedos abriendo mis labios vaginales, húmedos ya de jugos. El olor a mi excitación se mezcló con el suyo, almizclado y dulce. Luis se desvistió, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, goteando precum. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé, saboreando la sal en la punta. Carla gimió viéndonos, tocándose la concha rasurada.

Nos enredamos en la cama, un nudo de extremidades sudorosas. Yo encima de Carla, lamiendo sus tetas grandes, pezones oscuros duros como piedras. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en mis nalgas, guiándome a su clítoris hinchado. Mi lengua danzó ahí, saboreando su flujo ácido-dulce, mientras Luis me penetraba por detrás, su verga llenándome centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón!, grité, el estiramiento delicioso, paredes vaginales apretándolo. El slap-slap de piel contra piel, gemidos en español mexicano crudo: "Qué chingón, métela más".

Esto es la triada epidemiologica viva: el agente del placer infectándonos, el mapa conceptual de nuestros cuerpos conectados, el ambiente de éxtasis puro.

Cambié posiciones, Carla montándome la cara, su culo redondo bajando sobre mi boca. Lamí su ano fruncido también, atrevida, mientras Luis la cogía duro, sus bolas golpeando mi frente. Ella gritaba "¡Sí, wey, rómpeme!", jugos chorreando por mi barbilla. Mi mano en mi clítoris, frotando furiosa, el orgasmo building como tormenta en el desierto sonorense. Luis gruñó primero, sacando su verga para eyacular chorros calientes en mi panza y tetas, olor fuerte a semen fresco. Eso me llevó al borde: ondas de placer explotando desde mi centro, piernas temblando, visión borrosa de luces.

Carla se vino después, convulsionando sobre mi lengua, un chorro mojándome la cara. Nos derrumbamos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El cuarto olía a sexo intenso, sábanas revueltas. Luis nos abrazó a las dos, besos suaves ahora. "El mejor mapa conceptual de la triada epidemiologica", bromeó, y reímos, exhaustos pero plenos.

Después, en la regadera, agua caliente lavando los restos, manos explorando de nuevo, pero tiernas. Secándonos, nos echamos en la cama con chelas frescas. "Esto no fue un accidente, ¿verdad?", pregunté, acurrucada entre ellos. Carla me besó la frente. "Neta, Ana, es el inicio de algo chido. Nuestra triada personal". Luis asintió, su mano en mi cadera. Sentí paz, un calorcito interno que no se iba, como si el placer se hubiera anclado en mis células.

Al día siguiente, el sol entró igual, pero todo cambió. El mapa conceptual seguía en la sala, testigo mudo de nuestra noche. Ya no era solo epidemiología; era nuestro mapa de deseos, contagioso y eterno. Y mientras estudiábamos de nuevo, las miradas prometían más rondas de esa triada epidemiologica que nos unía más que cualquier examen.

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